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Desarrollo económico, desarrollo integral

El desarrollo es y ha sido desde siempre un objetivo central de la humanidad y constituye una meta prioritaria para las naciones, sus gobiernos y la comunidad internacional. Así, los países suelen clasificarse en desarrollados o en desarrollo. Desde hace algunos años, además, se menciona una tercera categoría intermedia: las naciones emergentes.

El verdadero desarrollo, sin embargo, es mucho más que la mera producción de bienes o la consecución de un determinado rendimiento económico. En la encíclica Caritas in veritate , Su Santidad el Papa Benedicto XVI ha profundizado y puesto el acento en el concepto y la necesidad de un desarrollo integral, postulado por la doctrina social de la Iglesia. Tal desarrollo debe favorecer la realización de la persona humana, tanto en su dimensión material como espiritual. Así concebido — abarcando todo el espectro de lo humano—, está llamado a promover la calidad de vida, orientarse al bien común, defender la vida y los derechos inalienables de la persona humana en todo tiempo, lugar y circunstancia, y favorecer un humanismo trascendente.

Esta conceptuación —más rica y completa— ha encontrado eco en las mediciones de calidad de vida y de desarrollo humano llevadas a cabo en el marco de las Naciones Unidas, que incluyen evaluaciones complementarias al mero desarrollo económico, tales como esperanza de vida al nacer, alfabetización de la población, acceso y calidad de la educación básica y superior, desigualdad social, equidad de género, gobernabilidad democrática y protección del medio ambiente, entre otras. No cabe duda, sin embargo, que el avance en cada una de ellas supone, e incluso exige, un crecimiento económico sostenido.

Actualmente, el ingreso per cápita en Chile, mi país, alcanza a los us$ 15.000 al año, lo que nos sitúa en la categoría de país emergente.

Cuando asumí la presidencia de la República, hace casi un año, pusimos en marcha un programa de gobierno con metas concretas, audaces y nobles: derrotar la pobreza extrema durante nuestro período y sentar las bases para que, antes que concluya esta década, Chile logre superar la pobreza y alcanzar ingresos per cápita propios de países desarrollados. Pero no se trata de cualquier desarrollo. Aspiramos a uno que sea integral, que cree oportunidades de progreso material y espiritual para todos mis compatriotas, como en nuestra patria no se han conocido hasta ahora. Ese fue, al fin y al cabo, el sueño que nuestros padres y abuelos siempre acariciaron aunque nunca obtuvieron, pero que hoy aparece más factible que nunca. Y, por lo mismo, constituye no sólo un imperativo social y económico sino, más importante aún, moral y ético, tal como nos lo recordara Su Santidad Juan Pablo II cuando nos visitó en 1987.

A fin de lograr estas metas estamos trabajando incansablemente para alcanzar tasas de crecimiento del 6% promedio anual; crear 200.000 nuevos empleos por año; hacer retroceder la delincuencia y el narcotráfico para devolverle a las familias su derecho a vivir con mayor paz y seguridad; mejorar sustancialmente la calidad de la educación y la salud; fortalecer la familia; ampliar las libertades fundamentales; profundizar y hacer más participativa, transparente y vital nuestra democracia; y proteger los derechos humanos y especialmente el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Respecto de cada uno de estos aspectos, ya podemos mostrar avances muy concretos y significativos.

El año pasado, a pesar de los devastadores efectos del quinto mayor terremoto y maremoto en la historia conocida de la humanidad, que nos golpeó, y que significó un daño patrimonial de us 30.000 millones, equivalente al 18% de nuestro pgb, Chile creció un 5,2% y las proyecciones para este año superan el 6%. Se crearon más de 400.000 puestos de trabajo, que representan casi el 6% de nuestra fuerza laboral. Los índices de temor y delincuencia se redujeron a sus niveles más bajos en 10 años y las incautaciones de drogas aumentaron sustancialmente. Implementamos reformas estructurales profundas a nuestro sistema educacional, avanzamos decididamente en la mejora del acceso, calidad y oportunidad de la atención de salud y pusimos en marcha una variedad de reformas en favor de la familia, como las que promueven el acceso de la mujer al campo laboral sin debilitar su rol de madres y esposas y la ampliación de la educación preescolar.

De este modo, con la ayuda de todos, estamos avanzando a paso firme hacia un desarrollo no sólo económico, sino profundamente humano, comprensivo y coherente con la realidad material y espiritual de las personas. Se trata de una tarea que supera por mucho a un gobierno e incluso al Estado, pues corresponde a todos y cada uno de los ciudadanos. Es —como lo señala el Santo Padre— una verdadera vocación del individuo y del país pues supone, en último término, la voluntad y el esfuerzo de todos y cada uno por progresar, realizarse y avanzar en procura de una vida más plena y feliz. En este amplio espectro, por cierto que le cabe una participación activa a la Iglesia y la sociedad civil.

Las virtudes de una causa nacional, unitaria y compartida pudieron apreciarse en plenitud en la operación de rescate de los 33 mineros atrapados, a más de 700 metros, en las profundidades de una montaña del desierto de Atacama. Durante casi tres meses, Chile entero se unió como una gran familia, dejando atrás sus diferencias, dispuesto a hacer todos los esfuerzos que fueran necesarios para encontrarlos y rescatarlos sanos y salvos. En esa verdadera cruzada, así como en la forma como hemos llevado a cabo la reconstrucción luego del terremoto y maremoto del año pasado, hemos apreciado el temple y coraje de un pueblo, dispuesto a realizar cualquier sacrificio con tal de hacer de Chile un país más libre, próspero, justo y fraterno. En suma, para alcanzar esa anhelada meta de un desarrollo integral. En todo ello, sabemos que hemos contado y seguiremos contando con las oraciones del Santo Padre, así como de millones de hombres y mujeres de buena voluntad del mundo entero.


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17 de Septiembre de 2019

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