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Dos tentaciones

· Misa en Santa Marta ·

Jesús no es un simple «maestro espiritual» dispensador de «buenos consejos» o de «un poco de consuelo». Y seguirlo no significa abandonarse desesperadamente a un «masoquismo espiritual» sin esperanza. Como si fuéramos protagonistas de una «tragedia pagana». Sobre estas «dos tentaciones» el Papa Francisco advirtió recordando que «la cruz es un misterio de amor» y que no puede haber «Cristo sin cruz» ni «cruz sin Cristo». Una meditación propuesta de forma significativa precisamente en la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, el jueves, 14 de septiembre, día en el que el Pontífice reanudó la celebración de la misa en Santa Marta, después de la pausa estiva.

«En la oración hemos dicho que la cruz es misterio de amor, misterio que se entiende solo desde el corazón y desde el amor», hizo notar Francisco, haciendo referencia a la propuesta de la liturgia. Y «la liturgia, cuando habla de la cruz, la ve como un árbol y dice: “es un árbol noble, un árbol fiel”». Precisamente «este es el misterio de amor: la nobleza del amor de Jesucristo, la fidelidad del amor de Dios».

Pero, advirtió el Papa, «no es sencillo entender la cruz, porque solo con la contemplación se avanza en este misterio de amor». Así, añadió refiriéndose al pasaje evangélico de San Juan (3, 13-17), «Jesús, cuando quiere explicar este misterio de amor a Nicodemo, usa dos verbos: subir, bajar o bajar, subir».

Por lo tanto, «este es el misterio de amor: Jesús bajado del cielo para llevarnos a todos nosotros a subir al cielo: este es el misterio de la cruz».

En la segunda lectura, afirmó el Papa retomando el contenido de la epístola a los filipenses (2, 6-11), «Pablo explica esta subida y esta bajada de Jesús; y sobre la bajada de Jesús dice: “Se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.”». Esta «es la bajada de Jesús: hasta abajo, la humillación, se despojó de sí mismo por amor y por eso Dios lo exaltó y le hizo subir». Por eso, explicó Francisco, «solo si nosotros logramos entender este descenso hasta el final podemos entender la salvación que nos ofrece este misterio de amor».

«Pero no es fácil -insistió el Pontífice- porque siempre ha habido en nuestra historia y en nuestra vida tentaciones; considerar o tomar una mitad y no la otra mitad, ¿no?». A este propósito, prosiguió, «San Pablo dijo una palabra fuerte a los gálatas - “¡Oh, insensatos gátalas!”- cuando ellos cedieron a la tentación de no entrar en el misterio del amor, sino de explicarlo». San Pablo le increpa: “ ¡Oh insensatos gálatas!, ¿Quién os fascinó a vosotros, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado?”».

En realidad, explicó el Papa, «fueron fascinados por una ilusión de un Cristo sin cruz o de una cruz sin Cristo. Estas son las dos tentaciones: un Cristo sin cruz, es decir, un maestro espiritual que nos lleva adelante tranquilo, no hay sufrimientos o al menos tu escapas de los sufrimientos y te vas». Pero «un Cristo sin cruz que no es el Señor: es un maestro, nada más. Es lo que es, sin saberlo, igual buscaba a Nicodemo».

Y «es una de las tentaciones. Sí, Jesús, qué buen maestro, pero sin cruz: ¿quién os ha fascinado con esta imagen?». Esta es precisamente la ira de Pablo: Jesucristo presentado pero no crucificado».

«La otra tentación -dijo Francisco- es la cruz sin Cristo, la angustia de permanecer abajo, rebajados, con el peso del pecado, sin esperanza. Es una especie de “masoquismo” espiritual. Solo la cruz, pero sin esperanza, sin Cristo. Es un misterio de tragedia, ¿no? Podemos pensar en las tragedias paganas». Pero «la cruz es un misterio de amor, la cruz es fiel, la cruz es noble».

«Hoy podemos tomar algún minuto -resumió el Pontífice sugiriendo un examen de conciencia- y cada uno hacerse la pregunta: ¿el Cristo crucificado, para mí, es un misterio de amor?, ¿Yo sigo a Jesús sin cruz, un maestro espiritual que llena de consuelo, de consejo buenos?, ¿sigo la cruz sin Jesús, siempre lamentándome, con este “masoquismo” de espíritu?». Y aún: «¿Me dejo llevar por este misterio del descenso, vaciamiento total y elevación del señor?» Como conclusión, el Papa auspició en la oración, «que el señor nos dé la gracia no digo de entender, sino de entrar -con el corazón, con la mente, con el cuerpo, con todo, entenderemos algo- en este misterio de amor».

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