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De otra manera no sería Iglesia

· Entrevista a sor Mary Melone, primera mujer en dirigir una universidad pontificia ·

“Considero particularmente importante esta pregunta –dice sor Mary Melone, 50 años, teóloga, desde junio rectora del Antonianum–, hasta ahora las preguntas que me hacían se centraban todas en el hecho de ser la única mujer elegida en Italia para dirigir una universidad pontificia. En efecto, hay una aclaración importante que hacer: el criterio por el que mis colegas me votaron no es un criterio de género, sino un criterio académico y científico que valora la competencia en términos de docencia e investigación. Se hacen dos votaciones, de las cuales la primera es abierta y la segunda limitada a los diez nombres que reciben más votosپh.

La buena noticia será cuando ya no volvamos a entrevistarla porque es la única mujer en el vértice de una universidad pontificia.

(Se ríe). Soy consciente de lo que representa mi nombramiento: el número de mujeres, tanto religiosas como laicas, que trabajan en este nivel en las universidades, aunque ha aumentado significativamente en los últimos tiempos, aún no es igual o, por lo menos, comparable con el de los hombres. También en el ámbito de la teología aún queda un largo camino por recorrer. Desde el punto de vista del pensamiento teológico, en los siglos pasados hubo raras pero significativas figuras femeninas, a las que se deben valiosas reflexiones sobre el Espíritu Santo y la Trinidad. Está claro que la docencia y el acceso a los estudios curriculares siguen siendo un fruto posconciliar, y desde entonces se ha hecho mucho. Pero no olvidemos que la maduración también ha afectado a la actitud de las mujeres: a las fases en las que era más evidente la reivindicación han seguido las fases de mayor conciencia de la propia relevancia y de la posibilidad de dar una aportación importante al mundo de la teología. Hoy es indudable que, por muchos motivos, el pensamiento teológico femenino es más maduro y más sereno. No solo porque se lo acepta diversamente en la Iglesia, sino también porque las mujeres son conscientes de un modo diferente de sus propias posibilidades.

El Papa invitó a elaborar una teología profunda de la mujer.

En realidad, no querría interpretar sus palabras, pero pienso que la exigencia es la de reconocer la aportación significativa que la mujer da al mundo de la fe y al mundo eclesial, acercándose con su estilo peculiar al misterio de Dios. Más allá de la ogía elaborada por las mujeres es necesario, a mi parecer –además de la posición institucional–, reconocer que la aportación femenina no solo es imprescindible sino también complementaria de la masculina.

Todas estas reflexiones son aplicables, más en general, a la vida de la Iglesia.

Está claro que desde el Concilio en adelante hemos dado pasos notables, incluso en términos de inserción de las mujeres en cargos eclesiales significativos; pero lo que falta –y en la Evangelii gaudium á escrito claramentees la presencia de mujeres en los lugares donde se toman las decisiones. La cuestión es muy compleja, porque la Iglesia es una realidad compleja y, desde esta perspectiva, el binomio carisma/ministerio también hace referencia a los ministerios ordenados que, obviamente, no se pueden pasar por alto. Por tanto, hay que contextualizar el acceso a las funciones decisorias en la realidad de la misma Iglesia.

La Iglesia no comprende que, de lo contrario, se empobrece.

Cuando se reflexiona sobre estos argumentos, se vuelve a verdades simples y esenciales: son muchos los motivos por los que la Iglesia no puede prescindir de las mujeres. No puede hacerlo porque, de lo contrario, no sería Iglesia en su totalidad. No puede hacerlo, porque la aportación femenina, por silenciosa y menos evidente que sea, es absolutamente indispensable: soy religiosa, y pienso en el número de religiosas que son responsables de tantas obras. No solo me refiero a la cantidad material de escuelas, hospitales y misiones administradas por religiosas y, más en general, por mujeres, sino también –y sobre todo– a su capacidad y competencia. Para ilustrar una dimensión de la Iglesia, es preciso recordar que existen obras en las que los institutos religiosos femeninos han concentrado su atención mucho antes que la sociedad civil. Pensemos, por ejemplo, en las escuelas: hemos creado, con competencia y clarividencia, estructuras educativas cuando no existía nada. Esto es particularmente evidente en el mundo franciscano: los institutos femeninos franciscanos han entablado un diálogo con la época moderna mucho antes que lo hicieran los frailes, ligados a una estructura diferente. Nacidos casi todos entre la mitad y el final del siglo XIX, los institutos femeninos franciscanos florecen dialogando con la sociedad, gracias a su capacidad de interpretar las expectativas de la época moderna. Solo los institutos femeninos franciscanos logran hacerlo, mientras que la Orden tiene un momento de reflexión interna. Precisamente en este sentido digo que la Iglesia no puede prescindir de las mujeres. Creo que sería un empobrecimiento desconocer que la mujer tiene una riqueza propia para poner al servicio de la Iglesia.

