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A diez años de la muerte

El 24 de diciembre de 2003 falleció Romana Guarnieri. Pasaron diez años, pero quienes tuvieron la suerte de conocerla jamás olvidarán su sonrisa abierta, sus luminosos ojos celestes y, sobre todo, su gran pasión intelectual y espiritual, que iba acompañada por una generosidad sin límites.

Romana fue una verdadera hija de su tiempo. Nació en Holanda: su padre italiano y su madre holandesa se separaron muy pronto, y por eso la criaron sus abuelos ateos y teósofos. Era jovencísima cuando llegó a Italia (su madre se había casado por segunda vez con un arquitecto italiano) tratando de encontrar en los estudios el modo de mantener juntas las partes de una identidad compleja y difícil. Así comenzó a estudiar el eco italiano de la espiritualidad brabanzona desde un punto de vista erudito, sin implicación religiosa hasta el momento en que se encontró por casualidad con don Giuseppe De Luca, con quien comenzó una proficua colaboración intelectual y espiritual que la impulsó a convertirse. A partir de ese momento tomó la decisión de vivir castamente y dedicarse al estudio de la espiritualidad: «Para quienes no lo saben, soy una beguina, una de aquellas mujeres que hace ocho o nueve siglos atrás causaron muchos problemas a obispos e inquisidores: algunos creían que eran santas; otros, demonios desencadenados». Como las beguinas a las que estudiaba con tanta pasión, Romana vivió en el mundo, no entró en ninguna orden religiosa, pero compartió su casa y sus pasiones con quienes amaba, ya fueran católicos o no. En sus últimos años, también la compartió con la familia de su ama de llaves esrilanquesa.

Hasta la muerte de De Luca, colaboró estrechamente en su empresa intelectual, y después ella misma se convirtió en el corazón de importantes encuentros entre católicos y comunistas, como Tronti, como la feminista Luisa Muraro, todos colaboradores de la revista que nació de esos imprevisibles intercambios de ideas: «Bailamme» (de su número del 23 de diciembre de 1998 se tomaron los pasajes que publicamos en el artículo De Hadewych a Hadewych). Su amor constante y el punto focal de su investigación fueron siempre sus amadas beguinas de Brabante, a las que también se sentía unida por su comunidad de vida.

Su conocimiento de las lenguas flamencas le permitió redescubrir a la gran mística y poetisa Hadewych, de Anversa, cuyas poesías y obras tradujo; pero, sobre todo, la ayudó a atribuir una obra manuscrita hallada en la Biblioteca vaticana –El espejo de las almas simples– a una beguina condenada a la hoguera, Margarita Porete. Esta atribución no solo cambió la historia de la mística, sino también la de la filosofía occidental a causa de la gran influencia que ejerció Porete, de modo evidente aunque no confesado, en el maestro Eckhart. Romana fue, pues, una pionera de los estudios de historia de las mujeres, y los apoyó siempre con gran pasión. Y también siguió dedicándose a esas mujeres a las que definía «beguinas italianas», como Ángela de Foligno.

Con su cálido entusiasmo encaminó también a sacerdotes y apasionados de historia hacia este tipo de estudios. En general, mantuvo con todos, durante muchos años, vínculos espirituales en los que era guía y maestra. Y hoy «mujeres iglesia mundo» la saluda como su fundadora ante litteram.

Por Lucetta Scaraffia

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