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Como espejo de Cristo

· Santa Clara ·

En la espiritualidad de Clara la dimensión conyugal es evidente, sobre todo en la cartas que ella escribió y dirigió a su hermana Inés de Bohemia, que incluso prometida con el futuro emperador Federico II, prefirió «ir al encuentro de Cristo Señor» y vivir la vida de clausura en el monasterio de Praga que ella había fundado y del cual fue abadesa. Las cuatro cartas que Clara escribió a Inés están todas tejidas sobre un hilvanado de citas bíblicas y entre ellas hace referencia varias veces al Salmo 44. El salmista insiste en la invitación a la esposa de arreglarse para su esposo.

En la segunda carta Clara no se conforma con consolidar y alabar las bodas de Inés con Cristo-esposo y la invita a mirar a Cristo, a imitarlo. «Reina nobilísima, mira atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres». En cambio a la renuncia a las glorias y a las riquezas, a las cuales la hermana de Praga estaba destinada casándose con el emperador, Clara le recuerda la primera promesa del discurso de la montaña: «Vosotros sabéis que el reino de los cielos es prometido y donado por el Señor solo a los pobres, porque cuando se aman las realidades temporales, se pierde el fruto de la caridad». El intercambio es absolutamente favorable: «por lo cual, participarás para siempre y por los siglos de los siglos, de la gloria del reino celestial a cambio de las cosas terrenas y transitorias, de los bienes eternos a cambio de los perecederos, y vivirás por los siglos de los siglos». Finalmente, en la cuarta carta Clara exhorta a Inés no solo a contemplar y a imitar a Cristo, sino a reflejarse en su rostro, «mira atentamente a diario este espejo, oh reina, esposa de Jesucristo, y observa sin cesar en él tu rostro», «para que así te adornes toda entera, interior y exteriormente, vestida y envuelta de cosas variadas adornada igualmente con las flores y vestidos de todas las virtudes».

Cristo es el único espejo en el cual cada hombre puede reconocer el propio rostro, esa imagen que Dios Padre ha impreso en el rostro de Adán, creándolo a su imagen y semejanza, y en cada uno de nosotros. Pero como todo espejo es fácil que se empañe, por el pecado personal y comunitario, es fácil que no refleje más la luz, si «las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Marcos 4, 19), es fácil que no refleje más el rostro de Cristo, si lo queremos hacia nosotros. En varias ocasiones el Papa Francisco ha insistido sobre los peligros y sobre la realidad para la Iglesia, santa y pecadora, de un rostro desfigurado por el pecado.

La posibilidad de dirigir el espejo hacia el propio rostro, si no incluso a la propia máscara se ha convertido incluso en una enfermedad para el hombre contemporáneo. También el espiritual-mundano. A menudo, como el personaje mitológico Narciso, el hombre se refleja en su imagen, se ama solo a sí mismo y por esto está destinado a enfermar de narcisismo.

de Gualtiero Bassetti

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20 de Septiembre de 2019

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