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De repente, la cárcel se convirtió para mí en un palacio

· Del diario de Perpetua y Felicidad, martirizadas en Cartago el 7 de marzo del año 203 ·

Perpetua era una joven catecúmena, arrestada en el año 203 en el África proconsular, probablemente en Thiburbo Minus, y después procesada y ajusticiada en Cartago. De origen noble y con buena instrucción –ella misma escribirá su diario de la cárcel–, tenía 22 años y un hijo lactante. Su familia, que estaba desesperada por su detención, era pagana, excepto uno de sus hermanos. Su padre hizo todo lo posible para que retractara su declaración de fe. Con ella también estaba detenida Felicidad, de origen humilde, quizá su esclava, que dio a luz detrás de las rejas. Cuando el padre le quitó a Perpetua su hijo, al que ella cuidaba en la cárcel, no protestó, porque vio también en ese gesto la mano de Dios: «Como Dios quiso, ya no deseó el seno». Antes de su suplicio, Perpetua tuvo una visión, rica de referencias bíblicas, y logró que los carceleros le concedieran una última comida comunitaria con los catecúmenos, que se transformó en un ágape.  La pasión de Felicidad es uno de los primeros textos escritos por una mano femenina, con ardor, dignidad y valentía. Citamos algunos de sus pasajes tomados de «“E fui fatta maschio”: la donna nel cristianesimo primitivo (secoli I-III)», de Clementina Mazzucco (Casa Editrice Le Lettere, 1989).

Precisamente en ese intervalo de pocos días fuimos bautizados, y a mí el Espíritu me sugirió que solo le pidiera al agua la fuerza de resistir en la carne. Después de pocos días nos encerraron en la cárcel, y me aterroricé, porque nunca antes había experimentado tanta oscuridad.

¡Qué día terrible!  Calor sofocante provocado por el gentío, extorsión por parte de los soldados, y, en fin, la preocupación por mi hijo que estaba allí, y eso me consumía.

Entonces Tercio y Pomponio, los diáconos benditos que nos asistían, dando una propina, lograron que nos trasladaran por unas horas a una parte mejor de la cárcel, donde pudimos descansar.

Al salir de la cárcel (subterránea), todos podían pensar en sí mismos: yo le daba el pecho a mi hijo, que estaba extenuado por la falta de comida. Estaba preocupada por él, hablaba con mi madre y animaba a mi hermano, les recomendaba a mi hijo. Me atormentaba precisamente porque los veía angustiados por mi causa.

Soporté esas preocupaciones durante muchos días, y logré que mi hijo permaneciera conmigo en la cárcel. Inmediatamente se recuperó, y me sentí aliviada de la pena y la preocupación por el niño. De repente, la cárcel se convirtió para mí en un palacio, hasta tal punto que prefería estar allí más bien que en cualquier otro lugar. (…)

El día anterior al combate, tuve esta visión: el diácono Pomponio había ido a la puerta de la cárcel y golpeaba con fuerza.

Salí a su encuentro y le abrí. Estaba vestido con una túnica blanca, sin correa, y tenía sandalias cruzadas.

Me dijo: «Perpetua: te esperamos, ven». Me tomó la mano y comenzamos a caminar por lugares escabrosos y tortuosos.

A duras penas, jadeando, llegamos finalmente al anfiteatro, y me condujo al centro de la arena. Me dijo: «no tengas miedo. Estoy aquí contigo, y lucho contigo». Y se fue.

Veo a una inmensa multitud que espera en silencio. Sabiendo que había sido condenada a morir devorada por las fieras, me maravilla que todavía no las suelten contra mí.

Y salió a enfrentarme un egipcio de aspecto horrible, con sus ayudantes, para combatir contra mí. También jóvenes de hermoso aspecto vienen hacia mí, son mis ayudantes y partidarios.

Me desnudaron, y me convertí en hombre. Y mis ayudantes comenzaron a frotarme con aceite, como se usa en la lucha. Al contrario, vi al egipcio revolcarse en el polvo.

Y salió un hombre extraordinariamente grande, que superaba incluso la parte más alta del anfiteatro: estaba vestido con una túnica sin correa, en el medio del pecho llevaba una tira de púrpura entre dos clavos, y calzaba sandalias cruzadas de manera compleja, que eran de oro y plata. También llevaba una vara, como si fuera el maestro de los gladiadores, y un ramo verde con manzanas de oro.

Pidió silencio y dijo: «si el egipcio vence, la matará con la espada; en cambio, si vence ella, recibirá este ramo». Y se retiró.

Nos acercamos uno al otro y comenzamos a darnos los primeros golpes. Él quería agarrarme los pies, pero yo le pateaba la cara.

Fui levantada en el aire y lo golpeaba como si no tocara el piso. Y como hubo un momento de pausa, uní las manos cruzando los dedos y le agarré la cabeza: cayó boca abajo y le pisé la cabeza.

La multitud comenzó a aclamarme y mis adeptos a cantar salmos. Me acerqué al maestro de los gladiadores, y recibí el ramo.

Me besó y me dijo: «hija, la paz esté contigo». Me encaminé victoriosa hacia la puerta Sanavivaria.

Me desperté y comprendí que no debería combatir con las fieras, sino más bien con el diablo; pero sabía que vencería.

Esto es lo que hice hasta el día antes del combate. En cuanto al desarrollo del combate, que lo describan otros, si quieren. (…)

Por lo que respecta a Felicidad, el Señor le concedió también a ella una gracia de este tipo. Dado que estaba en el octavo mes de embarazo (en efecto, había sido detenida cuando estaba embarazada), al aproximarse el día del espectáculo se sentía muy apenada y temía que (el martirio) se aplazara por el embarazo (en efecto, no es lícito que las embarazadas sean conducidas al suplicio), porque en ese caso debería derramar su sangre santa e inocente más tarde, junto con los criminales.

Pero también sus compañeros de martirio estaban profundamente afligidos ante la perspectiva de tener que abandonar a una compañera tan valiosa en el camino de la misma esperanza, puesto que había hecho casi todo el viaje con ellos.

Por tanto, elevaron una oración al Señor, uniendo concordemente sus gemidos, dos días antes del combate.

Inmediatamente después de la oración, le llegaron los dolores del parto. Y puesto que se quejaba porque sufría los dolores naturales de un parto de ocho meses, uno de los carceleros le dijo: «si ahora te quejas así, ¿qué harás cuando te enfrentes con las fieras, que también despreciaste cuando te negaste a ofrecer sacrificios?».

Y ella respondió: «Ahora soy yo la que sufre esto; allá, en cambio, habrá en mí otro que sufrirá por mí, porque también yo sufriré por él».

Así, dio a luz a una niña, a la que una hermana crió como si fuera su propia hija.

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26 de Mayo de 2019

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