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Dios elige a los pequeños

· Misa en Santa Marta ·

Dios elige siempre «al más pequeño», lo llama por nombre y entabla con él una relación personal: es por ello que para dialogar con Él es necesario, ante todo, ser «pequeños». Lo recordó el Papa Francisco en la misa celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta el martes 21 de enero, por la mañana, memoria litúrgica de santa Inés, virgen y mártir.

Precisamente la lectura del primer libro de Samuel (16, 1-13a) que relata la unción de David, sugirió al Pontífice la reflexión para la homilía. «La relación del Señor con su pueblo —dijo— es una relación personal, siempre». Una relación «de persona a persona: Él es el Señor y el pueblo tiene un nombre. Las personas tienen un nombre. No es un diálogo entre el poderoso y la masa», sino un diálogo «personal». Por lo demás, continuó el Pontífice, «las personas están organizadas como pueblo y el diálogo es con el pueblo. Y en un pueblo cada uno ocupa su sitio».

Es por esta razón, explicó, que «el Señor jamás habla a la gente» como dirigiéndose a una «masa». En cambio, «habla siempre personalmente», llamando a cada persona con el propio nombre. Además, el Señor «elige personalmente», añadió el Papa sugiriendo el ejemplo del «relato de la creación. El Señor mismo, que con sus manos, artesanalmente, hizo al hombre, le dio un nombre: te llamas Adán. Y así comienza esa relación entre Dios y la persona».

El Papa Francisco indicó luego otro aspecto fundamental: «Existe una relación entre Dios y nosotros pequeños. Dios es grande y nosotros pequeños». Así, «incluso cuando Dios debe elegir a las personas, también a su pueblo, elige siempre a los pequeños». En tal medida que «a su pueblo le dice: te elegí porque eres el más pequeño, el que tiene menos poder entre los pueblos».

He aquí, por lo tanto, la razón de fondo del «diálogo entre Dios y la pequeñez humana». Al respecto, el Pontífice se refirió al testimonio de la «Virgen que dirá: pero el Señor miró mi humildad, miró a quienes son pequeños, eligió a los pequeños».

Precisamente «en la primera lectura de hoy —continuó luego el Papa— se ve esta actitud del Señor, claramente. Cuando Samuel se encuentra ante el más grande de los hijos de Jesé, dice: “Seguro que está su ungido ante el Señor”. Porque era un hombre alto, grande». Pero el Señor, añadió, dijo a Samuel: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón».

Por lo tanto, «el Señor elige según sus criterios». Por ello, afirmó el Pontífice, «en la oración al inicio de la misa, contemplando a santa Inés, hemos rezado: Tú, Señor, que eliges a los débiles y a los mansos para confundir a los poderosos de la tierra...».

Refiriéndose de nuevo a la lectura bíblica, el Santo Padre reafirmó que «el Señor eligió a David, al más pequeño, que no contaba para el padre. Pensaba que no estaba en la casa, y tal vez le había dicho: marcha a cuidar las ovejas porque nosotros debemos cerrar un gran asunto aquí y tú no cuentas». En cambio, precisamente David, el más pequeño, «fue elegido» por el Señor y ungido por Samuel.

«Todos nosotros, con el Bautismo, fuimos elegidos por el Señor. Todos somos elegidos», afirmó el Papa, explicando que el Señor «nos eligió uno por uno. Nos dio un nombre. Y nos mira. Hay un diálogo, porque así ama el Señor».

Pero también David, que luego llegó a ser rey, «se equivocó» y «tal vez cometió muchos errores». La Biblia nos relata «dos fuertes: dos errores pesados». Y «¿qué hizo David? Se humilló, volvió a su pequeñez y dijo: ¡soy pecador! Pidió perdón e hizo penitencia».

Así, «después del segundo pecado, cuando sintió el deseo de mirar cuán fuerte fuese su pueblo, el Señor le hizo ver que ese censo era un acto de soberbia». Y David «dijo: castígame a mí, no al pueblo. El pueblo no tiene la culpa, yo soy el culpable». Obrando así, «David custodió su pequeñez: con el arrepentimiento, con la oración». Incluso con el llanto, porque «cuando huía de sus enemigos lloraba. Y se decía: tal vez el Señor verá este llanto y tendrá piedad de nosotros».

Continuando la reflexión sobre «este diálogo entre el Señor y nuestra pequeñez, la pequeñez de cada uno de nosotros», el Papa planteó una pregunta: «¿Dónde está la fidelidad cristiana?». Y respondió: «La fidelidad cristiana, nuestra fidelidad, es sencillamente custodiar nuestra pequeñez para que pueda dialogar con el Señor». He aquí por qué «la humildad, la docilidad, la mansedumbre son tan importantes en la vida del cristiano: son una custodia de la pequeñez». Son las bases para llevar siempre adelante «el diálogo entre nuestra pequeñez y la grandeza del Señor.

El Papa Francisco concluyó la homilía con una oración: «Que el Señor nos conceda, por intercesión de la Virgen —que cantaba gozosa a Dios porque había mirado su humildad—, la gracia de custodiar nuestra pequeñez ante Él».

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