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Contra el aumento de partos cesáreos

“Como médica, profesora e investigadora en el campo de la política sanitaria, creía que era muy experta en el estado de la asistencia sanitaria en Estados Unidos. Sin embargo, nadie me había preparado para la experiencia de dar a luz”. Es dura, precisa y circunstanciada la denuncia que Carla C. Keirns hizo desde las columnas del Washington Post. “Como puérpera, me sentía como se sienten todas las madres: responsable de la criatura que estaba a punto de dar a luz y deseosa de hacer todo lo posible para que me hijo naciera sano”. Pero, al mismo tiempo, confía la mujer, “también estaba preocupada. No quería que, por salvaguardarme a mí y al pequeño, la tecnología médica y los doctores acabaran por someterme a una operación innecesaria”. En efecto, su relato es el de un pulso entre ella y los médicos. Consciente de que el parto es “un intricada danza de hormonas, músculos y emociones”, Keirns logra mantener su posición ante los médicos, las obstetras y las enfermeras que la rodean, y de modo natural da a luz su primer hijo. Pero lo logra con dificultad. Sus palabras dejan transparentar desdeño y rabia cuando denuncia la realidad estadounidense: el 32 por ciento de los partos son cesáreos respecto al 15 por ciento que, en cambio, sería el porcentaje objetivamente aceptable según la Organización Mundial de la Salud.

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23 de Febrero de 2020

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