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​Dieciséis años y seis meses

· Historia de una joven embarazada: de las cadenas de Mosul al campo de refugiados de Dohuk ·

“Desde las calles cercanas se oían gritos desesperados y llantos. Teníamos miedo, no sabíamos qué hacer. Muchos corrieron a refugiarse y fueron alcanzados por los disparos de las ametralladoras; algunos, en cambio, se escondieron en el pequeño gimnasio de la escuela. Estábamos en silencio, arrodillados, musitando las palabras de la fe. Irrumpieron los yihadistas y una ráfaga ensordecedora cubrió los gritos de la gente: mi padre cayó a pocos metros de mí, herido de muerte. Todos los demás fueron sacados a empellones de la escuela y encerrados en el patio de ingreso. Solo una pobre mujer no pudo salir, porque tenía paralizadas las piernas. Le hará compañía a mi padre, masacrada mientras forcejeaba con los brazos en el aire pidiendo clemencia, prisionera de su silla”.

Pablo Picasso, “Desnudo azul” (1902)

Para Aria, de 16 años, perteneciente a la comunidad yazidí iraquí, la verdadera pesadilla comenzó el día en que su aldea fue atacada por los hombres del Estado Islámico (EI). Vio cómo asesinaban a su padre y a su hermano, y desde entonces no tiene noticias de su madre y de sus dos hermanas. Ahora se encuentra en un campo de refugiados en Dohuk, está embarazada de seis meses y relata su pesadilla, en la que se entrelazan golpes, torturas, estupros y degradación.

“Era el 9 de junio –nos cuenta por Skype, ocupando toda la pantalla con su rostro grácil, en el que sobresalen sus grandes ojos azules– cuando nuestra ciudad, Mosul, fue atacada. Durante el ataque, los milicianos asesinaron a centenares de personas. Nosotras, las mujeres, estábamos aterrorizadas, sabíamos qué nos sucedería si nos capturaban. No habíamos tenido tiempo de escapar. Los hombres del EI reunieron a los prisioneros, separándolos por sexo y edad. El primer grupo estaba compuesto por muchachos, el segundo por muchachas, y el tercero por hombres y mujeres más grandes. A estos últimos los yihadistas los despojaron de todo: dinero, oro y teléfonos móviles. Y los abandonaron allí. A nosotras nos obligaron a subir a un camión, tras haber fusilado a todos los muchachos del primer grupo, entre los cuales se hallaba mi hermano”.

Aria, junto con un grupo de aproximadamente veinticinco muchachas, fue trasladada a Baaj, ciudad situada al oeste de Mosul, y encerrada en un edificio de tres pisos. “Allí nos separaron una vez más. Me quedé en el grupo de las más jóvenes y, creo, de las más bonitas. Nuestros carceleros nos dijeron que, después de que nos convirtiéramos al islam, nos casaríamos con gloriosos combatientes. Las otras fueron condenadas a ser esclavas sexuales de los milicianos. A causa de la desesperación, una de ellas se ahorcó. Y otra trató de hacer lo mismo, pero los yihadistas se lo impidieron y la golpearon hasta hacerla sangrar”, dice Aria, precisando que después de ese episodio, ninguna otra muchacha intentó quitarse la vida.

“Durante unos diez días permanecimos encerradas, prácticamente a oscuras. Dormíamos en el suelo y solo comíamos una vez por día. Los yihadistas del EI –prosigue– nos pidieron muchas veces que nos convirtiéramos al islam, y nos amenazaban con matar a todos los miembros de nuestra familia si no lo hacíamos. Algunas cedieron a la extorsión para salvar a su padre, a su esposo o a su hermano”.

En efecto, las Naciones Unidas calcularon que, tras la caída de Mosul, mil quinientas personas, entre mujeres y muchachos, fueron víctimas de violencia. La violencia sexual fue cometida a gran escala y afectó a mujeres, niñas y niños. Los crímenes perpetrados fueron estupro, matrimonio forzado y esclavitud sexual. Los milicianos del califato propenden por la sumisión total de la mujer. Y tratan de someter a las jóvenes secuestradas y torturadas en las zonas de combate recurriendo incluso a una deformación blasfema: justificar teológicamente el estupro con el truco del “matrimonio temporáneo” en zona de guerra.

En particular, las mujeres pertenecientes a minorías religiosas, por ejemplo de grupos yazidíes y cristianos asirios, son secuestradas en las aldeas, encerradas en cárceles y obligadas a una tremenda elección. Las que deciden convertirse al islam, son vendidas a los combatientes del EI como esposas a un precio que oscila entre los 25 y los 150 dólares. Las prisioneras que rechazan la conversión son estupradas diariamente y condenadas a una muerte dolorosa. Con la mirada perdida en el vacío, Aria cuenta cómo, al cabo de diez largos días, fue vendida por 35 dólares a Hassan, joven yihadista de Siria, que la llevó a una casa donde vivía con otros milicianos. “Quería obligarme a casarme con él, pero no podía hacerlo antes de mi conversión. Decía que un verdadero creyente no se casa con una infiel. A sus ojos, mi fe yazidí hacía de mí una pecadora. Me negué. Entonces, comenzó a golpearme y a violarme. Cada vez más seguido, cada vez con mayor fuerza. Un día me dijo que me esperaría una semana más y que después me llevaría a donde estaban las otras mujeres que eran esclavas sexuales de todos los milicianos. Estaba desesperada, solo pensaba en morir. ‘¡Pagué 35 dólares por ti! ¿Entiendes? Eres inútil, no me sirves para nada’. Una noche la zona donde estábamos fue atacada duramente. Todos los hombres salieron, y repentinamente me quedé sola. Salí y comencé a correr en la oscuridad. Corría en la dirección de la que provenían los proyectiles de mortero. No sabía a dónde iba y qué me esperaba, pero pensé que nada podía ser peor de lo que me estaba pasado. Corría y lloraba, corría y rezaba. Cada vez más rápido, sin mirar atrás. No sé cómo, pero llegué a la parte de la ciudad controlada por los curdos. Un grupo de mujeres guerrilleras me cuidaron durante unos días, y luego me ayudaron a atravesar la frontera con Turquía. Desde allí llegué a este campo de refugiados. Después de unos meses me di cuenta de estar embarazada. Lloré mucho. Pensé una vez más en quitarme la vida. A pesar de la fuga, a pesar de mi libertad, me sentía profundamente abatida. Pensé en mi padre. En realidad, sé que he muerto a manos de los milicianos en una de esas malditas prisiones. Comoquiera que sea, voy adelante. Dentro de unos meses deberé dar un nombre a este niño. No podré volver nunca a Mosul. Jamás podré superar la vergüenza. Estoy muerta, pero la luz de la vida está dentro de mí”.

Por Silvina Pérez

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17 de Junio de 2019

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