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Cara a cara con Dios

· Misa en Santa Marta ·

¿Cuántas veces sucede que a un cristiano se le pide: «Reza por mí»? Y, ¿cuántas veces nos comprometemos a hacerlo, conscientes de lo que realmente significa? Para ponerse frente a Dios, «cara a cara» con Él, para «llamar a su corazón» se necesita, de hecho, gran «coraje» y otro tanto de «paciencia». Es una «libertad» interior que no se puede dar por descontada. Es lo que subrayó el Papa Francisco, durante la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el jueves 15 de marzo, inspirándose en la primera lectura del día (Éxodo 32, 7-14).

El Pontífice recorrió el pasaje bíblico en el que se presenta «un diálogo entre Dios y Moisés» que discuten sobre «un problema que Moisés debía resolver»: el hecho de que el pueblo de Israel se hubiera construido un becerro de oro para adorarlo. Subrayó el Papa: «El Señor estaba un poco impaciente: se irritó con su pueblo y finalmente dijo: “Pero estate tranquilo, esto lo resuelvo yo, porque tu pueblo se ha pervertido. Y este pueblo es un pueblo de dura cerviz”, dice el Señor. “Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos y los devore; de ti, en cambio, haré un gran pueblo”». Nos encontramos, por lo tanto, frente a una posición dura del Señor que «quiere resolver este problema de apostasía del pueblo». Francisco señaló que, antes que nada, a Moisés le impresionan las «dos propuestas» de Dios: «Destruiré al pueblo, pero estate tranquilo. De ti, en cambio, haré de ti un gran pueblo». Puede, de hecho, suceder que «un dirigente, a una persona que tiene responsabilidad en una empresa, en un gobierno», frente a una situación negativa se plantee un castigo para muchos y que este dirigente imaginario acepte a cambio de algo para él mismo («Pero está bien: ¿Cuánto es para mí?»). Es, explicó el Papa, la «lógica del soborno», dejar hacer algo para obtener ganancias.

En el diálogo con Moisés, el Señor le propone una alternativa: «Dejamos hacer esto y te pago a ti con esto: ¡te haré jefe de un gran pueblo!». Utilizando una hipérbole, Francisco dijo: «... ¡Casi un soborno!», para subrayar la toma de posición drástica para Moisés, que tiene una reacción iluminadora. Este último, evidenció el Pontífice, «amaba al Señor: dice la Biblia que hablaba cara a cara, como un hombre con su amigo». Y subrayó cuánto es «hermoso oír esto» porque hace entender que él «tenía libertad frente al Señor». Una libertad que les consiente «reaccionar»: él, de hecho, «suplicó» a Dios, es decir, hizo «una oración de intercesión». Precisamente en este tipo de oración el Papa hizo una pausa, consciente de que la oración por otros no es fácil hacerla. Y explicó que a quien pide «por favor, reza por mí que tengo esto...», no se puede prometer oración y resolver todo con «un Padre Nuestro o un Ave María» y después olvidarse. «No: si tú dices que vas a rezar por otro, la oración de intercesión te involucra, como Moisés se involucró con su pueblo». Además, Moisés, con coraje —pero, dijo Francisco, «es necesario coraje, ¿eh? ¡la oración de intercesión requiere coraje! Decir a la cara a Dios las cosas...»— refresca la memoria a Dios» y objeta: «Señor, escucha un poco: se encenderá tu ira contra tu pueblo... Tú, que lo hiciste salir de la tierra de Egipto con gran fuerza y con mano potente»; y le dice: «Pero tú hiciste todo eso, ¿y ahora destruirás todo lo que has hecho? Pero, Señor, ¡no funciona esto!». Piensa, prosiguió el Papa «en el mal papel que Tú harás: porque deberán decir los egipcios: “¿Con malicia les hiciste salir para hacerles perecer entre las montañas y hacerles desaparecer de la tierra?”» y de nuevo: «Pero tú eres el Dios de la bondad y harás un mal papel delante de los egipcios... Eh no, Señor, ¡esto no vale!». Y trata de convencerlo. Después insiste: «Desiste, Señor, del ardor de tu ira; abandona este propósito de hacer el mal a Tu pueblo».

