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​Con la voz del forastero al lado de cada hombre

Un diario que tiene como misión la de llevar la voz del Papa y de la Iglesia a todo el mundo; la de mirar e interpretar lo que sucede en el mundo a la luz del Evangelio; la de ser una fuente primaria y nítida, a la que llegar para alimentar la búsqueda de la verdad, ¿qué debe hacer?

Acogiendo, con gratitud, el legado de este periódico tan especial que me ha entregado mi predecesor, el profesor Giovanni Maria Vian, y sintiendo sobre mis hombros todo el peso de la responsabilidad que me ha confiado el Santo Padre, no puedo no hacerme esa pregunta decisiva. Y no puedo encontrar una respuesta más sencilla y más auténtica que aquella que reside en seguir el modelo que Jesús enseña en los Evangelios, con su estilo inconfundible.

Tomemos, por ejemplo, el pasaje de Lucas 24, los discípulos de Emaús. Aquí, como a menudo ha recordado el Papa Francisco, Jesús se hace compañero de camino y entra en las conversaciones de los hombres, dándoles una nueva dirección y un nuevo impulso vital. Es interesante señalar que los dos viandantes, al inicio, increpan a Jesús: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» El cristiano debe ser al mismo tiempo cercano, próximo, a los hombres, pero debe también tener la esa distancia justa, esa ajenidad que le permite comprender, juzgar, incidir sin quedarse enredado en las lógicas de una crónica que a menudo mira pero no ve, interpreta sin antes conocer. Debe conocer y amar desde dentro las historias de los hombres, pero sin estar «demasiado dentro» de la corriente imparable de esos acontecimientos. Esta es la paradoja de la Iglesia. La Extranjera, según la definición de Eliot. Así, L’Osservatore Romano debería caminar al lado de cada hombre y al mismo tiempo mantener esa pizca de «forastero» para poder decir una palabra fuerte, sorprendente y desconcertante, capaz de quebrar esa «familiaridad» que ya no respeta la maravilla de la realidad reduciéndola a banalidad y trivialidad. Solo así podrá dar valor al corazón, surtir esperanza a un alma desmoralizada. «Nosotros esperábamos», dicen los discípulos de Emaús y así dicen hoy tantos hombres y si observamos este 2019 que está a punto de comenzar y miramos atrás parece oportuno darles la razón. Pensemos sencillamente en los prometedores aniversarios de este año: hace un siglo, en enero de 1919 nacía el Partido Popular, a manos de don Luigi Sturzo; hoy cuesta volver a llevar a la política a su significado más profundo que es el de ser —como decía san Pablo vi— la forma más alta de la caridad; hace medio siglo, en julio de 1969 el hombre aterrizó en la luna, tal vez la promesa de un futuro más grande, y veinte años después la caída del Muro de Berlín en 1989 permitía imaginar la caída de todos los demás muros y el advenimiento de una sociedad menos dividida, más solidaria, finalmente pacífica. Todos «nosotros esperábamos» entonces ¿y ahora? A esta humanidad desilusionada y afligida quisiera llegar, a través de este diario, la voz de la Iglesia, solo ella tan forastera como para poder sacudir las conciencias y encender los corazones de un mundo que se expone al gran frío de la apatía, de la desilusión y del individualismo miope. Una voz que no desciende desde lo alto sino que brota desde las entrañas, movida por el amor, la única verdadera novedad luminosa que renace cada día, tal vez escondida, como en Belén, en alguna cueva oscura, del dramático y maravilloso mundo de los hombres.

A.M.

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23 de Enero de 2019

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