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El cine juega (bien) de defensa

· Qué ha salido de Venecia ·

Lo que se ha visto en el último festival de Venecia es un cine conservador, quizás demodé. Ciertamente es un cine que juega de defensa. Sobre todo temiendo la vuelta al filme medio-alto, de clase pero popular, que se apoya en los géneros pero sabe saltárselos, sirviéndose sin esnobismos también de novelas y obras teatrales, a lo mejor sin brillos pero de modo impecable.

Cronenberg se muestra aún más moderado que en los últimos años con Un método peligroso , historia totalmente costumbrista, si bien Freud y Jung como protagonistas prometen no arrinconar del todo las inquietudes del director canadiense. Polanski con Carnage (“Un dios salvaje” ) se limita a traducir muy bien, pero además fielmente en imágenes, una exitosa obra teatral, agazapándose en aquellos ambientes claustrofóbicos que desde las épocas de El cuchillo en el agua

(1962) le permiten sacar a relucir lo mejor de sí. A Colin Firth, reciente Oscar, lo reencontramos en El topo , espionaje sólido pero ya un poco pasado de moda desde Le Carré. La cineasta inglesa Andrea Arnold vuelve a proponer nada menos que el "brontiano" Cumbres Borrascosas inventándose sólo un Heathcliff de color para justificar la enésima transposición de la novela. Con Los idus de marzo George Clooney, novel Robert Redford, hace cine de compromiso civil a ritmo de thriller , en la mejor tradición americana de los años setenta. El redivivo William Friedkin con Killer Joe hace igual imitación enfatizando ritmos y violencia de una historia noir , aunque los tiempos de obras maestras como Vivir y morir en Los Ángeles están irremediablemente lejanos.

Bien mirado, sin embargo, este regreso a un cine también estilísticamente de otros tiempos puede representar paradójicamente un paso adelante. Es decir, puede constituir una superación de lo postmoderno y de los muchos, demasiados, «tarantinismos» de los últimos años. En este flanqueo a los esquemas de género o a otras formas expresivas, de hecho, no se vislumbran actitudes intelectualistas o lúdicas.

Si se contempla algo preconstituido, es para obtener de ahí el consuelo de una solidez narrativa y dramatúrgica, no por el gusto del vintage o de la síntesis entre lenguajes heterodoxos.

Igualmente la atribución del Premio especial del jurado a Terraferma de Emanuele Crialese conlleva significados. Siguiendo el discurso iniciado con Nuevo mundo (2006), el director italiano sigue mostrando un camino “brechtiano” al realismo, un poco como hizo De Santis con películas como No hay paz bajo los olivos (1950) para alejarse de modo vivamente dialéctico del neorrealismo. Hay una voluntad de contar la realidad sin por ello aplanarse en la rendición sensorial que la tecnología en los últimos años está avalando, arriesgando seriamente las capacidades expresivas del cine y la abstracción de la que las imágenes de Crialese, en cambio, se alimentan ampliamente, no sin tentaciones “estetizantes”.

Finalmente, pero ante todo, el festival ha tenido el extraordinario mérito de consagrar a quien es quizás —junto a Terrence Malick— el mayor director vivo. El León de Oro al Faust de Alexander Sokurov es así una invitación implícita a redescubrir las obras maestras del cineasta ruso, como Madre e hijo (1997) o la trilogía del poder dedicada a Hitler, Stalin e Hirohito: Moloch (1999), Taurus (2000) y El sol (2005).

En parte deudor del connacional Tarkovskij por su capacidad de hacer vibrar dimensiones metafísicas en torno a las vicisitudes humanas que relata, Sokurov es uno de los últimos autores en creer que el cine vive de un aliento distinto del de la vida real. Una auténtica panacea para el cine de hoy.

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23 de Mayo de 2018

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