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Aquellas oraciones en Auschwitz

· Misa en Santa Marta ·

El siglo pasado ¿cuántos cristianos enviados a los gulag rusos o a los campos de concentración nazis rezaron por quienes querían asesinarlos? «Muchos lo hicieron». Y se trata de ejemplos muy altos que tocan las conciencias de cada uno, porque llegar a «amar» a los propios enemigos, a quien quiere destruirte es, de todos modos, «realmente difícil de entender»: solamente «la palabra de Jesús» puede explicarlo. Es este el tema sugerido por la liturgia del día, con el evangelio de Mateo (5, 43-48) sobre el que se detuvo a meditar el Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta el martes 19 de junio. Una página que interpela, tanto que el Pontífice reveló: «Cuando esta mañana rezaba sobre este texto no encontraba el camino para hacer la homilía. Y pensé: “Pero Jesús tiene ideas que nosotros no podemos entender y no podemos recibir”». El Papa intentó así descifrar el razonamiento que, humanamente, sería espontáneo e inmediato llevar adelante: «Es cierto, nosotros debemos perdonar a los enemigos: esto lo entendemos, el perdón, porque lo decimos todos los días en el Padre Nuestro; pedimos perdón como nosotros perdonamos: es una condición... Y nosotros perdonamos también para ser perdonados». Es una condición «no fácil» sino, incluso «con un poco de dificultad», practicable: «tragamos el orgullo y avanzamos».

Una fatiga que, añadió Francisco, consideramos poder afrontar incluso considerando el paso sucesivo: «rezar por los demás: rezar por aquellos que nos dan dificultad, que tienen un modo de ser agresivo en familia. Y rezar por aquellos que nos ponen a prueba: también esto es difícil, pero lo hacemos. O al menos, muchas veces conseguimos hacerlo». Pero es el nivel superior el que parece incomprensible: «rezar por aquellos que quieren destruirme, los enemigos, para que Dios los bendiga: esto es verdaderamente difícil de entender». Difícil, pero no imposible. Y es aquí donde el Pontífice recordó las páginas más oscuras del siglo xx: «Pensemos en el siglo pasado, los pobres cristianos rusos que por el simple hecho de ser cristianos eran mandados a Siberia a morir de frío: y ¿ellos debían rezar por el gobernante verdugo que los mandaba allí? ¿Por qué? Y muchos lo hicieron: rezaron». Y de nuevo: «Pensemos en Auschwitz y en otros campos de concentración: ellos debían rezar por ese dictador que quería la raza pura y mataba sin escrúpulo y rezar para que Dios les bendijera, ¡a todos estos! Y muchos lo hicieron». De ahí, la invitación que sacude las conciencias: «Rezar por aquel que está a punto de matarte, que busca matarte, destruirte...». Una ayuda viene de la misma Escritura, en la que, explicó el Papa, «hay dos oraciones que nos hacen entrar en esta lógica difícil de Jesús: la oración de Jesús por aquellos que lo mataban —“perdónales, padre”— y también lo justifica: “No saben lo que hacen”. Perdón: pide perdón para ellos». Después está Esteban (Hechos de los apóstoles 7, 60) que «hace lo mismo en el momento del martirio: “Perdónales”». Dos ejemplos altos frente a los que Francisco comentó: «Cuánta distancia, una infinita distancia entre nosotros que tantas veces no perdonamos pequeñas cosas» mientras el Señor «nos pide» aquello «de lo que nos ha dado ejemplo: perdonar a aquellos que intentan destruirnos».

El Pontífice continuó así esta confrontación entre la petición de Jesús y la debilidad humana, tocando concretamente algunos aspectos de la vida cotidiana: «En las familias es muy difícil, a veces, perdonarse». Sucede, por ejemplo, a los «cónyuges después de cualquier disputa» o al hijo «pedir perdón al padre»; y a veces es difícil también «perdonar a la suegra». Cada día se experimenta la dificultad de personar aunque sea a las personas que más amamos. Pero, es más «perdonar a aquellos que te están matando, que quieren quitarte de en medio... No solo perdonar: rezar por ellos, para que Dios los custodie. Es más: amarlos». Parece difícil, comentó el Papa: «solamente la palabra de Jesús puede explicar esto. Yo no soy capaz de ir más allá».

Por eso, Francisco sugirió releer el pasaje evangélico del día en el que Jesús dice: «“Habéis entendido lo que ha sido dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestro enemigos, rezad por aquellos que os persiguen, para que seáis hijos del Padre vuestro”. Que es universal, hace salir el sol para los buenos y para los malos». Un paso, hizo notar, que culmina en la invitación: «Vosotros, por lo tanto, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial». Y añadió: «pidamos al Señor entender cualquier cosa de este misterio cristiano y pedir la gracia de ser perfectos como el Padre que da todos sus bienes a los buenos y a los malos».

Y después de esto, otro consejo: «Nos hará bien, hoy, pensar en un enemigo —creo que todos nosotros tenemos alguno— uno que nos ha hecho mal o que nos quiere hacer mal o que intenta hacer el mal». Después de ello, «recemos por él. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de amarlo». Porque si «la oración “mafiosa” es: “Me las pagarás”», la oración cristiana es: «Señor, dales tu bendición y enséñame a amarlo».

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17 de Octubre de 2018

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