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Como en casa

Un encuentro con el clero, las religiosas, los religiosos y los seminaristas concluye la visita papal a Ecuador, tres días que hicieron sentir al Pontífice como en casa. Lo dijo él mismo en la admirable iglesia de San Francisco, corazón barroco de Quito, inmediatamente después de recibir las llaves de la capital. En el antiguo edificio sagrado está visiblemente condensado —dijo el Papa a los representantes de la sociedad civil— un extendido diálogo de la historia del país, entretejido de éxitos y errores, pero esta amalgama «irradia tanta exuberancia» que permite mirar el futuro con esperanza.

La idéntica mirada lúcida y al mismo tiempo positiva unió todas las citas de una jornada abierta por un largo y afectuoso encuentro con los obispos del Ecuador, poco antes de la misa por la evangelización de los pueblos en el enorme parque dedicado al Bicentenario de la independencia. Dos ocasiones que confirmaron cómo el rasgo más característico de Bergoglio es la dimensión misionera, resumida eficazmente en la alegría de anunciar el Evangelio que dio el nombre al primer gran documento del pontificado.

Al hablar a casi un millón de fieles, el Papa trazó una visión unitaria y concreta del desafío que los cristianos tienen por delante. En un mundo herido por el pecado —que se manifiesta en las guerras, en la violencia, en el individualismo, en los egoísmos— la respuesta debe asumir la difícil tarea de la unidad con la «propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos». Por parte de una Iglesia en estado de misión, para vivir y testimoniar el Evangelio en el mundo y en el seno de la misma: es esta nuestra revolución, exclamó el Pontífice.

La parábola del sembrador dio ocasión luego al Papa Francisco para hablar a docentes y estudiantes en la sede de la Pontificia Universidad católica del Ecuador de un elemento crucial: la educación, que presentó en la perspectiva de la tarea confiada por Dios —según el relato bíblico— de cultivar y cuidar la creación. En el marco de la encíclica apenas publicada, Bergoglio repitió que toda la creación es un don que se debe compartir, «espacio que Dios nos da, para construir con nosotros, para construir un nosotros», contrastando toda exclusión y desarrollando un espíritu crítico y libre que sea capaz de cuidar el mundo de hoy.

Y al reunirse en el marco único de San Francisco con los representantes de la sociedad civil el Pontífice describió una vez más —en algunos momentos hablando espontáneamente con gran eficacia— el papel insustituible de la familia, que presentó como modelo para las relaciones en la sociedad en tres dimensiones decisivas: gratuidad, solidaridad, subsidiariedad. Elecciones de vida poco antes ilustradas sobre todo por el testimonio sencillo y conmovedor de una catequista de ochenta y cinco años, Imelda Caicedo Vega, y por un refinado fragmento de música contemporánea, ejecutado por un grupo muy armonioso de personas discapacitadas y concluido con la carrera de dos niñas de la orquesta a los brazos de un Papa visiblemente conmovido.

g.m.v.

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19 de Septiembre de 2019

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