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Corazones libres de envidias y celos

· Misa en Santa Marta ·

 Con una oración para que la «semilla de los celos no se siembre» en las comunidades cristianas y la envidia no tenga un lugar en el corazón de los creyentes concluyó el Papa Francisco la homilía de la misa celebrada el jueves 23 de enero en Santa Marta.

Toda la reflexión del Pontífice se centró en el tema de los celos y la envidia, definidas como las puertas a través de las cuales el diablo entró en el mundo. El obispo de Roma partió de la primera lectura, tomada del primer libro de Samuel (18, 6-9; 19, 1-7), donde se narra acerca de las mujeres que, tras la victoria del pueblo de Dios contra los filisteos, obtenida sobre todo gracias a la valentía de David, salieron de todas las ciudades de Israel a cantar y a bailar al encuentro del rey Saúl. También éste último —comentó— «estaba feliz, pero sintió algo que no le gustó. Cuando las mujeres alababan a David porque había matado al Filisteo», algo arrojó en el corazón del soberano «amargura, tristeza». Y al oír los cantos de las mujeres, él «se irritó mucho y le parecieron malas» las palabras contenidas en los mismos.

Precisamente en ese momento concreto —destacó el Santo Padre— una «gran victoria comienza a convertirse en una derrota en el corazón del rey. Comienza esa amargura» que lleva a la mente «lo que sucedía en el corazón de Caín: comienza ese gusano de los celos y de la envidia». Al rey Saúl le sucede aquello que le sucedió a Caín cuando el Señor le preguntó: «¿Por qué te enfureces y andas abatido?». En efecto, explicó el Papa Francisco, «el gusano de los celos trae el resentimiento, envidia, amargura» y también decisiones instintivas, como la de matar. No por casualidad Saúl madura la misma determinación de Caín: matar. Y decide matar a David.

Una realidad que se repite aún hoy, añadió el Pontífice, «en nuestro corazón. Es una inquietud mala, que no tolera que un hermano o una hermana tenga algo que yo no tengo». Y así «en lugar de alabar a Dios, como hacían las mujeres de Israel por la victoria», se opta por encerrarse en sí mismos, «amargarse y cocinar los propios sentimientos, cocinarlos en el caldo de la amargura».

Precisamente los celos y la envidia, por lo demás, son las puertas a través de las cuales entró el diablo en el mundo, continuó el Papa, destacando que es la Biblia quien lo afirma: «Por la envidia del diablo entró el mal en el mundo». Y «los celos y la envidia abren las puertas a todas las cosas malas», acabando por provocar laceraciones entre los creyentes mismos. El Pontífice se refirió explícitamente a la vida de las comunidades cristianas, poniendo de relieve que cuando «algunos miembros sufren de celos y de envidia, terminan divididas». Divisiones que el Papa Francisco definió «un veneno fuerte», el mismo que se encuentra en la primera página de la Biblia con Caín.

El Santo Padre destacó luego lo que sucede en concreto «en el corazón de una persona cuando tiene estos celos, esta envidia». Son dos las consecuencias principales. La primera es la amargura: «La persona envidiosa y celosa es una persona amargada, no sabe cantar, no sabe alabar, no sabe lo que es la alegría; mira siempre» lo que tienen los demás. Y esta amargura, lamentablemente, «se difunde en toda la comunidad», porque quienes son víctimas de este veneno se convierten en «sembradores de amargura».

La segunda consecuencia está representada por las habladurías. Está quien no soporta que otro tenga algo —explicó el Papa— y entonces «la solución es abajar al otro, para ser yo un poco más alto. Y el instrumento son las habladurías: busca siempre y verás que detrás de una crítica están los celos y la envidia».

Por lo tanto, «las habladurías dividen a la comunidad, destruyen a la comunidad: son las armas del diablo. Hemos visto muchas hermosas comunidades cristianas —comentó con dolor el Pontífice— que marchaban bien», pero luego en alguno de sus miembros «entró el gusano de los celos y de la envidia, y llegó la tristeza», sus «corazones se irritaron». He aquí entonces la invitación a no olvidar el episodio de Saúl, porque «después de una gran victoria, comienza un proceso de derrota. Una persona que está bajo el influjo de la envidia y de los celos mata». Por lo demás, «Juan, el apóstol, nos dijo: quien odia a su hermano es un homicida. Y el envidioso, el celoso, comienza a odiar al hermano».

Así, el deseo final del Santo Padre: «Hoy, en esta misa, rezamos por nuestras comunidades cristianas, para que esta semilla de los celos no se siembre nunca entre nosotros. Para que la envidia no ocupe un lugar en nuestro corazón, en el corazón de nuestras comunidades. Y así podamos seguir adelante con la alabanza al Señor, alabando al Señor con la alegría. Es una gracia grande: la gracia de no caer en la tristeza, en el resentimiento, en los celos y en la envidia», concluyó.

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