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Cada hombre tiene un horizonte

· El mensaje lanzado por el Papa a los jóvenes reclusos ·

El Papa tiene palabras de padre para un mundo que vive la condición de orfandad. Este es el primer pensamiento al final de la intensa mañana trasncurrida en el Centro de Cumplimiento de Menores, Las Garzas de Pacora, la prisión de menores a 45 kilómetros de Panamá, con más de ciento cincuenta presos adolescentes. Estos son los jóvenes que el Papa quería conocer dentro de la JMJ de Panamá, jóvenes que viven en la «periferia de la vida», los más alejados de la sociedad «civil», los más «invisibles». A estos jóvenes, el Papa ofreció la palabra del Evangelio, su homilía y el ministerio de confesión en tres momentos de gran intensidad emocional.

La palabra elegida es la tomada del capítulo 15 de Lucas, casi el «manifiesto» del pontificado de Bergoglio: las tres parábolas de la misericordia. Solo se lee la primera, la del buen pastor con el encabezamiento inicial, relativo al murmullo de los escribas y fariseos que están indignados porque «Este recibe a los pecadores y come con ellos».

La homilía del Papa se centra en el tema de la mirada, de las dos posibles miradas frente al misterio de la condición humana, especialmente cuando se «mancha» del mal llevado a cabo: la mirada de los murmullos y chismes, y la mirada de misericordia que se abre a la conversión.

La primera, dice el Papa, es «una mirada estéril e infecunda», cuando, en cambio, la segunda es prometedora, alentadora, una mirada que llama a la transformación y a la conversión, que amplía los horizontes del hombre caído pero siempre amado por el Padre.

En estas dos palabras, «horizonte» y «padre», la homilía del Papa gira, especialmente en aquellas partes del texto que se pronuncian con ímpetu y de forma improvisada, fuera del texto previsto. Padre y horizonte: el padre es el que «marca», el que señala, el que se ensancha, abre el horizonte al niño que necesita esta «enseñanza». Todo hombre tiene un horizonte, repitió el Papa, esto es propio del ser humano, entonces es esencial respetar este anhelo, algo que ciertamente no hace la mirada del murmullo y los chismes. Es la mirada inquisitorial de quienes aplican etiquetas moralistas a las personas a las que terminan condenando sin apelación el pasado e hipotecando el futuro, ahogando esa proyección vital hacia un horizonte de significado. Es la mirada de quien, frente al otro, busca un adjetivo y no el nombre, de quien juzga sin amar, es la mirada de una vida estéril que esteriliza la vida de los demás, una vida «contra». La declaración de Benedicto XVI viene a la mente: «El cristianismo amplía los horizontes y da alegría, una vida que siempre está en contra al final es insoportable».

La alegría, por otro lado, es precisamente el sabor y el motor de la segunda mirada, hecha de misericordia, que conduce a la conversión. Es la alegría de la tercera parábola, la del hijo pródigo en quien el Papa se centra durante mucho tiempo, enfatizando el comportamiento del padre que se mueve en anticipación del arrepentimiento del hijo y se activa con todo para celebrar, para dar a todos la alegría. «Tenemos un padre», repitió el Papa Francisco, un padre que mira sin detenerse a la superficie, en las etiquetas, sino que mira a los ojos, en los corazones. Es una mirada de amor, «un amor que no tiene tiempo para murmurar». El poema más famoso de Jan Twarowski, poeta y sacerdote polaco, se titula Apresuraos a amar, para subrayar el carácter de la urgencia, del cuidado propio del amor divino y de cada hombre que se deja invadir por el viento de ese amor amor y de esa alegría, la alegría del cristiano que «nace de haber experimentado alguna vez esta mirada de Dios que nos dice: “vos sos parte de mi familia y no te puedo dejar a la intemperie”, eso es lo que nos dice Dios a cada uno, porque Dios es Padre –lo dijiste vos– eres parte de la familia y no puedo abandonarte a los elementos, no puedo dejarte en la calle. Estoy aquí contigo "». El Papa no está «predicando», está abriendo su corazón, el corazón de Pedro, de quien ha pecado pero ha sido cubierto por la mirada de misericordia de Cristo. No es casualidad que el Papa se detenga, siempre fuera del programa, en la figura de los apóstoles, todos los pecadores, todos perdonados.

Los jóvenes que abarrotan la capilla de la prisión juvenil escuchan con atento silencio las palabras y la voz de un hombre anciano que vibra de afecto y con un ímpetu generoso al decir que «una sociedad se enferma cuando no es capaz de hacer fiesta por la transformación de sus hijos». Palabras y voces de esperanza, de redención, para una sociedad que vive el frío de la horfandad, pero que hoy, en Pacora, ha sido alcanzada por la presencia cálida y vivificadora de un padre lleno de vida y alegría.

Andrea Monda

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26 de Abril de 2019

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