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Con el fuego dentro
Misa en Santa Marta

· Misa en Santa Marta ·

A clase con Pablo de Tarso. La vida del apóstol de las gentes, «siempre en movimiento, agitada, siempre en movimiento» se caracterizó por tres «dimensiones», tres «actitudes» de las cuales todo cristiano tiene mucho que aprender. Lo subrayó el Papa Francisco en la misa celebrada en Santa Marta el jueves 1 de junio, comentando el pasaje de los Hecho de los Apóstoles (22, 30; 23, 6-11) propuesto por la liturgia del día.

San Pablo, recordó el Pontífice, era «un hombre que siempre estaba en movimiento»: es difícil imaginarlo, añadió: «tomando el sol en la playa, descansando». De esta vida «siempre en camino» el Papa quiso, haciendo referencia al «pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles», hacer emerger «tres dimensiones» fundamentales.

Lo primero que salta a la vista «es la predicación, el anuncio». En las escrituras se lee un Pablo que «va de un lado para otro para anunciar a Cristo, viaja y siente que lo llaman de allá y va... y cuando no predica en un lugar, trabaja». Su compromiso principal es por tanto en la predicación: la suya, explicó Francisco, es una verdadera «pasión». Llamado a «predicar y a anunciar a Jesucristo», Pablo no permanece «sentado delante de su escritorio: no. Él siempre, siempre está en movimiento. Siempre llevando adelante el anuncio de Jesucristo».

San Pablo, añadió el Pontífice, «tenía dentro un fuego, un celo, un celo apostólico que lo llevaba adelante». Y «no se echaba para atrás», con una pasión que lo llevó a afrontar también muchas «dificultades». Precisamente aquí surge la «segunda dimensión» de su vida, la de las «dificultades» o, «más claramente, las persecuciones».

Precisamente en la liturgia del día se lee que el grupo de los mismos «enemigos» que se opusieron a Jesús — «fariseos, doctores de la ley, ancianos del templo, los ancianos, los saduceos» — fueron «en grupo a acusarlo». Prácticamente, dijo el Papa, «querían echarle». Una hostilidad, recordó Francisco, que se ha manifestado «muchas veces, no una sola vez». Incluso en una circunstancia «le dejaron, después de haberle lapidado, como muerto: creían que estaba muerto». Pero ¿por qué, se preguntó el Pontífice, querían eliminarlo? «Porque Pablo llevaba el verdadero anuncio de Jesús, el que el Señor quería llevar a su pueblo». Y por eso, para ellos, él era «un perturbador».

Es así como Pablo es llevado «a juicio». La narración de los Hechos de los Apóstoles describe con detalle la escena: «el comandante le hizo quitarse las cadenas» — porque «para hacer una declaración, una defensa en un juicio, los romanos han enseñado que uno debe estar libre, sin cadenas» — y «ordenó que se reunieran los jefes de los sacerdotes y todo el sanedrín en grupo: todos». Se presentaron por tanto como si fuera «uno contra Pablo». A ese punto, observó el Papa, «el Espíritu inspiró a Pablo un poco de astucia». El apóstol, de hecho, sabía que en realidad estos «no eran “uno”» y «que entre ellos había muchas luchas internas, y sabía que los saduceos no creían en la resurrección, que los fariseos sí creían...». Por eso él «dijo en voz alta: “Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos. Soy llamado a juicio a causa de la esperanza en la resurrección de los muertos”». Sus palabras tuvieron el efecto esperado: de hecho, «a penas dijo esto, estalló una disputa entre los fariseos y los saduceos y la asamblea, porque los saduceos no creían... Y estos, que parecían ser “uno”, se dividieron, todos».

Al respecto, el Pontífice se detuvo a reflexionar sobre el hecho de que «aquellos eran custodios de la ley, los custodios de la doctrina del pueblo de Dios, los custodios de la fe. Pero uno creía algo, otro otra cosa...». De hecho, explicó, «esta gente había perdido la ley, había perdido la doctrina, había perdido la fe, porque la habían transformado en ideología y cuando la ley se convierte en ideología, se debilita». Lo mismo, añadió, sucede respecto a la fe y a la doctrina. La misma actitud tuvieron aquellos con los profetas, como confirma el reproche de Jesús: «vosotros, con los profetas habéis hecho esto»: es decir «se ideologizaron».

Y Pablo «ha querido luchar mucho con esta gente, mucho, mucho». Y lo hizo también con los «judaizantes». Un cansancio del cual surge «la segunda dimensión de la vida de Pablo. La primera es el anuncio, el celo apostólico: llevar adelante a Jesucristo. La segunda es: sufrir las persecuciones, las luchas».

De la lectura del pasaje de las escrituras surge, finalmente, «una tercera dimensión del apostolado de Pablo». Se lee, de hecho, que «la noche siguiente vino junto a él el Señor y le dijo: “Ánimo. Como has testimoniado a Jerusalén las cosas que se refieren a mí, así es necesario que tú des testimonio también en Roma”». Encontramos aquí, dijo el Papa, la dimensión de la «oración. Pablo tenía esta intimidad con el Señor: “el Señor fue junto a él”. Iba junto a él muchas veces». Incluso una vez el mismo Pablo afirma que había sido «llevado casi al séptimo cielo, en la oración, y no sabía cómo decir las cosas bonitas que había sentido allí».

Es así entonces que «este luchador, este anunciador sin fin de horizonte» poseía la «dimensión mística del encuentro con Jesús». Y su «fuerza» era precisamente «este encuentro con el Señor, que hacía en la oración, como fue el primer encuentro en el camino a Damasco, cuando iba a perseguir cristianos». Pablo, explicó el Pontífice, «es el hombre que encontró al Señor, y no se olvida de eso, y se deja encontrar por el Señor y busca al Señor para encontrarlo»: un «hombre de oración».

Las tres actitudes de Pablo que presenta este pasaje, resumió el Papa, son por tanto «el celo apostólico para anunciar a Jesucristo, la resistencia — resistir a las persecuciones — y la oración: encontrarse con el Señor y dejarse encontrar por el Señor». Y, retomando «una expresión de un padre de la Iglesia de los primeros siglos», añadió: «podemos decir que Pablo iba adelante entre las persecuciones del mundo y las consolaciones del Señor».

Concluyendo la meditación, el Pontífice invitó a todos a pedir «la gracia de aprender estas tres actitudes en nuestra vida cristiana: anunciar a Jesucristo, resistir a las seducciones de las persecuciones y a las seducciones que te llevan a separarte de Jesucristo, y la gracia del encuentro con Jesucristo en la oración». 

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19 de Septiembre de 2019

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