Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

De Asís 1986 a Asís 2011, el significado de un camino

· Hacia el encuentro del próximo 27 de octubre ·

El 25 de enero de 1986, en la homilía de la santa misa celebrada en la basílica de San Pablo Extramuros, el beato Juan Pablo II pronunció un llamamiento, en el contexto del Año internacional de la paz declarado por la onu, dirigido no sólo a los católicos o a los creyentes en Cristo, sino también a los miembros de las diversas religiones del mundo y a todos los hombres de buena voluntad, para que todos invocaran con insistencia el don de la paz. «La Santa Sede desea contribuir a suscitar un movimiento mundial de oración por la paz que, traspasando las fronteras de cada una de las naciones e implicando a los creyentes de todas las religiones, llegue a abrazar el mundo entero» ( L'Osservatore Romano , edición en lengua española, 2 de febrero de 1986, p. 11).

En la misma circunstancia, el Papa anunció su deseo de hacerse promotor de un encuentro especial, que se realizaría en Asís, abierto a los responsables de las Iglesias, de las comunidades cristianas y de las principales religiones del mundo. La reunión, que tuvo lugar el 27 de octubre de 1986, halló una amplísima resonancia en la opinión pública mundial.

Lo que a simple vista catalizó la atención y la imaginación de muchos fue ver reunidos, quizá por primera vez en la historia, a tantos exponentes de las principales religiones.

Con una mirada más atenta, sin embargo, se podía captar con claridad las intenciones profundas que habían guiado al gran Pontífice: en primer lugar, poner de relieve la dimensión intrínsecamente espiritual de la paz, ante un clima cultural que tendía a relegar en la marginalidad el fenómeno religioso. Los componentes de la paz son múltiples y su construcción necesita ciertamente el compromiso en ámbito político, social y económico, por parte de gobiernos, organizaciones internacionales y sociedades civiles. Aun así, lo cierto es que la paz es, prioritaria y fundamentalmente, una realidad que se construye en los corazones, que nace de las aspiraciones más altas del hombre.

En segundo lugar, la reunión de líderes de religiones distintas ponía a cada uno de ellos ante la responsabilidad de que sus propias creencias religiosas se tradujeran, en el plano personal y comunitario, en el sentido de una efectiva construcción de la paz. De hecho, es bien sabido cómo en la historia la pertenencia religiosa frecuentemente ha sido instrumentalizada como elemento de oposición y de conflicto.

El encuentro de 1986 valorizó tres elementos espirituales presentes, aunque de formas diversas, en casi todas las tradiciones religiosas: la oración, la peregrinación y el ayuno.

Juan Pablo II explicó claramente el sentido de reunirse para orar en la misma ciudad: «El hecho de que hayamos venido aquí no implica intención alguna de buscar entre nosotros un consenso religioso o de entablar una negociación sobre nuestras convicciones de fe. Tampoco significa que las religiones puedan reconciliarse a nivel de un compromiso unitario en el marco de un proyecto terreno que las superaría a todas. Ni tampoco es una concesión al relativismo en las creencias religiosas» ( L'Osservatore Romano , edición en lengua española, 2 de noviembre de 1986, p. 1).

Este último punto era de capital importancia: el relativismo o el sincretismo, en efecto, terminan destruyendo, en vez de valorizar, la especificidad de la experiencia religiosa. Sobre este aspecto se aludió más veces, también a causa de interpretaciones superficiales, que no faltaron, de aquel primer encuentro en Asís. En la carta enviada al obispo de Asís por el XX aniversario del acontecimiento, el Papa Benedicto XVI recordará que «es preciso evitar confusiones inoportunas. Por eso, también cuando nos reunimos para orar por la paz es necesario que la oración se desarrolle según los distintos caminos que son propios de las diversas religiones. Esta fue la opción que se hizo en 1986, y sigue siendo válida también hoy. La convergencia de personas diversas no debe dar la impresión de que se cae en el relativismo que niega el sentido mismo de la verdad y la posibilidad de alcanzarla» ( Mensaje a monseñor Domenico Sorrentino, 2 de septiembre de 2006: L'Osservatore Romano , edición en lengua española, 15 de septiembre de 2006, p. 6).

Esta es la interpretación correcta del «espíritu de Asís», frecuentemente invocado en el contexto de las iniciativas de diálogo y de encuentro entre miembros de tradiciones religiosas diferentes, que se han multiplicado tras el encuentro de 1986, el cual, por su parte, permanece como un acontecimiento de algún modo único: momento fuerte de comunión espiritual, vivido con sencillez y fraternidad, las actitudes típicas de san Francisco, que todavía hoy se respiran en su ciudad natal.

