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Como caricias en el viento

· Entrevista a Yuna Kim, joven patinadora olímpica convertida al catolicismo ·

Robert Thaves, historietista americano, dijo una vez refiriéndose a Fred Astaire: “Es cierto, es hábil, pero no os olvidéis de que Ginger Rogers hacía lo mismo que él, pero hacia atrás y con tacones”. La misma cosa se podría decir de los campeones de patinaje artístico que realizan toda clase de acrobacias, piruetas y volteretas en una enorme pista de hielo, con botas rígidas, tratando de mantenerse en equilibrio sobre una cuchilla de acero. 

Yuna Kim, de 23 años, campeona surcoreana de patinaje artístico, fue campeona mundial en 2009 y en 2013, y obtuvo la medalla de oro en los Juegos olímpicos de invierno en Vancouver. Se clasificó segunda en los recientes Juegos celebrados en Sochi. El patinaje artístico es una de esas raras disciplinas deportivas en las que no se juzga solo la velocidad o la precisión en la ejecución. Y Yuna Kim es la Ginger Rogers de esta disciplina. Sus coreografías parecen caricias en el viento.

Yuna también es elegante al aceptar la derrota: todos esperaban que hiciera una declaración muy dura o, por lo menos, manifestara su incredulidad después de que la preferida de casa, Adelina Sotnikova, le arrebatara la medalla olímpica en Sochi por una evaluación discutible de los jueces. Pero nada. “Di lo mejor de mí –nos dice cuando la encontramos en el gimnasio que dirige en el centro del barrio de Gangnam– y no tengo nada que reprocharme: obtuve los puntos que merecía”.

La modestia y la sobriedad con la que esta joven coreana afronta los acontecimientos recuerdan antiguas prácticas orientales. Sin embargo, Yuna es católica.

Pero comencemos desde el principio. ¿Cuándo te pusiste los patines por primera vez?

Tenía 5 años. Durante diecisiete años mi madre me siguió en los entrenamientos, a dondequiera que fuera. Sin su presencia, sin su apoyo, jamás habría podido conseguir lo que he conseguido. Además, porque un buen profesor cuesta mucho y es necesario pagar el coste de la estancia en el extranjero. Comencé a patinar para divertirme, con mi hermana. Tenía 5 años. Mi profesora le dijo entonces a mi madre que tenía buena capacidad. Pero para desarrollarla debía dedicar al menos siete horas al día a la disciplina y, obviamente, en aquel período ni siquiera lograba frecuentar las lecciones de la escuela. Mis únicos amigos eran mis compañeros de patinaje.

¿Cuándo nació tu fe?

Tuve una lesión, más bien una serie de lesiones a partir de 2006, que me obligaron a peregrinar de un hospital a otro. Allí tuve un encuentro providencial con algunos médicos de fe católica, con los que establecí una relación de confianza. Me citaban frases de la Biblia y del Nuevo Testamento para animarme y consolarme, y todo eso me ayudó mucho a superar, sobre todo, las dificultades psicológicas debidas a las continuas recaídas físicas de la lesión.

¿Qué te conmovía de las palabras de aquellos médicos?

Diría que la cosa que más me impresionaba era que no trataban de convertirme. Era un gesto desinteresado hacia una muchacha que vivía un momento difícil de su vida y de su carrera profesional, e intentaban aconsejarme del mejor modo posible según su visión del mundo. Lentamente, conquistada por su manera de ser y por sus palabras de consuelo, comencé a reflexionar sobre mi fe. Era el año 2008. Tenía 18 años.

¿Cómo sucedió?

Era el período más difícil de mi vida, también para mi madre, que había gastado muchas energías por mí y por mi éxito. Me hallaba en una situación crítica, y me parecía que no iba a terminar nunca. Ya hacía dos años que mis problemas en la espalda aparecían y desaparecían, dándome la impresión de que jamás terminarían. Al llegar a este punto, una se encuentra en una encrucijada: se pregunta si verdaderamente vale la pena ir adelante, y si es así, de dónde se puede sacar la fuerza para seguir esperando. Tenía necesidad de contar con alguien o con algo. La fe en el catolicismo me ha dado todo esto. Para mí era un camino totalmente inédito. Ni mi madre ni mi padre eran creyentes. Pero en el hospital tuve la posibilidad de encontrar al padre Lee. No solo era el sacerdote de la clínica, sino que también él mismo era un paciente. De algún modo, un destino común parecía unirnos. Después del encuentro con el padre Lee, comencé a comprender más pormenorizadamente las enseñanzas fundamentales del catolicismo. Me dio lecciones privadas sobre la Biblia y sobre el Evangelio, en suma, me inició en la fe. De ahí mi elección de bautizarme con mi madre. Era el 24 de mayo de hace seis años.

