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Canonización programática

Un acontecimiento sin precedentes que interesó a muchísimas personas, no sólo católicas, y que pasará ciertamente a la historia: la canonización de Angelo Giuseppe Roncalli y de Karol Wojtyła. Jamás, en efecto, un obispo de Roma había proclamado simultáneamente la santidad de dos predecesores suyos, ambas figuras muy populares y cercanas en el tiempo: sólo nueve años han pasado de la muerte de Juan Pablo II y cincuenta y uno de la de Juan XXIII. Y hubo otra circunstancia excepcional: Francisco invitó a la sobria y solemne liturgia a Benedicto XVI, quien participó en la misma con natural sencillez, visiblemente rodeado por el afecto y el reconocimiento de muchos y abrazado con ternura por su sucesor.

Así, ya en vísperas, se había difundido en los medios de comunicación el anuncio del «día de los cuatro Papas». Síntesis sin lugar a dudas eficaz, pero que no encierra lo esencial: la comprensión y la lectura de la santidad de dos figuras que son ahora, incluso formalmente, veneradas en la Iglesia y de este modo aún más reconocidas fuera de sus límites visibles. Se diría, en definitiva, que la ejemplaridad cristiana de estos dos sacerdotes, obispos y Papas —de este modo resumió la vida de ambos su sucesor— fue percibida verdaderamente en su núcleo más profundo por el sentimiento de los fieles, interpelando a todos. Más allá de la resonancia misma, sin duda excepcional, del acontecimiento.

Cierto, en la vida ejemplar de los testigos de Cristo está siempre el sentido auténtico de toda proclamación formal de santidad, pero de figuras tan destacadas y amadas la canonización se presenta hoy programática. Quien lo demostró fue su sucesor Francisco con una meditación sobre las lecturas bíblicas de la cual impresionó su gran esencialidad. Como el apóstol Tomás, «ese hombre sincero», los dos nuevos santos que interceden por la Iglesia y por el mundo han sabido reconocer en las llagas de Cristo resucitado —dijo el Papa— «el signo permanente del amor de Dios por nosotros». Y fueron hombres valerosos, que dieron testimonio de la bondad y misericordia de Dios.

Roncalli y Wojtyła, figuras simbólicamente unidas por el concilio, atravesaron la contemporaneidad y vivieron como cristianos las tragedias de un tiempo tremendo: las inútiles masacres de las guerras mundiales, la impía deshumanización de los totalitarismos nazi y comunista, las tinieblas atroces de la shoah, hasta los fundamentalismos y la globalización del materialismo práctico en los primeros años del nuevo siglo. Por esto son hoy reconocidos santos dos hombres en quienes se transparentaba la fe en Dios. En la docilidad al Espíritu, Juan XXIII; en el servicio a la familia como núcleo no eliminable, Juan Pablo II, según la visión esencial en la que Francisco sintetizó la herencia que los dos Papas han dejado.

g.m.v.

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22 de Marzo de 2019

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