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Aquel puñado de legumbres

· Silvia Gusmano habla de Silvia, santa del mes ·

Era una fiesta diaria el ruido pequeño –el ruido sordo de la plata cuando se coloca sobre la piedra desnuda– que anunciaba la comida de mediodía y algo de alivio para las penas de la miseria. Ella, Silvia, no imaginaba que la costumbre de llevar un puñado de legumbres a su hijo para que no saltara la comida se convertiría en breve en un gesto de amor ampliado y esperado por muchos. Y era feliz, aunque su carga diaria había aumentado tanto: ya no era una escudilla de plata, sino una bandeja llena de primicias de la huerta, destinadas a los pobres alojados en el comedor de Gregorio y de todos los hambrientos que ella encontraba en la calle, desde Cella Nova, su casa en el Aventino Menor, hasta el monasterio de San Andrés en el Celio.

En efecto, precisamente allí, en el culmen de su carrera política, su primogénito había decidido retirarse y comenzar, como monje, una vida de entrega a Dios, con una pequeña comunidad que fuera un punto de referencia para los hermanos más débiles. Silvia, ya viuda, no había dudado en secundar su proyecto, en dejar su querida casa conyugal y ayudarlo como hacen las madres: proveyendo ante todo a las necesidades concretas. Con más de 50 años, se había trasladado a una casa más humilde, que inmediatamente se convirtió en familiar gracias a la cercanía de algunos monjes palestinos, seguidores de Saba. La fe gozosa y la desventura de estos, que habían tenido que huir de Jerusalén y acababan de llegar a una ciudad difícil como Roma, tocaban su corazón y la impulsaba a considerarlos otros hijos a los que tenía que seguir con amor y discreción.

Retrato de santa Silvia (siglo XVII)

Así, cada mañana, después de la oración con los monjes de Saba, cuando el sol estaba alto en el cielo, salía de Cella Nova con la pesada bandeja y rodeaba el Circo Máximo, en dirección al Clivo de Scauro, la subida empinada que la conducía a su antigua casa. El breve paseo que daba, siempre rico de encuentros y sonrisas, la animaba mucho.

Todos conocían a la señora que había llegado de la lejana Sicilia y se había casado con el senador Gordiano, tan imponente en su aspecto como generoso y atento a los demás. Quien podía ayudarla, lo hacía llevándole la bandeja para los pobres. Todo aquel que tenía necesidad, la paraba y le pedía un poco de alimento, una oración, un abrazo. Muchos la seguían hasta el monasterio, deseosos de escuchar las palabras de su hijo tan especial.

Silvia sonreía al escuchar a Gregorio que explicaba el Evangelio a los visitantes, y a veces le parecía escucharse a sí misma muchos años antes, cuando era una joven madre. Todas las noches, de rodillas junto a la cama de sus pequeños, solía contarles aventuras y descubrimientos, con suspense y golpes de efecto en la narración en la que el héroe era siempre Jesús y no faltaba nunca el final feliz. Obraba así para que los pequeños aprendieran a amar a Jesús como ella lo amaba. A veces Gordiano hacía como que la retaba. Las parábolas, le decía, nos son fábulas para entretener a los niños. Ella sonreía. Él, que era tan serio, que estaba tan concentrado en su fervor religioso, la había elegido y amado por eso mismo: Silvia era leve, sutil y fantasiosa, aun cuando llevaba su pesada carga, incluso en medio de las tormentas. Tormentas violentas, como la del saqueo de Roma por obra de los godos, la invasión de los longobardos a Italia y, por último, la peste, verdaderas desgracias. Silvia pensaba con alivio que Gordiano no había tenido tiempo para vivirlas. Sin embargo, sus hijos sí, y ella temía por Gregorio que, a diferencia del hermano, se le parecía: cuerpo menudo y salud débil.

Él, como todo hijo adulto de aquel tiempo y de todos los tiempos por venir, protestaba por cierto cuidado que consideraba exagerado, por la comida diaria que pensaba que a Silvia le costaba mucha fatiga y que, al contrario, para ella representaba un feliz epílogo de su atenciones maternas del pasado. Gregorio protestaba, sobre todo, por la bandeja de plata, sin entender que no se traba de frivolidad, sino de una muestra de amor, porque cuando es posible, lo bueno y lo bello van juntos. Silvia no lo escuchaba, y el día que Gregorio dio como limosna la bandeja a un pobre que había llegado tarde a su mesa, tomó una más grande. Sabía que no se equivocaba, pero no podía imaginar que en el lapso de un año aquel pobre, con el aspecto de un ángel, volvería a llamar a la puerta de Gregorio para agradecerle una vez más el valioso regalo y revelarle la identidad que siempre se esconde en el prójimo al que acogemos y damos de comer.

Tampoco imaginaba –no tendría tiempo para verlo– que sus sencillas enseñanzas de vida llevarían a Gregorio a convertirse en Magno, Papa amadísimo en la tierra y bendecido en el cielo.

Por último, Silvia ni siquiera podía imaginar que los lugares de su paso en este mundo seguirían dando valiosos frutos de caridad. Los frutos de la gran abadía de San Saba, cuyos fundamentos conservan todavía la segunda casa de la santa y que, además de muchas otras cosas, aloja todas las noches a un gran número de pobres sin casa. Y también los frutos producidos en el jardín del Celio, donde casi seguramente descansa Silvia.

Allí hoy se mueven veloces y ligeras las Misioneras de la Caridad, felices de mostrar a los fieles el cuarto en el que la madre Teresa pasaba sus jornadas romanas y encontraba siempre el tiempo para continuar la tradición que había comenzado Silvia: dar de comer a los pobres usando la misma mesa de piedra que fue de Gregorio y de cuantos, con la ayuda de su madre, acogió como hermanos.

Silvia Gusmano (1979), licenciada en literatura italiana y periodista profesional, después de haber colaborado en Radio Vaticana y Ombre e Luci, trabajó durante mucho tiempo en salas de prensa. Fundadora y encargada del portal madamaricetta.it, colabora en L'Osservatore Romano

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