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Cuando la voz masculina canta a Dios

· El canto litúrgico en la tradición bizantina griega ·

La música litúrgica en Oriente se ha desarrollado sobre todo desde el punto de vista vocal, es decir, las voces de los cantores, en general masculinos, y muchas veces las de todo el pueblo, determinan el desarrollo de la misma liturgia.

Testimonios del canto litúrgico o, dicho de otro modo, de la liturgia cantada, en la tradición bizantina griega ya se encuentran en los textos de los Padres del siglo IV en adelante. Basta citar las composiciones de himnos de san Efrén el Sirio (muerto en 373), con indicaciones –no eran notaciones, sino más bien simples frases– de carácter musical, hoy indescifrables: son textos muy largos que cantaban todos o un cantor, al que respondía el pueblo con una antífona.

Este papel central de la voz en el canto litúrgico tiene un carácter original proveniente de la tradición antioquena y está en relación directa con las tradiciones siríacas orientales y occidentales. Hasta el siglo IX, sobre todo después de la crisis iconoclasta, no hay notaciones musicales.

Celebrada hoy en muchos países mediterráneos, desde Oriente Próximo hasta Calabria, pasando por Sicilia, la liturgia bizantina griega tiene una tradición específica en cada lugar, pero también características comunes. Son composiciones musicales de carácter monódico, es decir, cantadas sin instrumentos musicales por una o más voces, según los casos, pero sin la polifonía que se ha desarrollado sobre todo en la liturgia de tradición bizantina eslava.

No existen en absoluto instrumentos musicales. La voz humana es el único instrumento en la alabanza a Dios y en la proclamación de la Palabra. En suma, se puede decir que la tradición bizantina griega aprovecha la voz y el canto como modo de expresar la oración litúrgica.

¿Cuál es el papel del cantor y, sobre todo, de la voz en la liturgia bizantina griega? En primer lugar, el canto de los textos litúrgicos se estructura a partir de la oktoèchos, o sea, del conjunto de ocho tonos musicales distintos, unidos al conjunto de los textos poéticos previstos para un ciclo que también es de ocho semanas. Son piezas que se remontan a una época que va del siglo V al siglo IX, obras de teología poética de autores anónimos o de grandes autores de himnos, como Romano el Melodioso y Juan Damasceno. Estos ocho tonos musicales se aplican a los diferentes textos bizantinos durante el año litúrgico.

En segundo lugar, la voz única desempeña un papel fundamental en la recitación y en la oración de los salmos o de los versículos tomados del salterio, libro bíblico atribuido a David, rey y profeta, que tiene gran importancia en la tradición bizantina, en especial en la praxis monástica. Cada uno de los salmos es recitado por un lector, con una lectura que a menudo no es una simple declamación privada, sino con una entonación vocal que no solo permite seguir el texto, sino también y sobre todo rezar con el salmista.

En tercer lugar, en todas las liturgias cristianas, tanto de Oriente como de Occidente, el diácono canta el Evangelio para anunciarlo a través de la belleza y la fuerza del canto. Pero la melodía no sacrifica jamás el valor y el sentido del texto, la belleza y la fuerza de la palabra de aquel a quien la liturgia, con el libro de los salmos (44, 7), proclama como “el más hermoso entre los hijos de los hombres”. En cuarto lugar, las voces o tonos melodiosos del obispo y del sacerdote celebrante desempeñan un papel decisivo en las oraciones durante la liturgia y, en particular, en la anáfora, también cantada a partir de los ocho tonos antes mencionados. Es asimismo importante la voz del diácono en el canto de las diversas letanías durante la celebración.

Por último, sobresalen las melodías para los textos particulares o propios durante el año litúrgico. Se trata de melodías que a menudo han entrado en el alma del pueblo fiel que las canta, y de esta manera el pueblo se convierte en un verdadero concelebrante de la liturgia, especialmente durante la liturgia de la Semana Santa.

Uno de estos casos particulares es el canto de los Enkòmia en los maitines del Sábado Santo, cuya melodía se ha transformado en un patrimonio que los creyentes bizantinos guardan en su corazón. Se trata del elogio fúnebre de Jesús formado por ciento setenta y seis estrofas divididas en tres grupos; fue compuesto entre los siglos XII y XIV. El canto de los Enkòmia se realiza ante la tumba de Cristo, colocada en el centro de la iglesia, y dos coros cantan alternativamente las estrofas, a veces entrelazadas con los versículos del larguísimo salmo 118.

La música, el canto fuerte y verdaderamente vivido de estas estrofas hacen que el pueblo fiel sea el verdadero celebrante, que encarna a los diferentes personajes de la composición poética, asumiendo el dolor, el llanto y la alegría.

El papel del canto, de la voz melodiosa en la tradición bizantina, en los monasterios, en las catedrales y en las iglesitas de campo es fundamental ya sea por su belleza, ya sea, sobre todo, por la fuerza del anuncio de la Palabra y por la celebración de la alabanza a Dios que es Padre, que se reveló plenamente en el Hijo y que santifica mediante el Espíritu Santo.

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17 de Febrero de 2020

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