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Bajo un sol ardiente

· Ana María Taigi, la santa del mes, contada por Elena Buia Rutt ·

 En los primeros versos de Mística, una poesía de 1963, Sylvia Plath describe su propia condición existencial como una especie de parálisis angustiante: “El aire es un molino de garfios / preguntas sin respuesta”. La poetisa americana, extremada por el fracaso de su matrimonio con el poeta inglés Ted Hughes, poco después se quitará la vida, metiendo la cabeza en el horno. Pero primero había puesto las bandejas con el desayuno cerca de las camas de sus dos hijos. Sin embargo, en esta poesía sus versos centrales nos hablan de una experiencia espiritual determinante, la del contacto con Dios: “Cuando se ha visto a Dios, ¿cuál es el remedio?”.

Sylvia Plath probó el éxtasis del impulso místico, pero descubrió que era incapaz de normalizar esta experiencia, insertándola en la vida de todos los días. No logró dar un sentido concreto a esta “visión”, y menos aún pudo lograr que le brindara consuelo y un objetivo para su vida. En los versos finales, sin embargo, da un paso adelante: comprende que “el significado se cuela de las moléculas”, es decir, que emerge de la concreción opaca, precaria, pero auténtica, de la vida real y no de un movimiento ideal y abstracto.

Una mujer que vivió en Roma hace casi dos siglos y medio, una exsirvienta de la familia Chigi, Ana María Taigi, tenía siete hijos (tres de los cuales murieron en tierna edad). Mientras hacía las tareas de casa, caía continuamente en éxtasis místicos. No tenía temor de dirigirse directamente al Señor, pidiéndole amablemente de dejarla en paz, dado que era “madre de familia y tenía otras cosas que hacer”. En efecto, a diferencia de Sylvia Plath, Ana María Taigi vivía la experiencia del encuentro con Dios sobre todo en su fatigosa, pobre y laboriosísima vida diaria, cumpliendo plenamente sus deberes de madre de familia, esforzándose por dar de comer a su familia, secundando con paciencia el carácter irascible de su esposo, prodigándose por pobres y enfermos, rezando y haciendo penitencia por todos los necesitados, fueran Papas o pueblerinos. Además de sus siete hijos, Ana María se dedicaba a sus seis nietos, hijos de su hija Sofía, que había quedado viuda. Todo esto sin contar que cuidaba con sumo amor a sus padres ancianos, en particular a su padre, enfermo de lepra.

Sin embargo, era una mujer joven que, por belleza y porte, habría podido vivir una vida dedicada a la diversión y a la mundanidad. Pero había elegido el camino estrecho del seguimiento del Señor, motivo por el que pidió ser admitida en la tercera Orden de los Trinitarios descalzos.

El significado que Plath vislumbraba fatigosamente e intelectualizaba (lo cual no le impidió quitarse la vida), Taigi lo vivía de modo directo en una fe arraigada en el “prosaico e inacabado” mundo diario. Un significado basado en un servicio sereno, extremo, inspirado: un significado alimentado por una caridad desmedida. Fue beatificada en 1920 por Benedicto XVI, considerada “esposa ejemplar, madre solícita y testigo del amor a la santísima Trinidad”. Y eso que durante cuarenta y siete años (desde 1790 hasta su muerte), Ana María vio resplandecer, a una distancia de casi un metro veinte y a casi veinte centímetros sobre su cabeza, un sol ardiente, rodeado horizontalmente por una corona de espinas de la que descendían dos espinas largas, entrecruzadas con las puntas hacia abajo. En el centro de la esfera estaba sentada una mujer, con la mirada dirigida al cielo.

En este “sol místico”, Ana María hablaba con Dios, veía hechos pasados, presentes y futuros, leía los secretos del corazón.

En él conoció también, con absoluta certeza, el destino de los difuntos, al igual que la duración y la causa de sus penas reparadoras en el purgatorio. Así, una humilde mujer del pueblo conocía el destino de las almas y los mayores secretos de los jefes de Estado, generales y Papas. Profetizó muchos acontecimientos históricos que después se realizaron, tal como los había anunciado. Entre estos, la derrota del ejército napoleónico en Rusia, la conquista de Argelia por parte de Francia, la liberación de los esclavos de América, el comienzo, la duración, las líneas teológicas y las vicisitudes políticas del pontificado de Giovanni Mastai Ferretti, que aún no era cardenal cuando Ana María murió en 1837. En cuanto a Napoleón, no solo conoció los diversos acontecimientos de su vida, sino que también profetizó su muerte en Santa Elena, describiendo su funeral como si hubiera estado presente. Taigi, además, mantuvo varios diálogos con Pío VII: con admoniciones, exhortaciones, oraciones, ayuno y penitencia combatió en defensa del vínculo indisoluble del papado con la sede romana, puesto en tela de juicio por los intereses napoleónicos de aquel momento. Una pobre mujer del pueblo, inspirada por Dios, se ofrecía como víctima de la justicia divina: en esto residía su santidad, fundada en la vida práctica (Ana María no sabía escribir), en la humildad, en la fuerza de ánimo y en el amor a Cristo crucificado.

Ana María Taigi murió el 9 de junio de 1837, a los 68 años. Su cuerpo, perfectamente intacto, descansa en una capilla de la iglesia de San Crisógono, en el barrio romano de Trastévere.

Nacida en 1971, licenciada primero en Letras y después en Filosofía, Elena Buia Rutt colaboró en Radio 3 y Raieducational. Entre sus publicaciones figuran: Ti stringo la mano mentre dormi (2012), Flannery O’Connor: il mistero e la scrittura (2010), y Verso casa: viaggio nella narrativa di Pier Vittorio Tondelli (2000). Para nosotras escribió la historia de santa Teresa di Lisieux (octubre de 2013).

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