Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

«¡Bienvenido a bordo, Santidad!»

· Un recuerdo en el corazón de astronautas y científicos ·

Ahora que las misiones espaciales de nuestros dos astronautas, Nespoli y Vittori, han concluido felizmente y los datos científicos de los experimentos puestos en órbita por ellos comienzan a analizarse, vale la pena recordar y tratar de interpretar ese evento único e irrepetible que el sábado 21 de mayo detuvo la intensa actividad de los doce habitantes de la Estación Espacial Internacional para permitirles dialogar con S.S. Benedicto XVI. Desde el punto de vista puramente técnico, la misión era ya excepcional por muchos aspectos: coincidía con el último vuelo del transbordador espacial “Endeavour”, veía la presencia simultánea en el espacio de dos astronautas italianos, transportaba un instrumento científico, AMS, realizado con una importante participación italiana para la investigación y el estudio de la antimateria… A esta larga lista de “primados”, la pausa de reflexión que ha representado la conexión por radio entre la Estación y la Biblioteca Vaticana, añade algo verdaderamente especial que permanecerá en la memoria y en el corazón de todos.

Al principio de la conexión, el rígido protocolo de las comunicaciones espaciales se rompía de encanto gracias a aquel “¡Bienvenido a bordo, Santidad!” pronunciado por el comandante Mark Kelly y al estilo sereno y amable del Papa. Después de las presentaciones y de una breve introducción, el Pontífice comenzó literalmente a acosar a los astronautas con preguntas que demostraban no sólo genuino interés y admiración por la actividad científica realizada en un ambiente tan particular, sino que sobre todo hacían evidente la atención del Santo Padre a la experiencia humana de los astronautas, a lo que prueban, a lo que ven, qué mensajes tratarían de transmitir, en especial a los jóvenes, cuando regresaran a la Tierra acogidos como héroes. Preguntas profundas, comprometedoras, quizá inesperadas por parte de los interlocutores espaciales, pero todas formuladas con gran delicadeza y respeto, como cuando el Papa preguntó si a veces sienten la necesidad de recogerse en oración. Parece que estamos a miles de años de distancia de cuando al primer astronauta, Yuri Gagarin, se le preguntó secamente si desde la portilla de su cápsula había visto a Dios, con la certeza de recibir una respuesta negativa, evidentemente ya políticamente programada.

Sin embargo, reflexionado con atención en las palabras que Benedicto XVI dirigió a los astronautas, no sólo como individuos, sino –lo dijo él mismo explícitamente– como representantes de la moderna civilización científica y tecnológica, la pregunta, implícitamente, era la misma: vosotros, que podéis abarcar con una sola mirada toda la Tierra y apreciáis su admirable y delicada belleza, y al mismo tiempo la sabéis atormentada por violencia y muerte, por el hambre y la sed, por desastres naturales, ¿me podéis decir dónde está Dios? ¿Dónde está cuando las “carretas” del mar cargadas de emigrantes (bien visibles en las imágenes satelitales) se hunden en el mar en tempestad? ¿Dónde está cuando tsunamis y huracanes (también estos tecnológicamente seguidos desde el espacio) eliminan en pocos instantes millares de vidas humanas? La pregunta, en su profundo y brutal dramatismo, estaba implícita y no podía tener una respuesta directa e inmediata, pero releyendo ahora con atención las preguntas y su secuencia, nos damos cuenta de que el Papa, con gran sabiduría mayéutica, había hallado la manera para que los astronautas se plantearan precisamente ese interrogante oculto.

La respuesta, que los astronautas y todos nosotros descubrimos tras esta reflexión, es que Dios es visible desde las alturas justamente allí donde el náufrago pide ayuda, donde el inocente es perseguido, donde los niños sufren y mueren de hambre, donde las fuerzas de la naturaleza devastan la Tierra. Él no puede intervenir directamente, con milagros continuos, alterando las leyes de la Creación, porque nos privaría del don más grande, la libertad. Se manifiesta, no obstante, a través de aquel grito universal de ayuda, tan evidente para vosotros –subrayaba Benedicto XVI– que observáis la Tierra desde el espacio. Responder a este llamamiento, tomar conciencia de que somos “criaturas” de un único Padre es garantía que funda la igualdad entre todos los pueblos, y poner todas nuestras fuerzas, incluidos los recursos científicos y tecnológicos, al servicio y a la ayuda desinteresada del otro, significa en el fondo descubrir que Dios no está “allá arriba en el cielo”, a la espera de premiar a los buenos y castigar a los malos, sino que está mucho más cercano a nosotros, aquí y ahora. Nos apremia con solicitud para que nosotros, creados por Él, nos convirtamos nosotros mismos en “creadores”, modificando con amor, en el límite de nuestras posibilidades, el curso ciego de la naturaleza y el mal uso del libre albedrío humano, ayudando al hermano y protegiendo la creación.

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

14 de Diciembre de 2018

NOTICIAS RELACIONADAS