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Bajo el manto

· Misa en Santa Marta ·

En un mundo de huérfanos, María es la madre que nos comprende en profundidad y nos defiende, porque también ella vivió en su propia carne las mismas humillaciones que hoy, por ejemplo, sufren las madres de los presos. Celebrando la misa en la capilla de la Casa Santa Marta el jueves 15 de septiembre, por la mañana, día de la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, el Papa Francisco sugirió refugiarse siempre, en los momentos difíciles, «bajo el manto» de la madre de Dios, volviendo a proponer así «el consejo espiritual de los místicos rusos» que el Occidente ha relanzado con la antífona «Sub tuum preasidium».

Para su meditación sobre el «misterio de la maternidad de María», el Pontífice se inspiró en la última cena: «Jesús, en la mesa, se despide de sus discípulos: se respira un aire de tristeza, todos sabían que había algo que acabaría mal y hacían preguntas, estaban tristes». Pero «Jesús, en esa despedida, para darle a ellos un poco de aliento y también para prepararlos en la esperanza, les dice: “No estéis tristes, que vuestro corazón no se entristezca, no os dejaré solos. Pediré al Padre que os envíe otro Paráclito, que os acompañará. Y Él os enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho”». Así, pues, el Señor «promete enviar el Espíritu Santo para acompañar a los discípulos, la Iglesia, por el camino de la historia».

Pero Jesús «habla también del Padre». En efecto, recordó Francisco, «en ese lugar, en el discurso con los discípulos, habla del Padre», asegurando «que el Padre los quiere y que cualquier cosa que ellos pidan al Padre, el Padre se la dará. Que confíen en el Padre». Y, así, explicó el Papa, da «un paso más: no dice solamente “no os dejaré solos”, sino también “no os dejaré huérfanos, os doy el Padre, con vosotros está el Padre, mi Padre es vuestro Padre». Luego, continuó Francisco, «sucede todo lo que sabemos, después de la cena: la humillación, la prisión, la traición de los discípulos; Pedro niega a Jesús, los demás huyen».

Tanto que, dijo el Pontífice refiriéndose al pasaje de la liturgia del Evangelio de Juan (19, 25-27), al pie de la cruz estaba «sólo un discípulo, con la madre de Jesús, con María de Magdala y la otra María, una pariente». Y allí, junto a la cruz, «estaba María, la madre de Jesús: todos la miraban», tal vez susurrando: «¡Esa es la madre de este delincuente! ¡Esa es la madre de este subversivo!». Y María, añadió el Papa, «oía estas cosas, sufría humillaciones terribles y oía también a los grandes, algunos sacerdotes que ella respetaba porque eran sacerdotes», decir a Jesús: «¡Tú que eres tan bueno, baja, baja!». María, afirmó Francisco, junto a «su Hijo, desnudo, tenía un sufrimiento muy grande, pero no huyó, no negó al Hijo, era su carne».

Con una confesión personal, el Papa recordó: «Me ha sucedido muchas veces que cuando iba a las cárceles, en la diócesis de Buenos Aires, a visitar a los presos, veía la fila, la fila de mujeres que esperaban para entrar: eran madres que no se avergonzaban, su carne estaba allí dentro». Y esas «mujeres sufrían no sólo la vergüenza de estar allí», escuchando cuanto le decían: «Mira aquella, ¿qué habrá hecho el hijo?». Esas madres «sufrían también las peores humillaciones en los registros por los que tenían que pasar antes entrar, pero eran madres e iban al encuentro de su propia carne». Y así fue también para María, que «estaba allí, con el Hijo, con ese sufrimiento tan grande».

Precisamente «en ese momento —destacó el Papa— Jesús, que había hablado de no dejarnos huérfanos, que había hablado del Padre, mira a su madre y nos la da a nosotros como madre: “He aquí a tu madre”». El Señor «no nos deja huérfanos: nosotros, los cristianos, tenemos una madre, la misma de Jesús; tenemos un Padre, el mismo de Jesús. No somos huérfanos». Y María «nos da a luz en ese momento con mucho dolor, es verdaderamente un martirio: con el corazón traspasado, acepta darnos a luz a todos nosotros en ese momento de dolor. Y desde entonces ella se convierte en nuestra madre, desde ese momento ella es nuestra madre, la que se hace cargo de nosotros y no se avergüenza de nosotros: nos defiende».

«Los místicos rusos de los primeros siglos de la Iglesia —recordó al respecto Francisco— daban un consejo a sus discípulos, a los jóvenes monjes: en el momento de las turbulencias espirituales refugiaos bajo el manto de la santa Madre de Dios. Allí no puede entrar el diablo porque ella es madre y como madre defiende». Luego «el Occidente ha tomado este consejo y ha hecho la primera antífona mariana Sub tuum praesidium: bajo tu manto, bajo tu protección, oh Madre, allí estamos seguros».

«Hoy es la memoria del momento en el que la Virgen dio a luz —continuó el Papa—, y ella fue fiel a ese parto hasta el momento de hoy y seguirá siendo fiel». Y «en un mundo que podemos llamar “huérfano”, en este mundo que sufre la crisis de una gran orfandad, tal vez nuestra ayuda sea decir: “¡Mira a tu madre!”». Porque tenemos una madre «que nos defiende, nos enseña, nos acompaña, que no se avergüenza de nuestros pecados» y «no se avergüenza, porque ella es madre».

Como conclusión, la oración del Pontífice: «que el Espíritu Santo, este amigo, este compañero de camino, este Paráclito abogado que el Señor nos ha enviado, nos haga comprender este misterio tan grande de la maternidad de María».

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18 de Septiembre de 2019

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