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De la mano contra la violencia

· Encuesta sobre el Se.D, «Servizio disagio donne», Centro de escucha de la Cáritas ambrosiana ·

Virginia es una mujer rumana que se casó con un camionero italiano al que conoció en su país. Después del matrimonio, cuando llegó a Italia, se encontró con que se había convertido en su prisionera. El esposo la tenía encerrada en su casa, no le permitía hacer nada ni ver a nadie. Por miedo de que pudiera quejarse de su condición, nunca la dejaba sola. En pocas palabras, la había obligado a vivir en un estado de esclavitud. El único momento en el que Virginia podía disfrutar de un poco de libertad era cuando hacía el curso de italiano organizado por la parroquia. Precisamente allí pidió ayuda. Y allí la pusieron en contacto con el personal de la Cáritas ambrosiana que se ocupa de mujeres maltratadas y que, el último día del curso, el último momento en que era posible evitar el control del esposo, organizó su fuga. Hoy es una mujer libre. Ha encontrado un trabajo y ha recuperado el permiso de residencia que, al huir de su esposo, había perdido.

Virginia, o mejor dicho las personas de la parroquia que habían escuchado su problema, se habían dirigido al Se. D, ( Servizio disagio donne ), el Centro de escucha de la Cáritas ambrosiana, que forma parte de la más amplia «área sobre maltrato y malestar de las mujeres» de la mayor archidiócesis de Europa, que es la de Milán. En este lugar, mediante un itinerario de liberación y reconquista de la propia dignidad, se escucha y se ayuda a muchas mujeres que sufren abuso y violencia. La iniciativa de la Cáritas ambrosiana nació entre 1993 y 1994. En aquellos años se trataba de una experiencia innovadora, pero que hoy está sólidamente integrada en la actividad de la archidiócesis. Sor Claudia, una mujer menuda, que evidentemente no tiene miedo de llevar pesadas cargas, es la responsable.

«Muchas cosas han cambiado desde el comienzo –afirma–, aunque de modo paulatino. Cuando comenzamos, se tenía poca conciencia de la violencia que existía en las así llamadas familias normales, las que frecuentaban la iglesia y los parroquianos conocían». El silencio era el enemigo contra el que teníamos que combatir.

Hoy, a menudo, son los párrocos quienes denuncian los casos de violencia, el maltrato que sufren las mujeres: telefonean por ellas.  En las parroquias hay centros de escucha que avisan sobre las condiciones de riesgo, porque son el único lugar que esas mujeres pueden frecuentar. En fin, son las parroquias las que a menudo ponen a disposición locales y lugares donde las mujeres pueden refugiarse. Pero el aviso que llega a la Cáritas también proviene de las fuerzas del orden, de la clínica Mangiagalli, que tiene un centro antiviolencia, o de la Casa de mujeres maltratadas, instituciones laicas con las que existe una relación estable.  Se responde a todas y para todas se busca una solución.

En 2012 telefonearon 143 mujeres, 64 italianas y 79 extranjeras: se las escuchó y orientó.  De estas, 16 entraron en una comunidad, 33 no tuvieron necesidad de ella y siguieron «un itinerario territorial», es decir, fueron acompañadas hasta que se solucionaron sus problemas.

Para algunas, la intervención fue rápida, necesariamente rápida. «Hay casos –dice Anny Procaccini, del Se.D, y por tanto en contacto directo con los casos de violencia– en los que es necesario actuar oportunamente y estar preparados en pocas horas».

Anny habla del caso de una muchacha pakistaní, que nació y vivió en Italia, con costumbres y hábitos occidentales, obligada por sus padres a contraer un matrimonio arreglado con un muchacho de su país. Primero había pedido ayuda, y después dejó de hacerse ver. Volvió a llamar unos meses más tarde. Había aceptado casarse, pero cuando el marido llegó a Italia, comenzó para ella una vida violenta, con agresión física.  Entonces, recordó aquel número de teléfono. También para ella se puso en marcha un plan de intervención rápida, y se la ayudó a escapar.

Pero también hay casos más complicados, en los que no se trata de truncar un vínculo, sino de reconstruir una relación con bases diferentes. Como el caso de una mujer de más de 70 años, a quien el marido más joven la maltrataba sobre todo psicológicamente. En esta circunstancia el itinerario fue diverso. La mujer recibió ayuda para fortalecerse y creer en sí misma, para reaccionar. «Cada mujer es un caso diferente», no se cansan de decir las mujeres del Se.D.