Resultó así espontáneo mirar nuevamente hacia Asís en un momento particularmente delicado y dramático de la historia reciente, como el que siguió a los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Al comienzo del nuevo milenio, quizá justo en el momento en que, después del fin de la división del mundo en bloques opuestos, era más fuerte la expectativa de la reafirmación de una era de mayor paz, nubes amenazadoras venían improvisamente a oscurecer las esperanzas de muchos.

Juan Pablo II dio entonces nuevamente cita en la ciudad de san Francisco a los responsables de las comunidades cristianas y de las religiones del mundo, no sólo para hacer visible la condena, por parte de todos los hombres religiosos, del terrorismo de matriz fundamentalista, sino también para testimoniar que las religiones en cuanto tales están comprometidas a favorecer en el mundo un clima de paz, de justicia, de hermandad, y no quieren dejarse instrumentalizar para enfrentamientos entre naciones, pueblos y culturas.

«Queremos reunirnos, especialmente los cristianos y los musulmanes, para proclamar ante el mundo que la religión no debe convertirse jamás en causa de conflicto, de odio y de violencia» ( Ángelus del 18 de noviembre de 2001: L'Osservatore Romano , edición en lengua española, 23 de noviembre de 2001, p. 1). El Papa invitó a prepararse para aquel encuentro con un día de ayuno, que significativamente fue establecido en un momento cercano al término del mes del Ramadán.

La Jornada de oración por la paz en el mundo se tuvo en Asís el 24 de enero de 2002. En esa circunstancia, respecto a la oración pública de las distintas religiones que caracterizó el encuentro de 1986, se quiso subrayar el solemne compromiso en favor de la paz. Cada grupo religioso halló el modo de orar en ambientes apropiados dentro del Convento franciscano, mientras los cristianos se reunieron en la basílica inferior. Tales decisiones derivaban de la voluntad, compartida por todos, de no dar pretexto a interpretaciones de tipo irenista del encuentro entre hombres pertenecientes a religiones diversas.

Durante el encuentro común, en la plaza de San Francisco, se escucharon testimonios en favor de la paz y, en la tarde, se proclamó un solemne compromiso, compartido por todos los presentes. Es un texto que aún hoy mantiene toda su validez: en él se expresaba la condena de la violencia y del terrorismo, opuestos al auténtico espíritu religioso; se manifestaba la voluntad de educar en la estima y en el respeto recíproco, de promover la cultura del diálogo entre individuos y pueblos, de vivir la confrontación con la diversidad del prójimo como ocasión de mejor comprensión recíproca. Se afirmaba la voluntad de perdón, el compromiso de superar los errores y los prejuicios del pasado; se hacía propia la causa de los más pobres y olvidados. El texto concluía con una llamada a los responsables de las naciones, a fin de que hicieran todos los esfuerzos posibles por consolidar, sobre el fundamento de la justicia, un mundo de solidaridad y de paz.

La condena de la violencia y el terrorismo realizados en nombre de la religión introducía en el encuentro interreligioso un elemento tal vez nuevo, pero vivido ahora con intensidad especial: la necesidad de purificación, de la que se debe encargar cada tradición religiosa, de cara a las demás tradiciones religiosas y de cara al mundo. Incluso la práctica de la religión está expuesta a las consecuencias del mal, del pecado, y puede quedar desfigurada. Reunirse significa también estar dispuestos a perdonarse y a purificar el propio modo de vivir la dimensión religiosa. El intercambio del abrazo de paz entre los presentes, con el que se concluyó la jornada de 2002, era expresión elocuente de esta disponibilidad.

Ya han transcurrido 25 años desde el primer histórico encuentro de Asís. El mundo ha sufrido profundas transformaciones. ¿Por qué regresar de nuevo a la ciudad del Poverello ?

La respuesta es sencilla: el mundo cambia, pero permanecen las aspiraciones del corazón del hombre y, hoy más que nunca, la dimensión religiosa se revela como un elemento imprescindible para la defensa y la promoción de la paz.

El Papa Benedicto XVI da nuevamente cita a los responsables de las Iglesias, de las comunidades cristianas y de las principales religiones del mundo, ante todo para conmemorar el acontecimiento de 1986: este realmente inauguró una época nueva en las relaciones entre hombres de religiones diversas; permitió a todos darse cuenta de que la confrontación con el otro es en sí una necesidad que ningún hombre religioso puede ignorar.

