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Capaces de compasión

· Misa en Santa Marta ·

El perdón de Dios no es una sentencia del tribunal que puede absolver «por falta de pruebas». Nace, en cambio, de la compasión del Padre por cada persona. Y esta es precisamente la misión de cada sacerdote, que debe tener la capacidad de conmoverse para entrar verdaderamente en la vida de su gente.

Lo volvió a afirmar el Papa Francisco en la misa que celebró el viernes 30 de octubre, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

La compasión, destacó inmediatamente el Papa en la homilía que pronunció en español, es «una de las virtudes, por decirlo así, un atributo que tiene Dios». Y nos lo relata san Lucas en el pasaje evangélico (14, 1-6) propuesto por la liturgia. Dios, afirmó el Papa Francisco, «tiene compasión; siente compasión por cada uno de nosotros; tiene compasión por la humanidad y ha mandato a su Hijo para curarla, para regenerarla, para recrearla, para renovarla». Por ello, continuó, «es interesante que en la parábola, que todos conocemos, del hijo pródigo se dice que cuando el padre —que es figura de Dios que perdona— ve venir a su hijo, se compadeció».

«La compasión de Dios no es tener lástima: no tiene nada que ver una cosa con la otra», alertó el Papa. De hecho, «puedo tener lástima de un perro que se está muriendo o por una situación». Y «siento lástima también por una persona: siento lástima, siento mucho que esté pasando por esa situación».

En cambio «la compasión de Dios es meterse en el problema, meterse en la situación del otro, con su corazón de Padre». E «por eso envió a su Hijo».

«La compasión de Jesús está presente en el Evangelio», continuó el Papa Francisco, recordando que «Jesús curaba la gente, pero no como un curandero». Más bien Jesús «curaba a la gente como signo, como signo —además de curarla en serio— de esa compasión de Dios, para salvar, para volver a poner en su sitio a la oveja perdida en el corral, a la moneda perdida para aquella señora en el monedero» añadió refiriéndose a las parábolas evangélicas. «Dios se compadece» destacó el Pontífice. Y «apuesta su corazón de Padre, apuesta su corazón por cada uno de nosotros».

En efecto, «cuando Dios perdona, perdona como Padre, no como un empleado judicial que lee un expediente y dice: “sí, realmente, puede ser absuelto porque no hay materia...”». Dios «perdona de adentro, perdona porque se metió en el corazón de esa persona».

El Papa Francisco recordó que «cuando Jesús tiene que presentarse en la sinagoga, en Nazaret, por primera vez, y le dan a leer el libro, tiene precisamente ante él el anuncio del profeta Isaías: “He sido enviado para llevar la buena noticia, para liberar a quien se siente oprimido”». Estas palabras significan, explicó, «que Jesús es enviado por el Padre para entrar en cada uno de nosotros, liberándonos de nuestros pecados, de nuestros males y para traer “la buena noticia”». El «anuncio de Dios», en efecto, «es una alegría».

Y esta es también la misión de cada sacerdote: «Conmoverse, comprometerse con la vida de la gente, porque un cura es sacerdote, como Jesús es sacerdote».

Pero, añadió el Pontífice, «cuántas veces —y después nos tuvimos que ir a confesar—, pero cuántas veces criticamos a los curas que no les interesa lo que le pasa a sus feligreses, que no se preocupan: “no, no es un buen cura, decimos». Porque «un buen cura es el que se mete». Precisamente como lo está haciendo, desde hace sesenta años, el cardenal mexicano Javier Lozano Barragán, arzobispo-obispo emérito de Zacatecas y presidente emérito del Consejo pontificio para pastoral de la salud, a pesar de sus problemas de salud. A él —presente en la misa junto a noventa fieles mexicanos— el Papa Francisco se dirigió directamente con especial afecto en el aniversario de su ordenación sacerdotal, que tuvo lugar el 20 de octubre de 1955.

Al felicitar al cardenal, dando gracias a Dios por su servicio a las personas que sufren, el Papa aprovechó la ocasión para relanzar una vez más el perfil esencial del sacerdote, que se reconoce ante todo por su capacidad de atender a la gente, primero en la parroquia y luego también como obispo, comprometido en un dicasterio de la Curia romana.

Sesenta años de vida sacerdotal, afirmó el Papa, encierran ciertamente una gran riqueza de encuentros, de problemas humanos, de escucha y de perdón. Siempre al servicio de la Iglesia.

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