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Cristo está en cada migrante

Una de las cuestiones sobre las que el Papa Francisco intenta sensibilizar a todos los cristianos es la de la hospitalidad con los migrantes. Al poner la misericordia en el centro de su ministerio, sabe que se trata de una de las cuestiones más importantes en la actual situación de Europa y del mundo. Nosotros, hermanos, en la comunidad Taizé vibramos ante este llamamiento del Papa porque la acogida de los migrantes está inscrita en nuestra historia. En el inicio de la segunda guerra mundial, cuando todavía no había hermanos con él, el hermano Roger, nuestro fundador ya acogía a refugiados, sobre todo hebreos. Esa acogida nos ha acompañado hasta hoy.

La compasión de Dios con nosotros nos empuja, como cristianos, a hacer gestos de solidaridad hacia los más vulnerables, a abrir nuestro corazón a la miseria de los demás, a la pobreza material como también a los sufrimientos escondidos. En todas las partes del mundo, mujeres, hombres y niños se ven obligados a dejar su tierra por razones tanto políticas como económicas. Es la desesperación lo que les motiva a partir. Es más fuerte que todas las barreras alzadas para obstaculizar su viaje. Estos grandes flujos migratorios son inevitables. No darse cuenta significaría ser miopes. Buscar un modo para regular estos flujos es legítimo además de necesario, pero querer impedirlos, edificando muros llenos de alambre espinado es absolutamente inútil. Abandonar a los refugiados en manos de los contrabandistas, con el riesgo de que mueran en el Mediterráneo, contradice todos los valores humanos.

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