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Comunidad que acoge y protege

· Frente al drama de los migrantes hondureños ·

Es «una realidad que indigna» la migración de miles de personas hacia otro estado, en busca de trabajo y más seguridad. No usa medias tintas la Conferencia episcopal hondureña que, en un largo comunicado comenta el drama vivido por la «caravana» de ciudadanos que partió el 13 de octubre de San Pedro Sula en dirección a México y después hacia Estados Unidos, explican los obispos, «causada por la actual situación que vive nuestro país, obligando a una decidida muchedumbre a dejar lo poco que tienen, aventurándose sin certeza alguna por la ruta migratoria hacia Estados Unidos, con el deseo de alcanzar la tierra prometida, “sueño americano”, que les permita resolver sus problemas económicos y mejorar las condiciones de vida para los suyos y, en muchos casos, les garantice la tan anhelada seguridad física».

El grupo, que actualmente está en México, está compuesto por cerca de siete mil personas; más de mil quinientos son niños. Pocos han vuelto atrás, muchos (1743) han pedido asilo en México, los restantes intentarán continuar el viaje hacia Estados Unidos, a pesar de que el gobierno de Washington ha anunciado repetidamente que no consentirá la entrada a ninguno.

El episcopado pide a Honduras que intervenga a la mayor brevedad y que frene la crisis en el país, una de las más graves de su historia: «Es deber del Estado hondureño proporcionar a sus ciudadanos los medios para satisfacer sus necesidades básicas, como el trabajo decente, estable y bien remunerado, la salud, la educación y la vivienda, y cuando estas condiciones no existen, las personas se ven obligadas a vivir en la fatalidad. y muchos de ellos emprenden un camino que conduce al desarrollo y la mejora, y se encuentran en la vergonzosa y dolorosa necesidad de dejar a sus familias, sus amistades, su comunidad, su cultura, su entorno y la tierra que los ha visto nacer». Para los obispos, «estábamos sordos al grito de sus derechos y ciegos ante esa realidad, preferimos alegrarnos por la llegada de las remesas, como solución a los problemas internos. La novedad de esta caravana es la forma masiva de miles de personas, en su mayoría jóvenes, que van con la esperanza de obtener recursos suficientes para transformar a Honduras».

La Conferencia episcopal agradece a las poblaciones de Guatemala y México por la solidaridad mostrada y recuerda a Estados Unidos la invitación del Pontífice, en el mensaje de la jornada mundial 2018 a «acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y refugiados».

En México, la acogida de la caravana está totalmente en las manos de la Iglesia, y «son sobretodo pobres ayudando a otros pobres». Quien lo dijo al SIR fue el obispo de Cuautitlán, Guillermo Rodrigo Teodoro Ortiz Mondragón, encargado de la movilidad humana en el ámbito de la pastoral social del episcopado mexicano. «Hemos quedado solo nosotros, las parroquias, muchos voluntarios laicos, el mundo lo debe saber», añade el padre César Augusto Cañaveral Pérez, coordinador de la movilidad humana de la diócesis fronteriza de Tapachula. Pero «no tenemos miedo, se trata de vivir el Evangelio». La llegada de los migrantes hondureños está sacudiendo México y comprometiendo las estructuras eclesiásticas: diócesis, referentes de la movilidad humana y de Cáritas, pero también y sobre todo parroquias, religiosos y religiosas, tantos laicos, gente sencilla que dona lo que puede.

La atención de la Iglesia se centra en dos acciones: acoger y proteger. Monseñor Ortiz Mondragón explica que en todo el territorio se intenta recolectar alimentos y artículos de primera necesidad: comida, agua, mantas, medicamentos, zapatos, mochilas. «Naturalmente, hemos tratado de fortalecer los hogares para migrantes y los centros de recepción, pero en este momento es necesario que cada parroquia se transforme en un centro de recepción y reunión», exhorta el prelado, que concluye: «Debemos ver lo que está pasando con la perspectiva de la fe; Este fenómeno universal es un signo de los tiempos. Dios nos interpela. Y no debemos olvidar que Jesús, ya que estaba en el vientre de su madre, era un migrante y nació lejos de su hogar. Dar la bienvenida al migrante es dar la bienvenida a Jesús. Además, esta bienvenida en todo el país es una manera de comenzar a vivir el plan pastoral global que nuestra Iglesia se ha dado, experimentando con elecciones, en este momento operativo, colegialidad y sinodalidad».

Las organizaciones de la Iglesia Católica de América Latina y el Caribe, reunidas en Red Clamor, que se ocupan de la migración, los refugiados y la trata de personas, en un documento - reportado por la agencia Fides - afirman que «la movilidad humana debe considerarse un derecho fundamental, razón por la cual rechazamos cualquier forma de criminalización y violencia contra las personas que emigran». En el texto se recuerda que la mayoría de estas personas abandonan situaciones de pobreza, exclusión, desigualdad social, mayor inseguridad y falta de confianza en las instituciones, enfrentándose a situaciones difíciles en el camino que «atentan contra sus derechos fundamentales y, no pocas veces, su vida». La red Clamor solicita a los gobiernos de los países atravesados por la caravana, incluido Estados Unidos, que respeten estos derechos».

No solo los católicos son movilizados. La Iglesia presbiteriana estadounidense permanece en contacto constante con sus socios en América Central y en la frontera entre los Estados Unidos y México. Las comunidades ecuménicas en El Salvador continúan monitoreando la situación. El pastor Santiago Flores, de la Iglesia Calvinista reformada, exhorta a las personas a «entender la complejidad de la situación» y destaca que «estas nuevas movilizaciones obligan a la Iglesia a crear una estrategia humanitaria compartida entre las naciones del hemisferio occidental».

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19 de Noviembre de 2018

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