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Auténticos héroes de la nación

Hace medio siglo fueron canonizados los mártires de Uganda, un grupo de jóvenes cortesanos convertidos a la fe cristiana que durante una feroz persecución (1884-1887) hicieron que los masacrasen con crueldad. Eran tanto católicos como anglicanos, y el Pontífice que los había canonizado durante el Concilio, Pablo VI, cinco años más tarde veneró en Uganda los lugares de su martirio. Como lo hizo su sucesor al final del viaje africano, que una vez más habló del ecumenismo de la sangre.

De los mártires católicos y anglicanos el Papa Francisco habló inmediatamente en el primer discurso ante las autoridades civiles y el Cuerpo diplomático, definiéndolos auténticos héroes nacionales que anticiparon el lema de Uganda: «por Dios y mi país». Y desde Entebbe la mirada del Pontífice se proyectó intencionalmente a toda África, recordando cómo hoy muchos la ven como el continente de la esperanza, a pesar de las dificultades que se derivan sobre todo de la violencia y de diversas formas de injusticia.

Tras llegar desde Kenia, después de la bienvenida oficial y calurosa de Entebbe, el Papa se trasladó primero a Munyonyo, el lugar donde se decidió el exterminio de los cristianos, y luego a Kampala. La tarde estaba ya cayendo, pero a lo largo de decenas de kilómetros en el recorrido realizado por el Pontífice, y marcado por pequeñas luces, fueron cientos de miles las personas agolpadas al borde del camino para darle la bienvenida aunque sea sólo por un momento. E igualmente festivo fue el encuentro en Munyonyo con los catequistas, a quienes recomendó ser maestros pero sobre todo testigos, como los mártires.

A ellos el Papa dedicó el corazón de la visita a Uganda, antes de los últimos encuentros encuentros y del tiempo que quiso pasar con los enfermos en la Casa de la caridad fundada por el cardenal Nsubuga. En primer lugar deteniéndose, acogido por los obispos anglicanos, en el lugar del martirio donde se encuentra un gran museo. Luego con la celebración en el santuario católico de Namugongo con ocasión del quincuagésimo aniversario de la canonización de los mártires, cuyo testimonio, con el don del Espíritu Santo, llegó verdaderamente a los confines de la tierra.

El ejemplo de los mártires, sobre todo el modo en que han vivido y reavivado el don del Espíritu, debe inspirar hoy a los cristianos, porque es así como «llegaremos a ser de verdad los discípulos misioneros que Cristo quiere que seamos». Ante todo en las familias, que el Papa recordó en más de una ocasión en estos días, y en la vida cotidiana. Con una elección que ciertamente no es una fuga del mundo, sino que, «al contrario, nos ofrece un objetivo para la vida» y contribuye a la construcción de una sociedad más justa que no excluya a nadie y custodie la creación.

Pero no se vive de la herencia de los mártires como se vive de un «recuerdo circunstancial o conservándola en un museo como si fuese una joya preciosa» dijo Bergoglio. Porque «la honramos verdaderamente, y a todos los santos, cuando llevamos su testimonio de Cristo a nuestras casas y a nuestros prójimos, a los lugares de trabajo y a la sociedad civil, tanto si nos quedamos en nuestras propias casas como si vamos hasta los más remotos confines del mundo».

Giovanni Maria Vian

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19 de Septiembre de 2019

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