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El corazón de Milán

Una visita verdaderamente fuera de lo normal como, por una vez, están de acuerdo en reconocer indistintamente los muchísimos comentarios en los medios de comunicación italianos que han sabido informar de verdad. Y si los números no son lo esencial, a la vista está, de todos modos hablan. Sí, el Papa en once horas ha entrado en el corazón de Milán, donde ha sido recibido y celebrado, sobre todo por las calles y luego en Monza y en San Siro, por más de un millón de personas. Y mil han sido las manos estrechadas por Francisco, una por una, sin olvidar a nadie, en la cárcel de San Vittore, como narró su directora, en una entrevista sobria y conmovedora.

El Pontífice entonces tocó el corazón de la diócesis ambrosiana, la más grande del mundo, concentrando también las luces y las sombras de la Europa de hoy a la cual había dirigido, encontrando a sus líderes pocas horas antes de la visita, un mensaje fuerte de confianza. Y toda Milán , precisamente toda, lo entendió en seguida y le acogió como dice un bonito dicho en el que pensó Bergoglio al volver. Para repetirlo por sorpresa en el afectuoso agradecimiento improvisado después del Ángelus dominical: «Y a propósito de Milán querría dar las gracias al cardenal arzobispo y a todo el pueblo milanés por la calurosa acogida de ayer. Me he sentido verdaderamente en casa, y esto con todos, creyentes y no creyentes. Os lo agradezco mucho, queridos milaneses, y os diré una cosa: he constatado que es verdad lo que se dice: “¡En Milán se recibe con el corazón en la mano!”».

Quien ha vivido en Milán estaba seguro de que la niebla que envolvía el aeropuerto de Linate pronto habría dado paso a un bonito día. La previsión se cumplió justo media hora después, en el momento de la visita simple y tocante, «como sacerdote», a las familias de las Casas Blancas, donde el Papa encontró también al anciano párroco, al que bendijo y al cual pidió después la bendición. Y bajo el signo del encuentro se sucedieron las horas breves y memorables de toda la visita, desde el diálogo en el «duomo» con el clero, los diáconos, las religiosas y los religiosos a la visita en la cárcel, donde Francisco se detuvo más tiempo, hasta la misa en el parque de Monza y la cita en San Siro con ochenta mil chicas y chicos.

Es cierto, la experiencia inolvidable de Buenos Aires con los mil encuentros buscados por su obispo a haber hecho a Bergoglio tan capaz de entrar en el corazón de otra metrópolis, aunque evidentemente muy distinta y no tan grande como la capital argentina. Y efectivamente, dijo en la homilía de Monza, «es precisamente en el interior de nuestras ciudades, de nuestras escuelas y universidades, de las plazas y los hospitales donde se escucha el anuncio más bello que podemos oír: "¡Alégrate, el Señor está contigo!" Una alegría que genera vida, que genera esperanza, que se hace carne en la forma en que miramos al futuro, en la actitud con la que miramos a los demás».

Hasta el recuerdo, impactante para el Papa y muy aplaudido en San Siro, de un salesiano de Lodi. Fue precisamente don Enrique Pozzoli, amigo de familia, quien le bautizó y acompañó hasta su entrada en los jesuitas. «Y esto os lo debo a vosotros lombardos, ¡gracias!» añadió Bergoglio.

g.m.v.

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18 de Septiembre de 2019

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