Sin embargo, naturalmente, la reunión allí no sólo se realiza para hacer memoria del pasado, sino también para mirar hacia adelante. ¿Cuáles son los retos que esperan hoy a los creyentes en relación a la construcción de la paz? ¿Qué contribución puede ofrecer a la causa de la justicia cada individuo y cada tradición religiosa, allí donde actúa mayormente? Y, al contrario, ¿qué estímulos se puede recibir, en el esfuerzo de trabajar por la construcción de un mundo más justo y solidario, de parte de quien tiene una creencia distinta a la propia, y también de quien no manifiesta una fe religiosa, pero se siente comprometido en esta noble causa?

El tema que el Santo Padre ha indicado para la celebración de la Jornada —«Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz»— muestra claramente el sentido que tendrá el encuentro del 27 de octubre de 2011.

Queremos, en primer lugar, reconocernos todos integrados en ese camino común que es la historia humana. Afirmar que somos peregrinos significa admitir que todavía no hemos llegado a la meta o, mejor dicho, que esta siempre nos trasciende, constituyendo el sentido de nuestro viaje. Todo hombre de buena voluntad se siente «peregrino de la verdad»: se siente en camino, porque es consciente de que la verdad siempre lo supera.

De aquí el motivo de una opción determinante para el próximo encuentro, la de invitar a Asís además a algunas personalidades del mundo de la ciencia y de la cultura que se definen no religiosas. Y esto no sólo por el hecho de que la construcción de la paz es una responsabilidad de todos, creyentes y no creyentes. Más profundamente, estamos convencidos de que la posición de quien no cree, o le cuesta creer, puede desempeñar un papel saludable para la religión en cuanto tal, por ejemplo ayudando a evidenciar posibles degeneraciones o inautenticidades. Signos de este «iluminismo» rectamente entendido están presentes en la misma tradición bíblica, fuertemente crítica hacia modalidades de culto que no acercan, sino que alejan de Dios.

Como cristianos, profesamos que hemos recibido en Cristo la Revelación plena y definitiva del rostro de Dios; sabemos que ese don de salvación es para todos los hombres y deseamos ardientemente que el designio de amor del Padre se manifieste y realice en su totalidad. Sin embargo, sabemos bien que jamás podremos agotar la profundidad del misterio de Cristo. Además, reconocemos que nuestra fragilidad a veces puede ofuscar el esplendor del tesoro que nos ha sido revelado y hacer más difícil su conocimiento. Haber recibido como don la verdad no nos impide, por tanto, sentirnos compañeros de viaje de todo hombre y mujer.

La Jornada de Asís se desarrollará según los elementos que ya caracterizaron el primer encuentro, hace veinticinco años: la oración, el ayuno y la peregrinación.

La oración se vivirá sobre todo en la dimensión del silencio y del recogimiento interior, que se han querido privilegiar respecto a las formas públicas de oración de cada tradición, en continuidad con cuanto ocurrió ya en el encuentro de 2002. La preocupación por evitar incluso tan sólo la impresión de cualquier relativismo no es meramente católica, y es particularmente comprensible en el actual contexto cultural, en muchos aspectos refractario a la cuestión de la verdad y por eso inclinado a una presentación indiferenciada, y en definitiva irrelevante, del fenómeno religioso. Esto no disminuye la convicción profunda de que la oración sigue siendo la contribución esencial que los hombres religiosos pueden ofrecer a la causa de la paz. El Papa Benedicto XVI presidirá, la tarde anterior, una Vigilia de oración por la paz con los fieles de la diócesis de Roma, invitando a unirse a él a obispos y fieles de todo el mundo.

El segundo elemento de la jornada es el ayuno, que será sólo parcialmente interrumpido por una comida sobria, para expresar la fraternidad entre los presentes. El ayuno pretenderá significar la dimensión penitencial que el encuentro quiere también asumir, la convicción de que debemos estar siempre dispuestos a un proceso de purificación.

Por último, está el elemento de la peregrinación, que será simbolizado por el viaje en tren de las delegaciones desde Roma a Asís, y por la subida, en la tarde, de todos los participantes, desde la basílica de Santa María de los Ángeles hacia la ya histórica plaza donde se concluyeron también las citas precedentes. Nos encontraremos caminando juntos por las calles de Asís, así como caminamos juntos cada día por las sendas de este mundo, por las sendas de la historia. Nos reconoceremos peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz, comprometiéndonos a ser constructores de un mundo más justo y solidario, y conscientes de que esta tarea supera nuestras pobres fuerzas y se debe invocar la ayuda de lo alto. Con estos sentimientos nos disponemos a acoger la invitación del Papa Benedicto XVI y a volver a Asís.

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

19 de Septiembre de 2018

NOTICIAS RELACIONADAS