Cuando Bergoglio se asomó a la Logia de las bendiciones, al oír el nombre que había elegido, también pensamos en la relación entre Francisco y Clara, espléndida página de amistad igualitaria entre una mujer y un hombre.

Yo también estaba en la plaza de San Pedro aquella noche. Recuerdo la emoción al oír un nombre que para nosotros, franciscanos, es todo. Un nombre que ya era un mensaje muy claro. San Francisco habla todas las lenguas; no creo que haya una realidad, sobre todo eclesial, que no se sienta inmediatamente en sintonía con su figura. Y es totalmente evidente que quien mira a Francisco no puede menos de ver a Clara: el mismo Francisco no se concibe a sí mismo sin Clara, en el sentido de que reconoce la contribución fundamental de esta mujer. El estudio de la relación entre los dos es muy complejo, y en el mundo franciscano absorbe la atención, precisamente porque es necesario liberarse de ciertos estereotipos que consideran la relación de ambos de modo unidireccional. Al contrario, Clara contribuyó a la configuración del carisma franciscano. Por ejemplo, pocos conocen sus cartas, y, sin embargo, son textos sumamente significativos en los que aflora una madurez espiritual de la que, sin duda alguna, Francisco era consciente y compartía. Su relación era complementaria, y en ella cada uno tenía, en cierto modo, necesidad del otro. Muchas son las anécdotas que se han transmitido y que, de manera episódica, difunden esta realidad de la que se tiene conciencia en el mundo franciscano. Pienso en aquel famoso episodio en el que, desde Asís, vieron fuego cerca de Santa María de los Ángeles: creían que se trataba de un incendio, pero en cambio era el diálogo espiritual entre Clara y Francisco, con la llama que simbolizaba la intensidad de una vida espiritual compartida. O pensemos en el famoso episodio de Francisco que va a donde está Clara porque ella tiene necesidad de Francisco y Francisco siente la necesidad de Clara: él va a donde está ella, en San Damián, y oficia una liturgia sumamente sencilla, se cubre de ceniza la cabeza y se aleja. Un episodio que encarna perfectamente la complementariedad dentro de una vocación de entrega total al Señor, en la que los dos caminan juntos. Por lo demás, son muchas las parejas de santos que testimonian esta complementariedad: quizá este sea el lenguaje de la santidad –lenguaje muy diferente del de la teología–, capaz de vivir concretamente este aspecto sobre el cual la teología reflexiona después. La necesidad de una complementariedad de enfoques: la lógica evangélica de Francisco, su estilo y su modo de seguir al Señor son todos aspectos que se enriquecen gracias al sentimiento femenino de Clara, aunque el carisma sea el mismo. Aquí, en el Antonianum, hemos dedicado un año de estudio a los aspectos masculino y femenino en la vocación franciscana, precisamente para recuperar esta complementariedad.

Sus palabras son optimistas: sabemos que existe el problema entre mujeres e Iglesia, pero tenemos los instrumentos para afrontarlo.

Sé que he tenido una experiencia personal afortunada: he encontrado siempre un ambiente muy abierto, y esto seguramente me induce a estar muy serena. Pero también es verdad que introducir en el mundo eclesial criterios de porcentaje de participación, que la sociedad civil justamente debe adoptar, no es correcto: nuestra comunidad eclesial no es una sociedad cualquiera; la realidad carismática de la Iglesia impide hacer comparaciones con la sociedad civil, en la que es justo garantizar la presencia de un número determinado de mujeres. Debemos pensar en una Iglesia formada por carismas y ministerios. Pero esto no quita que sea muy consciente de la resistencia que hay en el mundo eclesial: después de mi nombramiento, recibí muchísimas felicitaciones por esta enésima demostración de la nueva primavera ligada, en cierto modo, al Papa; pero también recibí algunos mensajes en los que, en nombre de santo Tomás y de san Pablo, me pedían que renunciara porque había sido elegida para una función no apta para una mujer. Es la demostración de cuán lejos estamos todavía de una visión libre de Iglesia, que es comunión. En la Lumen gentiumel Vaticano II afirmó claramente que la Iglesia tiene su origen, su modelo y su meta en la Trinidad: el aspecto comunitario, pues, no es simplemente una elección de equilibrio y de funcionalidad, sino que es la realidad íntima de la Iglesia. La Trinidad es la máxima unidad en la mádistinción. Mantener la diversidad y la distinción entre hombres y mujeres, entre servicios y ministerios es la garantía de una verdadera comunión eclesial. A veces, ni siquiera las mujeres logramos comprender esto, por ejemplo, cuando tratamos de uniformarnos a toda costa con los hombres. No soy feminista por naturaleza, pero me siento orgullosa de la diversidad, y creo que la expresión de mayor feminismo consiste en no alimentar en el hombre la idea de que solo nos sentimos realizadas cuando somos iguales a él. La realidad de la mujer es tan completa y hermosa en sí misma que no necesita modelarse según la realidad masculina. 

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17 de Febrero de 2020

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