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Corona real

· La fundadora de la abadía Mater Ecclesia, a orillas del lago de Orta, nos explica el velo monástico ·

“Recibe el velo y el santo hábito, signo de tu consagración, y no olvides jamás que has sido adquirida por Cristo para servirlo solo a él y a su Cuerpo, que es la Iglesia”. Con esta fórmula, el día de la profesión perpetua y la consagración, el obispo entrega a la monja el velo y el hábito coral. La recién consagrada canta: Posuit signum in faciem meam“El Señor ha puesto un sello en mi rostro, para que no admita a otro esposo excepto él”.

En sus Ejercicios espirituales, en los que renovaba su consagración, la gran mística santa Gertrudis, preparándose para recibir espiritualmente el velo, rezaba así: “Ho mi dilecto, hazme descansar a la sombra de tu caridad…Allírecibiréde tu mano el velo de la pureza que, gracias a tu guía y a tu dirección, llevarésin sombra de mancha ante el tribunal de tu gloria, con el fruto centuplicado de una castidad que sea el espejo más puro de la inocencia”(Ejercicios espirituales, III).

Monasterio del Monte Carmelo (Vetralla, 1995)

El significado del velo es evidente. La monja, consagrada a la virginidad para ser exclusivamente esposa de Cristo, debe evitar la mirada de los otros posibles pretendientes y amantes. Por tanto, vive retirada del mundo, en el claustro (claustrum, de donde derivan los términos claustral y clausura), para estar siempre bajo la mirada de Dios y agradarlo solo a él con la pureza y la intensidad de su amor.

El velo es, pues, una especie de clausura en la clausura, puesto que dentro del monasterio la monja también tiene un estilo de vida y un modo de relacionarse con las demás monjas muy reservado. Pero esta costumbre no es de ninguna manera oprimente, ya que más bien el velo es muy querido para la monja, que lo lleva con devoción: lo besa cada vez que se lo pone y se lo quita.

El velo, evitando que divague con los ojos, la ayuda a dirigir la mirada del corazón más directamente a Dios en la contemplación de su rostro, siempre deseado y buscado. Además, el velo es el signo del pudor que la esconde, en cierto sentido, a su mismo esposo. Precisamente a la luz de esto los padres de la Iglesia leyeron siempre el Cantar de los Cantares: "¡Québella eres, amada mía, québella eres! Palomas son tus ojos a través de tu velo. (…) Huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada" (4, 1-2).

Estos espléndidos versos expresan la admiración y la conmoción del esposo divino ante su novia, recogida y revestida de humilde y delicada discreción.

El misterio mismo del amor virginal pide que lo custodien delicadamente detrás de un velo. Con san Pablo se puede exclamar verdaderamente quégrande es “este misterio”virginal y nupcial (cf. Efesios 5, 32).

Ciertamente, para la mentalidad y la sensibilidad de nuestro tiempo resulta muy difícil comprender y admitir esta costumbre de las monjas. No obstante, las vocaciones a la vida religiosa claustral no disminuyen, testimoniando el valor de la fe precisamente en nuestra sociedad tan secularizada y, en gran parte, también descristianizada.

En realidad, la vocación monástica, por designio de Dios, compensa el vacío de fe que hay en el mundo. En efecto, la monja no desprecia ni olvida el mundo, pero su vida excluye el compromiso con lo mundano, con lo que estácorrompido, para dedicarse totalmente a la oración y a la ascesis en beneficio de toda la humanidad.

Por consiguiente, la monja vive de modo sublime el misterio nupcial y materno en el plano sobrenatural. El fuerte simbolismo del velo indica justamente la generosidad y la intensidad con las cuales la monja claustral se entrega a Dios por todos, permaneciendo escondida en la gratuidad del don.

No puedo olvidar la emoción que experimentéen el momento en que el obispo me entregóel velo bendecido. Fue como si el cielo se hubiera curvado sobre mípara envolverme en la esfera de lo sagrado, en la intimidad del corazón de Cristo, a semejanza de la Virgen Madre María.

