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​Como en el concilio

¿Por qué el Sínodo que acaba de concluir ha suscitado interés y pasión como no se constata desde hace mucho tiempo, y no sólo en la Iglesia católica? Cierto, el tema afrontado —la familia y su condición hoy— afecta e interesa a todos, nadie excluido. Cierto, la elección del Papa de dedicar al tema atención y energías durante más de dos años, de hecho como tema dominante del primer tramo del pontificado, de por sí ha puesto de relieve su importancia.

A medio siglo de su institución, el Sínodo de los obispos ha mostrado su crecimiento y sus potencialidades, que consisten sobre todo en el método, ajustado a lo largo de los años y renovado en los últimos tiempos por las decisiones de Benedicto XVI y de Francisco. Con la ayuda, que en estos meses se mostró muy eficaz, de la Secretaría general con sus colaboradores: o sea, a pesar de polémicas vacías, el método nuevo funciona y es transparente, como se ha visto los días pasados.

Pero hay más, y lo ha explicado con claridad Bergoglio mismo al concluir los trabajos de esta asamblea, seguida también con interés mediático como tal vez no sucedía desde los tiempos del Vaticano II en ámbito católico. Sin agotar el tema —dijo el Papa— se trató de iluminarlo «con la luz del Evangelio, de la Tradición y de la historia milenaria de la Iglesia»: abiertos por ello a la esperanza, pero sin repetir «lo que es indiscutible o ya se ha dicho».

En este sentido, no se trató de una asamblea descontada o previsible, porque los padres sinodales supieron mirar de frente dificultades y dudas «a la luz de la fe», pero «sin miedo y sin esconder la cabeza bajo tierra». Dando voz, gracias a una amplísima consulta mundial, a toda la Iglesia católica, que en estas tres semanas una vez más demostró estar viva, debatiendo también «animadamente y con franqueza sobre la familia».

Ningún miedo al debate, por lo tanto, en las palabras del Papa, sino la voluntad de no dejarse condicionar por interpretaciones malintencionadas y por cerrazones que acaban por transformar la doctrina en «piedras muertas», con una referencia a «métodos no del todo benévolos» utilizados para expresar opiniones legítimas. O bien —se puede añadir— para tratar de incomodar el debate sinodal con maniobras más bien burdas, que poco tienen que ver con el periodismo. Que, en efecto, ni siquiera lograron interferir.

Las cuestiones dogmáticas no se tocaron —recordó con firmeza el sucesor del apóstol Pedro, que es el garante de la comunión y la unidad católica—, pero en las voces procedentes de los diversos continentes se constató de nuevo la necesidad de la inculturación, ínsita en la tradición cristiana. Sin «distribuir condenas o anatemas», porque el primer deber de la Iglesia es proclamar la misericordia, llamar a la conversión y conducir a todos los hombres a la salvación.

En continuidad con el Vaticano II, iniciado y concluido bajo el signo de la misericordia, Francisco repitió palabras de Pablo VI: «Dios es —digámoslo llorando— bueno con nosotros. Él nos ama, busca, piensa, conoce, inspira y espera». Y como en el Concilio Montini logró mantener la unidad de la más grande asamblea de obispos nunca antes convocada, así hoy su sucesor supo obtener un acuerdo de hecho unánime para casi todo el documento sinodal. Con el único fin de volver ahora a caminar juntos por el mundo, para llevar «a cada situación la luz del Evangelio, el abrazo de la Iglesia y el amparo de la misericordia de Dios».

g.m.v.

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22 de Marzo de 2019

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