En la sede de la Cáritas, en la Milán histórica, se respira un aire de eficiencia y serenidad. Las mujeres que trabajan allí –precisamente son todas mujeres, laicas y religiosas– muestran una dedicación exenta de exceso de victimismo o de denuncias muy voceadas. Aquí se afrontan los casos denunciados uno por uno, o mejor dicho, mujer por mujer. No es posible establecer una casuística. No es posible decidir antes qué hacer. Ni siquiera es posible decir qué hace que surja la necesidad de llamar, aunque está claro que fiarse de alguien, sobre todo para las extranjeras, es un paso importante.

Hay mujeres cuyo umbral de tolerancia del maltrato es muy alto; solo después de muchos años se dan cuenta de no poder vivir como son obligadas a vivir. Hay otros casos en que el pedido de ayuda llega inmediatamente, con la primera señal de violencia. «No existen situaciones que se puedan afrontar a la ligera, no hay reglas válidas para todas –explica sor Claudia–, y cada itinerario debe ser personalizado, vale solo para determinada mujer y solo para ella. Hemos visto que este enfoque da seguridad a las mujeres, las impulsa a fiarse y a confiar».

Se insiste mucho en este enfoque, cuyo fundamento es la persona, la mujer, no una idea abstracta de violencia o de libertad. Con toda probabilidad, esta es precisamente la especificidad de un centro de acogida religiosa, que no pretende tener normas a las que atenerse, sino hacer de la escucha una regla absoluta.

Este modo de ayudar a las mujeres, excluyendo todo prejuicio o ideología, es la contribución específica de la Cáritas ambrosiana a la actividad de los centros de acogida para mujeres maltratadas o contra la violencia que, en una ciudad como Milán, constituyen ahora una red solidaria. Entre ellos hay una discusión sobre tiempos y modos de acogida, pero están de acuerdo en que cada mujer debe ser ayudada a construir su itinerario personal de vida.

«Para mí –dice Alessandra Kustermann, responsable del servicio antiviolencia de la clínica Mangiagalli, en contacto permanente con la Cáritas–, la relación con ellos es fácil. Ante un caso de violencia, es natural recurrir a ellos para que atiendan a la víctima. Sé que tienen gran capacidad de escucha y gran sensibilidad ante las diversas situaciones, gracias a su trato con las inmigrantes. Saben que no hay un único enfoque de la violencia para todas las mujeres, y que truncar los vínculos no es automático o indoloro».

«La denuncia no basta –explica Anny Procaccini, polemizando también con los medios de información que solo se limitan a impulsar a las mujeres a denunciar a quienes las maltratan    –, y no basta porque después la mujer se queda sola, no sabe qué hacer, no recibe una ayuda concreta. Incluso puede empeorar su vida porque, sin medios y sin apoyo, se ve obligada a volver a estar con su perseguidor. También terminar una relación, sin haber tomado plena conciencia, sin haber planificado instrumentos de defensa, puede ser inútil».

La cuestión es crear una red, producir información y formación. En efecto, el trabajo de formación es fundamental. Gracias a él, las cosas han cambiado, explica sor Claudia: «En 1994, cuando comenzamos, aceptamos el hecho importante de que también las comunidades cristianas podían vivir una contradicción, que había familias en las que, en el momento en que comenzaba el atropello y se anulaba la dignidad humana, se desvanecía el proyecto de Dios.  La violencia lo arruinaba, lo cancelaba, porque significaba que el amor había muerto. La Iglesia no podía callarse, debía procurarse estructuras para responder». ¿Ninguna dificultad? También en este caso se insiste en el itinerario, en los numerosos encuentros, en las muchas tardes pasadas discutiendo en las parroquias para construir una red, para educar y formar. Se hicieron exposiciones, se publicaron opúsculos y se difundieron datos.

Y se citan las palabras de Juan Pablo II en la Carta a las mujeres , que las animan a ir adelante en su misión: «Estoy convencido de que el secreto para recorrer libremente el camino del pleno respeto de la identidad femenina no está solamente en la denuncia, aunque necesaria, de las discriminaciones y de las injusticias, sino también y sobre todo en un eficaz e ilustrado proyecto de promoción, que contemple todos los ámbitos de la vida femenina, a partir de una renovada y universal toma de conciencia de la dignidad de la mujer » .

Ritanna Armeni

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24 de Agosto de 2019

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