Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

​El domingo del Santo Niño

Estaba rebosante el «Rizal Park» de Manila para la misa que concluyó la visita del Papa a Filipinas precisamente el día de una fiesta muy querida por los católicos del país, el domingo del Santo Niño.

 Los medios de comunicación destacan la presencia de al menos seis millones de personas, y a estos se deben añadir los que en estos días se volcaron en las calles de la capital y en la isla de Leyte devastada por el peor tifón que se recuerda, donde Francisco pronunció palabras inolvidables: tenía que estar aquí. Y antes el Pontífice fue acogido con interés y simpatía en Sri Lanka, donde los católicos son una minoría y donde su presencia alentó el diálogo y la colaboración entre las diversas religiones y en la sociedad, superviviente de una larga guerra civil.

El viaje a Asia confirmó que Francisco tiene la misión en su corazón, testigo de la misericordia de Dios y del Evangelio. Como se vio en los dos encuentros del domingo dedicados al pequeño Jesús vestido como un rey: en la cita con los jóvenes y en la misa en el «Rizal Park», sellada por los agradecimientos afectuosos del presidente de la Conferencia episcopal, el arzobispo Villegas, y del arzobispo de Manila, el cardenal Tagle, en más de una ocasión interrumpidos por los aplausos y que supieron interpretar la gratitud y el afecto de los filipinos por el Papa.

Como en el encuentro de las familias, también en el que tuvo con los jóvenes Francisco abandonó el discurso preparado y, al recordar a la voluntaria fallecida en Leyte, habló ampliamente de forma espontánea en español, interpelado y visiblemente conmovido por los testimonios, en este caso, de los dos niños rescatados de la calle y de los dos jóvenes comprometidos con los demás. Ante la realidad dramática de la miseria y de la explotación infame de muchísimos menores, hasta los abusos y el repugnante fenómeno del turismo sexual, pero también sobre la aridez autorreferencial difundida en una sociedad cada vez más invadida por las informaciones, el Papa encontró palabras que no se dirigen sólo a los jóvenes filipinos.

Bergoglio tejió de este modo un altísimo elogio de la mujer, impresionado por el llanto de la niña que acababa de relatar su tremenda historia, planteándose el por qué del sufrimiento de los más pequeños: “A veces, somos demasiado machistas, y no dejamos lugar a la mujer. Pero la mujer es capaz de ver las cosas con ojos distintos de los hombres. La mujer es capaz de hacer preguntas que los hombres no terminamos de entender. Presten ustedes atención. Ella hoy ha hecho la única pregunta que no tiene respuesta. Y no le alcanzaron las palabras. Necesitó decirla con lágrimas. Así que, cuando venga el próximo Papa a Manila, que haya más mujeres”, exclamó. Comparando luego las lágrimas de la niña y las de Jesús que llora, como relatan en más de una ocasión los evangelios.

Al celebrar al Santo Niño como conclusión de días memorables Francisco recordó de nuevo, mientras en toda la Iglesia se prepara el segundo Sínodo sobre la familia, la necesidad de protegerla “de ataques insidiosos y de programas contrarios a todo lo que nosotros consideramos verdadero y sagrado, a todo lo que en nuestra cultura es más noble y bello”. En un esfuerzo por descifrar el “proyecto de Dios para nosotros”, que tiene como único fin construir un mundo de honestidad y paz.

giovanni maria vian

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

13 de Noviembre de 2019

NOTICIAS RELACIONADAS