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El cristiano existe para servir

· Misa en Santa Marta ·

Cuánto podría aprender todo cristiano si, con «humildad», se dejara mirar por Jesús «con la misma mirada» con la que el maestro miró a sus amigos durante la última cena. Podría compartir el privilegio que fue de los apóstoles de recibir y comprender qué significa para su vida la «herencia de Jesús», el «testamento» que Él les encomendó en dos gestos: la institución de la eucaristía y el lavatorio de los pies.

Al el momento supremo en el que «Jesús se despide» de los apóstoles antes de la Pasión, el Papa Francisco dedicó la meditación durante la misa celebrada en Santa Marta el jueves 26 de abril. El motivo fue, como es habitual, el Evangelio del día, tomado de un pasaje de Juan (16-20) en el que «en la alegría del tiempo pascual» la Iglesia hace meditar sobre «un momento triste, de angustia»: ese en el que Jesús, que «sabe qué sucederá», se despide «con ese discurso largo, bonito, de los capítulos de Juan» que precede las horas del Getsemaní y la Pasión.

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«En esta despedida», subrayó el Pontífice, el Señor realiza «dos gestos, que son instituciones: dos gestos para los discípulos y para toda la Iglesia que vendrá. Dos gestos que son el fundamento, por así decir, de su doctrina»: la institución de la eucaristía y el lavatorio de los pies. De estos dos gestos «nacen los dos mandamientos: los dos mandamientos que harán crecer a la Iglesia si nosotros somos fieles».

En primer lugar, dijo Francisco, está el «primer mandamiento» que es el «del amor». Y es «nuevo» porque, explicó, «estaba el mandamiento del amor —amar al prójimo como a mí mismo— pero esto da un paso más: amar al prójimo como yo os he amado». Por tanto: «el amor sin límites», sin el cual «la Iglesia no va adelante, la Iglesia no respira. Sin el amor, no crece, se transforma en una institución vacía, de apariencias, de gestos sin fecundidad». Con la eucaristía, en la que Jesús «da de comer su cuerpo y de beber su sangre», él «dice cómo debemos amar nosotros, hasta el final».

Está también el otro gesto, el del lavatorio de los pies, en el que «Jesús nos enseña el servicio, como camino del cristiano». De hecho, «el cristiano existe para servir, no para ser servido». Y es una regla que vale «toda la vida». Todo está encerrado ahí: de hecho, «muchos hombres y mujeres en la historia», que se lo han «tomado en serio», han dejado «rastro de verdaderos cristianos: de amor y de servicio».

Sintetizó el Papa: «La herencia de Jesús fue esta: “Amaos como yo he amado” y “servid los unos a los otros”. Lavad los pies los unos a los otros, como yo os he lavado los pies a vosotros».

Durante la última cena, por tanto, el Señor dejó los dos mandamientos del amor y del servicio y después «una advertencia» que se lee precisamente en el breve pasaje evangélico propuesto por la liturgia del día: «Vosotros debéis amar como siervos, debéis servir, porque sois siervos». Y la explicación de estas palabras, observó el Pontífice, «es también una regla de vida: “En verdad, en verdad os digo: un siervo no es más grande que su patrón, ni un invitado es más grande que quien lo ha mandado”». Es decir: «Vosotros podréis celebrar la eucaristía, vosotros podéis servir, pero enviados por mí, mandados por mí. Vosotros no sois más grandes que yo». Se trata, en sustancia, de la «actitud de la humildad sencilla, no de la humildad fingida»: de la humildad que viene de la «conciencia de que Él es más grande que todos nosotros, y nosotros somos siervos, y no podemos superar a Jesús, no podemos usar a Jesús. Él es el Señor, no nosotros. Él es el Señor».

Este es por tanto «el testamento del Señor. Se da de comer y beber, y nos dice: amaos así. Lava los pies, y nos dice: servíos así, pero estad atentos, un siervo nunca es más grande que el que le envía». En pocas líneas, dijo Francisco, el «fundamento de la Iglesia». Son «palabras y gestos contundentes» comentó el Papa. Pero «si nosotros vamos adelante con estas tres cosas, no nos equivocaremos nunca. Nunca, nunca, nunca». Radical, fuerte, pero «sencillo». Por otro lado, apuntó, «los mártires han ido adelante así». Y también «muchos santos anónimos, en la vida de la Iglesia, fueron así —los santos escondidos— con esta conciencia de ser siervos».

Un programa de vida por el cual, dijo el Papa prosiguiendo en la relectura del Evangelio, «hay una advertencia: “Yo conozco a quienes he elegido”». De hecho, el Señor dice: “sé que uno de vosotros me traicionará”». ¿Qué significa? Significa que «Jesús nos conoce. Jesús me conoce». De aquí la sugerencia del Pontífice a cada cristiano: «Creo que nos hará bien, a todos nosotros, un momento de silencio, dejarse mirar por el Señor y mirar al Señor», reconocer que Jesús nos ha «enseñado el amor, con la eucaristía» y «el servicio con el lavatorio de los pies», entender que ninguno es más grande que el que le ha enviado» y ser conscientes de estar frente a quien nos conoce. En ese momento, añadió Francisco, está bien «dejar que la mirada de Jesús entre en mí. Sentiremos muchas cosas: sentiremos amor», o quizá «estaremos bloqueados ahí, sentiremos vergüenza». En cualquier caso «dejar siempre que la mirada de Jesús venga. La misma mirada con la cual miraba en la cena, esa noche, a los suyos».

Es una meditación en la cual el hombre puede humildemente decir: «Señor tú conoces, tú sabes todo», como Pedro, en Tiberíades, que afirmó: «Tú conoces todo, tú sabes todo. Tú sabes que te amo». El Señor de hecho sabe qué hay dentro del corazón de cada uno. Se trata, concluyó el Pontífice, de una «bonita oración», gracias a la cual «sentiremos muchas cosas».

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23 de Octubre de 2019

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