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Así comencé a extraviarme

· Encuesta entre adolescentes que buscan en el sexo un antídoto contra el vacío ·

“¿Qué quiere decir, según vosotros, no cometer actos impuros?”. “¿Quizá quiera decir no matar a uno dentro?” (respuesta de una niña de tercer año de enseñanza primaria durante la lección de catecismo en Borgotrebbia).

Fui invitada a visitar la parroquia de Borgotrebbia, en la periferia de Piacenza, un jueves por la tarde, cuando el párroco, don Pietro Cesena, reúne en torno a sí a unos setenta muchachos y muchachas, entre 16 y 30 años, provenientes de los barrios más pobres de la ciudad. El tema que se está tratando desde hace algunos años es el del amor entre el hombre y la mujer. Los muchachos, casi todos carentes de una verdadera familia, me hicieron una serie de preguntas apremiantes. Querían saber algo más sobre las circunstancias culturales que habían llevado a sus padres a romper, con mucha superficialidad, el vínculo familiar, sin preocuparse por la soledad a la que condenaban a sus hijos. Querían entender el sentido de la utopía de la felicidad a través del sexo, es decir, la utopía que estamos acostumbrados a definir “revolución sexual”, y que había destruido a sus familias.

Leslie Allen, “Best friends forever” (2012)

Porque –y esto me resultó inmediatamente claro– si el final de la relación de los padres es difícil de aceptar para los hijos en cualquier condición, lo es mucho más para las familias pobres, porque no siempre los padres pueden pagar a una persona que cuide a sus hijos para tratar de suavizar un poco el drama que causa su ausencia. Los muchachos que estaban delante de mí habían vivido en casas poco acogedoras, en las que casi nunca encontraban un plato de comida en la mesa cuando volvían de la escuela, en las que nadie se ocupaba de ellos durante muchas horas. No era cuestión de padres incapaces de educar, sino que precisamente los padres no estaban, y los muchachos llevaban las secuelas de esta ausencia, de esta vida, en cada una de sus palabras y miradas.

Después de nuestro encuentro, don Pietro prosiguió su trabajo, y les pidió escribir una respuesta a esta pregunta: “Tu enfoque de la sexualidad, ¿se conforma con la voluntad de Dios o, más bien, con tu egoísmo? ¿Cuáles son, según tú, las causas, los hechos y las heridas que te llevan a vivir de este modo?”. Todas las respuestas son conmovedoras y testimonian, en su conjunto, que la sexualidad, a menudo precoz e indiscriminada, vivida por estos muchachos, nace de la búsqueda de un contacto humano, de alguien que los acepte y los ame. Es la búsqueda de un sucedáneo del amor familiar que no han tenido, y siempre se llevan una gran desilusión que agrava su soledad. Las muchachas expresan mejor su malestar; son capaces de exponer con más profundidad las motivaciones que las llevaron a esta vida. Los muchachos hablan de las presiones del mundo exterior, destinadas a concentrar su atención en el sexo, y la facilidad de acceder a la pornografía en internet. Pero, al final, se comprende que la desesperación y la soledad son iguales para ambos sexos.

Una muchacha escribió: “Nadie me ha enseñado jamás cuál es la voluntad del Señor respecto a la sexualidad. Pero crecí siempre con mi idea: perdería la virginidad con quien, llegado el momento, consideraría la persona adecuada, con quien habría hecho el amor y no sexo. Después, la persona más importante de mi vida, mi mamá, se fue de casa. Prefirió su felicidad al amor por sus hijos. Desde aquel momento dejé de sentirme amada y pensé que ya nadie me amaría. Precisamente por este motivo actué de modo egoísta y satisfice mi placer. Me acosté con un amigo, pero entre nosotros no había una relación de amor, ningún tipo de sentimiento, excepto una simple amistad. Y lo hice. ¿Por qué? (…). Quería perderme, porque no le importaba a nadie, y solo así podía tratar de recibir algo de amor de aquel muchacho. Me sentí mal después de haberlo hecho, estaba destrozada. Pero volví a hacerlo muchas otras veces. En esos momentos no razonas, no piensas en cómo te sentirás después, no piensas que es inútil. Y lo haces. Tienes el ejemplo de tu madre, que extravió su vida (…). Entonces, ¿qué debería pensar yo? ¿Que un día podré amar? ¿Que un día no sufriré por amor? Ahora solo siento mucho miedo, mucho miedo de amar. Precisamente por esta razón me equivoco y me comporto como una egoísta”.

Igualmente lúcida es la angustia de otra muchacha, que confiesa cómo “en un instante mi necesidad de afecto se convirtió en una dependencia”. Y prosigue: “Siempre me dijeron que soy el fruto de un error, pero además de un error me siento un horror, siento asco por mí misma, no puedo pensar en todas las manos que me han tocado. No le importo a nadie (…). Estoy segura de que nunca tuve un padre y que mi madre era más bien una conviviente distraída, que no se daba cuenta de que yo no tenía ningún sueño, sino más bien una montaña de bragas de encaje”.

Y casi lo mismo decía otra muchacha al confesar su debilidad: “Las causas, por desgracia, las conozco muy bien, porque son las que tengo que afrontar todos los días, o sea, mi inseguridad, mi sentimiento de soledad, que me lleva a pensar que solo el otro sexo puede colmarlo, mi gran deseo de ser amada”.

La separación de los padres sigue siendo evocada como una herida insanable: “Haber visto fracasar el matrimonio de mis padres truncó todas mis esperanzas, mis sueños se desvanecieron. El interrogante que me agobia es: ‘Si llego a ser madre, ¿haré a mi hijo el mismo mal que me hicieron a mí?’”.

Otra muchacha cuenta cómo entró, casualmente, “en el vórtice de la pornografía, que también llamo porquería, porque me da vergüenza y porque, después de que apago todo, me causa disgusto. Sin embargo, hay momentos en los que tengo muchas recaídas. Cuando estudiaba, me condicionaba el ocio; hoy, el sentido del fracaso de mi vida afectiva me arrastra por este camino con más fuerza que la fuerza con la que, en el fondo, querría que el Señor me impulsara a abandonarlo”.

“Me dije siempre a mí misma: ‘Lo hacen todos, ¿por qué yo no?’”, escribió otra, pero “hoy, después de que me acerqué a la Iglesia, luego de que escuché la Palabra, bueno, ahora sé que soy importante, sé que mi cuerpo es importante”.

Frecuentar los encuentros parroquiales –en los que se sintieron acogidos y amados– produjo un cambio en todos ellos. “Aunque no pueda decir que he comprendido todo –escribió un muchacho–, al menos he intuido que hay una esperanza también para mí, porque la he visto en muchos de vosotros que estáis aquí esta tarde, la he visto en la dignidad con que lleváis vuestras cargas pesadísimas, en la fuerza de reaccionar que tenéis. Si creo conoceros un poco, me animo a decir que esta entereza no os pertenece. No es de aquí, sino que es de otro mundo”.

 Lucetta Scaraffia

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17 de Febrero de 2020

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