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Canción de cuna en el campo de concentración

· La diversidad de lo femenino también en el exterminio ·

A las diez de la mañana de la jornada que Israel dedica a la conmemoración de la Shoah ( Yom ha Shoah , este año el 18 de abril), en el país suena la sirena durante dos minutos y todos se paran a escucharla. La primera noche, en un pequeño teatro de Tel Aviv, asistí al concierto extraordinario «Una voz para la Shoah». Eran canciones compuestas por mujeres, cantos desgarradores sobre la lejanía de los seres amados, canciones de cuna, voces de esperanza y de dolor extremo. Cantadas, con su magnífica voz de soprano, por Charlette Shulamit Ottolenghi, nacida en Italia y trasladada desde hace tiempo a Israel, que a esta producción musical ya dedicó mucha investigación, exhibiéndose en muchas ocasiones (recientemente en un concierto para la Jornada de la memoria en Roma en la Universidad católica del Sagrado Corazón).

Los estudios sobre música de campos de concentración tuvieron un fuerte desarrollo en las últimas décadas, sacando de nuevo a la luz papeles y partituras olvidados en el tiempo, reconstruyendo las escasas grabaciones existentes, haciendo revivir piezas compuestas y tocadas en el horror de los campos, en espera del traslado a las cámaras de gas. En Italia, una obra de gran relevancia fue realizada por el maestro Francesco Lotoro y por el Instituto de literatura musical de campos de concentración de Barletta creado por él. Es este el material que Charlette Shulamit Ottolenghi utilizó, acentuando sin embargo, respecto de la interpretación dada por Lotoro, su carácter popular. De este modo, la cantante eligió ser acompañada por el acordeón, queriendo subrayar el carácter inmediato de estas canciones, vinculado a las emociones cotidianas. El resultado era de gran eficacia y la voz extraordinaria de Ottolenghi encontraba en el acompañamiento folclórico una combinación conmovedora.

La más famosa entre las autoras de estas canciones es Ilse Weber, checa, muerta a los 41 años en Auschwitz después de haber pasado casi dos años en Theresienstadt, la fortaleza cerca de Praga transformada por los nazis en algo a medias entre un gueto y un campo de tránsito, en donde se les dejó sobrevivir por poco tiempo incluidos los niños y donde fueron concentrados los músicos judíos de la Europa centro-oriental, que allí compusieron y prepararon obras importantes. Casi todos aquellos que pasaron por Theresienstadt continuaron el viaje hacia el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Ilse Weber era escritora de cuentos para niños, poetisa y música. Cuando su marido fue seleccionado para  Auschwitz, decidió seguirlo voluntariamente, con su hijo. Ella y el niño fueron gaseados enseguida, mientras el marido sobrevivió. En  Theresienstadt, Ilse compuso unos sesenta poemas, musicando algunos de ellos. Entre los elegidos para el concierto, casi todos en alemán (Rita Baldoni coordina una traducción italiana), había una tierna canción de cuna en que se imaginaba vagar por Theresienstadt deseando en vano la casa y la libertad. De ella, que era ya una escritora conocida, han quedado muchas imágenes, entre ellas una bellísima mientras toca una mandolina.

Otra autora es Camilla Mohaupt, de quien no tenemos ninguna noticia y de quien ha quedado sólo el texto Allí donde el mal del alma congela el corazón , hallado en Auschwitz. Y después Erika Taube, que en 1942 en Theresienstadt compuso un solo canto, Eres un niño como tantos otros , musicado por su marido Carlo. Estaba dedicado a su hijo, que estuvo con ellos en Theresienstadt y que con ellos murió en Auschwitz. Y además, dos cantos en checo de Ludmilla Peskarova, deportada a Ravensbruck y superviviente.

Los historiadores no se ponen de acuerdo en si es posible definir una diversidad de género en el ámbito de un exterminio de la envergadura de la Shoah. Pero tanto en las memorias femeninas (donde advertimos una atención al cuerpo casi ausente en la escritura de los hombres deportados), así como en estos cantos se recogen formas y emociones muy femeninas, vinculadas a la cotidianidad, palabras para tranquilizar a los niños, como si estuvieran presentes (como en Theresienstadt), o sólo soñados (como en Auschwitz).

Así, si el exterminio fue igual para todos, si igual fue la voluntad de los verdugos de matar, el modo en que esa desmesurada violencia fue percibida por hombres y mujeres fue distinta, al menos en parte. Escuchar estas voces de dolor pero también de esperanza ayuda a entenderlo.

Anna Foa

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23 de Febrero de 2020

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