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Dios se las arregla para entrar

Es suficiente con tener la puerta del corazón entreabierta y «Dios se las arregla para entrar», salvándonos de terminar en la fila de los «in-misericordiosos»: neologismo para entender a aquellos que sin misericordia ponen en práctica las bienaventuranzas al contrario. Es precisamente la tentación «narcisista de la autorreferencialidad» –lo opuesto de «la alteridad» cristiana que «es don y servicio»– sobre la que el Papa Francisco advirtió en la misa celebrada el lunes por la mañana, 12 de junio, en Santa Marta.

Refiriéndose al pasaje de la segunda carta de Pablo a los Corintios (1, 1-7), propuesto por la liturgia como primera lectura, el Pontífice hizo notar enseguida que en apenas «diecinueve líneas en ocho ocasiones Pablo habla de consolación, de dejarse consolar para consolar a los demás». La consolación, entonces, «aparece ocho veces en diecinueve líneas: es demasiado fuerte, algo quiere decirnos». Y «por ello creo –añadió– que esta sea una oportunidad, una ocasión para reflexionar sobre la consolación: qué es la consolación de la cual habla Pablo». Pero «antes de todo debemos ver que la consolación no es autónoma, no es una cosa cerrada en sí misma».

Efectivamente, hizo presente el Papa, «la experiencia de la consolación, que es una experiencia espiritual, necesita siempre una alteridad para ser plena: nadie puede consolarse a sí mismo, nadie». Y quien «intenta hacerlo, termina mirándose al espejo: se mira al espejo, intenta maquillarse a sí mismo, aparentar; se consuela con estas cosas cerradas que no le dejan crecer y el aire que respira es ese aire narcisista de la autorreferencialidad». Pero «esta es la consolación maquillada que no deja crecer, no es la consolación porque es cerrada, le falta una alteridad».

«En el Evangelio encontramos a mucha gente que es así» explicó Francisco. «Por ejemplo –dijo– los doctores de la ley que están llenos de su propia suficiencia, cerrados, y esta es “su consolación” entre comillas». El Papa quiso hacer explícita referencia al «rico Epulón, que vivía de fiesta en fiesta y con esto pensaba ser consolado». Pero, afirmó, son quizás las palabras de la oración del fariseo, del publicano, ante el altar, las que mejor expresan esta actitud: «Te doy las gracias Dios porque no soy como los otros». En definitiva, ese hombre «se miraba al espejo, miraba su propia alma maquillada por ideologías y daba gracias al Señor». Es Jesús mismo quien «hace ver esta posibilidad de esta gente que, con este modo de vivir, nunca llegará a la plenitud» sino «a lo sumo a la “hinchazón”, o sea a la vanagloria».

«La consolación, para ser verdadera, para ser cristiana, necesita una alteridad» continuó Francisco, porque «la verdadera consolación se recibe». Por esta razón «Pablo comienza con esa bendición: “sea bendito Dios, Padre del Señor nuestro Jesucristo, Padre misericordioso ¡y Dios de toda consolación!”». Y «es precisamente el Señor, es Dios quien nos consuela, es Dios quien nos da este don: nosotros con el corazón abierto, Él viene y nos da». Esta es «la alteridad que hace crecer la verdadera consolación; y la verdadera consolación del alma madura también en otra alteridad, para que nosotros podamos consolar a los demás». He aquí, entonces, que «la consolación es un estado de paso del don recibido al servicio donado», tanto que «la verdadera consolación tiene esta doble alteridad: es don y servicio».

«Así –reiteró el Pontífice– si yo dejo entrar la consolación del Señor como don es porque necesito ser consolado: estoy necesitado». Efectivamente «para ser consolado es necesario reconocer estar necesitado: solamente así el Señor viene, nos consuela y nos da la misión de consolar a los demás». Cierto, reconoció Francisco, «no es fácil tener el corazón abierto para recibir el don y hacer el servicio, las dos alteridades que hacen posible la consolación».

«Es precisamente Jesús quien explica cómo puedo hacer que mi corazón esté abierto» afirmó el Papa: «Un corazón abierto es un corazón feliz y en el Evangelio hemos oído quiénes son los felices, quiénes son los bienaventurados: los pobres». Así «el corazón se abre con una actitud de pobreza, de pobreza de espíritu: los que saben llorar, los dóciles, la docilidad del corazón; los hambrientos de justicia, que luchan por la justicia; los que son misericordiosos, que tienen misericordia hacia los demás; los puros de corazón; los agentes de paz y los que son perseguidos por la justicia, por amor a la justicia». Y «así el corazón se abre y el Señor viene con el don de la consolación y la misión de consolar a los demás».

Pero sin embargo hay, advirtió Francisco, también quienes «tienen un corazón cerrado: no son felices porque no puede entrar el don de la consolación y darlo a los demás». No siguen las bienaventuranzas, en definitiva, y «se sienten ricos de espíritu, es decir suficientes». Son «aquellos que no tienen necesidad de llorar porque se sienten justos; los violentos que no saben qué es la docilidad; los injustos que viven en la injusticia y cometen injusticia; los “in-misericordiosos” –es decir, sin misericordia– que nunca perdonan, nunca tienen necesidad de perdonar porque no se sienten con la necesidad de ser perdonados; los sucios de corazón; los agentes de guerras, no de paz; y los que nunca son criticados o perseguidos porque luchan por la justicia porque a ellos no les importan las injusticias de las otras personas: estos están cerrados».

Precisamente ante estas bienaventuranzas al contrario, sugirió el Pontífice, «nos hará bien hoy pensar» en «cómo está mi corazón: ¿abierto? ¿Sé recibir el don de la consolación, lo pido al Señor, y luego sé darlo a los demás como un don del Señor y mi servicio?». Y «así, con estos pensamientos durante la jornada, volver a agradecer al Señor que es muy bueno y siempre intenta consolarnos».

Recordando que Dios «nos pide solamente que la puerta del corazón esté abierta o al menos un poquito, así luego Él se las arregla para entrar».

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23 de Noviembre de 2017

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