¿Tener una fe profunda también puede transformarse, involuntariamente, en una ventaja para alcanzar el éxito deportivo?

No puedo hablar por los demás. En lo que respecta a mí, me ha ayudado mucho a afrontar las lesiones, pero también me ha dado la capacidad mental de afrontar las presiones por parte de los medios de comunicación y de la crítica. Hoy, gracias a este itinerario de fe que emprendí, también tengo la capacidad de aceptar mejor la derrota.

¿Rezas antes de una competición?

Rezo siempre, antes y durante cada competición, porque es una manera de demostrarle a Dios mi agradecimiento por todo lo que la vida me ha dado. Hoy, más que nunca, aprecio el valor de una buena condición física, porque sé que puede ser una condición temporánea, y lo mismo sucede con una derrota: no se termina el mundo si se pierde una competición, todo tiene solución. Y si se tiene la sensación de que la solución no llega, entonces es solo la voluntad de Dios, pero no hay que desesperarse.

En los Juegos olímpicos de Londres, la esgrimidora Lam Shim, coreana, perdió en la semifinal. Como gesto de protesta contra la decisión del juez, no quiso volver a la pista. La obligó a salir el secretario general de la Federación internacional de esgrima. ¿Alguna vez reaccionaste así ante una derrota?

No, jamás. Pero cada uno reacciona a su modo ante la derrota. No puedo juzgar a nadie.

Llevas siempre un anillo con forma de rosario. ¿Te da seguridad?

Sí, me recuerda que Dios está conmigo en todos los momentos, esto me da una gran fuerza.

El Papa está a punto de llegar a Corea, y es probable que puedas encontrarte con él. ¿Qué pregunta querrías hacerle?

Para una atleta es muy importante mantener una condición psicológica y física excelente. Me gustaría preguntarle al Papa si cree que también una persona de fe necesita mantener una buena salud psicofísica.

Si tuvieras que describirle Corea al Papa Francisco, ¿qué le dirías?

Creo que le hablaría de la palabra jeong. Tiene un significado generalmente muy amplio, y evoca el afecto humano, el vínculo entre las personas. Esencialmente, se manifiesta en circunstancias particulares. Por ejemplo, pudimos verlo después del accidente del transbordador Sewol, que causó la muerte de muchísimos estudiantes jóvenes. Los coreanos, ante hechos particularmente trágicos o, al contrario, ante acontecimientos muy felices, tienden a unirse intensamente tanto en el sentimiento de dolor y luto como, precisamente, de alegría. En una palabra, es una manera eficaz de elaborar el dolor, que no permanece encerrado en la conciencia individual, de cada uno, sino que se comparte con todos. Otro caso en el que el jeong se manifestó particularmente fue durante la crisis económica de 1997, cuando tres millones y medio de coreanos donaron al país miles de toneladas de oro para frenar dicha crisis. Pienso que la primera vez que una persona vive la experiencia del jeong es cuando, de niño, su madre lo lleva en brazos. Luego, a medida que aumenta la experiencia del jeong, se incluyen todas las demás relaciones fundamentales: con el padre, con los hermanos, con los miembros de la comunidad.

A menudo los coreanos dicen que en la vida de los occidentales no se manifiesta el “jeong”.

Es cierto, los coreanos saben cómo afrontar colectivamente los momentos difíciles de la vida. Y es posible que esto les falte a los occidentales, que tradicionalmente son más individualistas.

¿Eres feliz cuando patinas?

Es mi trabajo, no sé si soy feliz o no. Pero está claro que cuando era pequeña me divertía más (se ríe). Ahora mi diversión consiste en enseñar a las nuevas generaciones todo lo que he aprendido”.

Además de ser elegante, Kim Yuna es también muy modesta. En realidad, hace mucho más que enseñar patinaje a los jóvenes. Comenzó su actividad filantrópica en 2007, donando varios millones de dólares tanto para las víctimas del tifón Haiyan en Filipinas como para las víctimas del tsunami en Japón en 2011, y lo mismo hizo para apoyar a los supervivientes y a las familias de las víctimas de la tragedia del transbordador Sewol. Pero recordando la expresión evangélica: “Cuando des limosna no lo vayas trompeteando”, prefirió callar. Y esto, en un mundo de vip, que solo sabe alardear de un miserable puñado más de retuits, es digno de alabanza.

De Seúl Christian Martini Grimaldi

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17 de Febrero de 2020

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