Cuando el Papa Liberio, en el siglo IV, consagróa Marcelina, hermana del obispo Ambrosio de Milán, en el momento en que le impuso el velo religioso en la cabeza, todo el pueblo que ocupaba la basílica de San Pedro fue testigo del acontecimiento, aplaudiendo y diciendo “amén, amén”.

El rito litúrgico de la velatio virginum es muy sugestivo. Antiguamente el velo se usaba de color rojo para significar que la virgen había sido rescatada con la sangre del esposo, Cristo. Por eso en una de sus hermosísimas homilías san Ambrosio –al que podemos definir “consagrante de vírgenes”–, describióa una mujer consagrada con estas palabras: “Adornada con todas las virtudes, cubierta con el velo teñido de púrpura por la sangre de su Señor, avanza como una reina llevando siempre en su cuerpo la muerte de Cristo”(De institutione virginis, 17.109).

A la virginidad también se atribuye, con razón, el carácter martirial. En efecto, se la considera una forma de martirio, al ser una vida totalmente entregada. Por ende, se le reconoce la dignidad real y es coronada por el esposo, rey del universo. De este modo, el velo reviste el significado de diadema real.

¿Puede haber para la mujer mayor dignidad que esta? El velo mismo preserva su humildad. En la basílica de San Simpliciano, en Milán, se encuentra una inscripción sepulcral del siglo V que dice simplemente: Hic iacet Leuteria cum capite velato. Verso poético que confía a la memoria de la posteridad el recuerdo de una mujer que llevóel velo, signo de su consagración a Cristo, signo de grandísima nobleza.

Hablando del velo, no se puede evitar dirigir la atención a la Virgen inmaculada, representada siempre con el velo, y a veces con un velo tan amplio que cubre también al Niño Jesús, al que tiene en brazos.

En todas las épocas, en torno a ella ha florecido la poesía más bella; y a ella hemos elevado las invocaciones más fervientes para que extienda su velo sobre todos nosotros, sobre toda la humanidad de la que fue constituida Madre.

“Virgen Madre, hija de tu hijo –cantóDante–, humilde y alta más que otra criatura, término fijo del consejo eterno, túeres quien la humana natura
ennobleciótanto, que su hacedor no desdeñóhacerse su hechura…Para nosotros eres aquímeridiana faz de caridad, y abajo, entre los mortales,
eres de la esperanza fuente vivaz. Señora, eres tan grande y tanto vales,
que quien quiere gracia y a ti no se acoge, su deseo quiere que sin alas vuele. Tu benignidad no sólo socorre a quien demanda, mas muchas veces
liberal al demandar precede”(Paraíso, XXXIII, 1-18).

Velada, pero presente –al igual que la Virgen María–, es la mujer consagrada totalmente al Señor en la oración. No se convierte en un ser descarnado e impasible, lejano de la gente común, sino más bien en una mujer capaz de amor oblativo y universal, plenamente gratuito precisamente porque es virgen.

Este es el significado místico del velo en la cabeza de las mujeres consagradas, escondidas del mundo para estar en el corazón del mundo y llevar a todos los hombres hacia el corazón de Cristo, único esposo de la Iglesia, de la humanidad que él redimióal precio de su sangre, para hacerla santa e inmaculada en su presencia, resplandeciente de esta belleza espiritual que debe protegerse de todo tipo de profanación detrás del velo sagrado.

Anna Maria Canopi

La benedictina Anna Maria Canopi (1931) fundóla abadía Mater Ecclesiae en la isla de San Julio, en el lago de Orta (Novara). Escritora fecunda y profunda erudita, es autora de muchos libros sobre la espiritualidad monástica y cristiana. Colaboróen la edición de la Biblia de la Conferencia episcopal italiana y en el Catecismo de la Iglesia católica. En 1993 preparóel texto del vía crucis para Juan Pablo II. Las fotografías de esta página son de Sebastiana Papa (1932-2002).

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