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Dos prioridades

El encuentro con las familias y la misa con decenas de miles de indígenas en Chiapas llevaron al Papa de la capital de México a sus confines meridionales. Y mostraron su voluntad misionera en la cercanía a los pobres y en la atención a todos esos núcleos familiares que están afrontando un tiempo difícil. Prioridad que Bergoglio siempre ha tenido en claro y que de muchos modos ha reafirmado desde el inicio del pontificado, como ciertamente emergerá también de la inminente y esperadísima exhortación nacida de las dos asambleas sinodales. 

En San Cristóbal el uso de tres lenguas indígenas, los cantos, las músicas y las danzas de los pueblos autóctonos caracterizaron la misa papal en la tierra cuyo primer obispo desde 1543 fue el dominico Bartolomé de Las Casas, pionero de su defensa, que escribió la Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Y la compuesta y sugestiva liturgia concluyó con la presentación de nuevas traducciones bíblicas a esas lenguas, después de largos años de trabajo, y el agradecimiento entusiástico al Pontífice por haber permitido el restablecimiento del diaconado permanente entre esas comunidades. Ambas realidades remiten al cristianismo de los orígenes.

Coherente con la valoración patrística de las intuiciones de verdad (los semina verbi) en los poetas y en los filósofos paganos, Francisco citó el texto maya Popol Vuh, explicando que “en el corazón del hombre y en la memoria de muchos de nuestros pueblos está inscrito el anhelo de una tierra, de un tiempo donde la desvalorización sea superada por la fraternidad, la injusticia sea vencida por la solidaridad y la violencia sea callada por la paz”. Y este deseo tiene un rostro, el de Jesús, añadió el Papa.

De las poblaciones indígenas viene también una gran enseñanza, reconocida en Aparecida por los obispos latinoamericanos, siempre urgente frente “a una de las mayores crisis ambientales de la historia”, es decir, la capacidad de una relación equilibrada y armoniosa con la naturaleza, tema central de la encíclica Laudato si’. Sin embargo, estos pueblos han sido incomprendidos y excluidos, “muchas veces de modo sistemático y estructural”. Por eso, dijo el Pontífice, nos haría bien un examen de conciencia: para aprender a repetir “¡perdón, perdón, hermanos!”.

Teatro del encuentro con las familias fue luego el abarrotadísimo estadio de Tuxtla Gutiérrez, donde Bergoglio escuchó los testimonios de cuatro núcleos familiares y dialogó con ellos. Y, una vez más, el Papa alzó la voz en favor de la familia, deseando legislaciones que la protejan y, sobre todo, indicando el camino del compromiso personal como antídoto contra la precariedad y el aislamiento, convertido incluso en un modelo social.

Reconociendo que no es fácil la vida en familia, Francisco le aplicó lo que otras veces dijo de la Iglesia. Es decir, preferir “una familia herida, que intenta todos los días conjugar el amor”, a familias y sociedades enfermas por el encierro en sí mismas; preferir familias con un rostro cansado y lleno de arrugas a rostros maquillados lejanos de la ternura y la compasión, que son propias de Dios.

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20 de Septiembre de 2019

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