O sea: «No hagas ese mal papel: recuerda que fuiste Tú quien liberó al pueblo». Y, como si tuviese «miedo de que las argumentaciones no fueran suficientes», añade: «Señor, también recuerda: recuerda a Abraham, a Isaac, a Israel, Tus siervos, a los que juraste por ti mismo, dijiste “convertiré vuestra posteridad numerosa como las estrellas del cielo y toda esta tierra de la que he hablado la daré a los descendientes y la poseerán por siempre”. ¡Recuerda eso!».

Moisés, explicó el Pontífice, «apela a la memoria de Dios» y, es importante señalarlo, se «involucra». Tanto que —se narra en otro pasaje del Éxodo (32, 32)— dice: «Con todo, si te dignas perdonar su pecado.... y si no, bórrame del libro que has escrito». Precisamente esta es la característica de la «oración de intercesión: una oración que argumenta», que tiene el coraje de decir las cosas «a la cara al Señor»; una oración que es «paciente». De hecho, añadió el Papa, «es necesaria paciencia: nosotros no podemos prometer a alguien rezar por él y después terminar la cosa con un Padre Nuestro y un Ave María e irnos. No. Si tú dices que vas a rezar por otro, debes ir por este camino. Y es necesaria paciencia». Se trata de la «misma paciencia de la cananea»: la mujer puede, de hecho, también «sentirse insultada por Jesús, pero «va adelante, ella quiere llegar a aquello y va adelante». Y es la misma paciencia insistente de la mujer que «iba al juez injusto y un día el juez se cansó y dijo: “Pero a mí no me importa nada de Dios ni de los hombres, pero por quitarme a esta, sí, lo haré” y ganó, ganó la viuda». Es necesaria, concluyó Francisco añadiendo otro ejemplo «la constancia. La paciencia de ir adelante. La paciencia de aquel ciego a la salida de Jericó: gritaba y gritaba y gritaba y querían silenciarlo... ¡Pero gritaba! Y finalmente, el Señor lo escuchó y le hizo venir».

Por lo tanto, resumiendo, «para la oración de intercesión se necesitan dos cosas: coraje, es decir, parresia, coraje y paciencia. Si yo quiero que el Señor escuche algo que le pido, debo ir, e ir, e ir, llamar a la puerta y llamo al corazón de Dios», y hacerlo «porque mi corazón está involucrado con ello. Pero si mi corazón no se involucra con esa necesidad, con esa persona por la que debo rezar, no será capaz ni siquiera del coraje ni de la paciencia».

Naturalmente, continuó Francisco, es necesario tener «gran libertad», como la que Moisés se permite. Tanto que uno podría pensar: «Pero Moisés fue maleducado» al rechazar la propuesta de Dios. Pero Moisés, mientras respeta a Dios, no falta «a su amor por el pueblo. Y esto agrada a Dios». Sucede entonces que «cuando Dios ve un alma, una persona que reza y reza y reza por algo, Él se conmueve» y «concede la gracia». De todo esto surge el consejo para cada cristiano que se encuentra en una situación similar. Estaría bien preguntarse: «Cuando me piden que ayude con la oración para resolver un problema, una situación difícil, un dolor en una familia, ¿me involucro en eso?». Porque si no puedes involucrarte, es mejor decir «la verdad» y confesar: «No puedo rezar: solo diré un Padre Nuestro». Si, en cambio uno se compromete y dice «yo rezaré», sugirió el Pontífice, el «camino de la oración de intercesión» está bien claro: «involúcrate; lucha; ve adelante; ayuna; piensa en David, cuando el niño se enfermó: ayuno, oración, para obtener la gracia de la sanación del niño. Luchó con Dios, no pudo ganar, pero su corazón estaba tranquilo: se jugó su propia vida por el hijo».

Es necesario, por lo tanto, concluyó el Papa, pedir al Señor «la gracia de rezar frente a Dios con libertad, como hijos; rezar con insistencia, rezar con paciencia. Pero sobre todo, rezar sabiendo que yo hablo con mi Padre y mi Padre

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19 de Septiembre de 2019

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