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Ante la historia

Una visita esencial ha sido la del Pontífice en El Cairo, resumida con esperanza en el lema «El Papa de paz en el Egipto de paz». Solo pocas horas, pero que dejan una indicación fuerte e unívoca en tres ámbitos. El político, para contrastar las guerras y el terrorismo que desde hace demasiado tiempo devastan esta área del mundo. En la búsqueda obstinada del diálogo con el islam, contra la instrumentalización de la religión repitiendo el no a la violencia. Y por último, en el camino ecuménico, que avanza también en la realidad trágica y dolorosa de la persecución y del martirio de muchos cristianos asesinados sin distinciones confesionales por el fanatismo de los fundamentalistas.

De fondo está la renovación siempre necesaria de la Iglesia y que en las últimas décadas se ha inspirado en el Vaticano ii. Y no por casualidad dos importantes textos conciliares han sido citados en Al-Azhar en el discurso de Francisco, interrumpido en diez ocasiones por los aplausos. Y estos se han multiplicado estrepitosos incluso durante el encuentro público con el presidente egipcio, mientras se acerca el 70º aniversario de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y Egipto, uno de los primeros países árabes en entablarlas.

Entre dificultades y asperezas cotidianas, la nación egipcia tiene una función insustituible ante el crecimiento de la violencia, causada «por el deseo obtuso de poder, del comercio de armas, de los graves problemas sociales y del extremismo religioso que utiliza el santo nombre de Dios para cumplir inauditas masacres e injusticias» denunció el Pontífice, que había apenas recordado la presencia en el país de millones de refugiados, sobre todo desde Sudán, Eritrea, Siria e Iraq. Refugiados y desplazados en busca desesperada de salvación y que en cambio son explotados, innoblemente agraviados y enviados a morir por traficantes sin escrúpulos.

Con severidad el Papa recordó que «la historia no perdona a cuantos proclaman la justicia y practican la injusticia». Por esto «tenemos el deber de desenmascarar a los vendedores de ilusiones sobre el más allá, que predican el odio para robar a los simples su vida presente y a su derecho de vivir con dignidad transformándolos en leña para quemar», y la obligación «de desmontar las ideas homicidas y las ideologías extremistas, afirmando la incompatibilidad entre la verdadera fe y la violencia».

Denuncia que Francisco había anticipado en Al-Azhar, pidiendo a los musulmanes ponerse de lado del los cristianos y los otros creyentes haciendo un frente común que saque «a la luz los intentos de de justificar toda forma de odio en nombre de la religión». Porque «solo la paz es santa», no el odio que profana a Dios. Es esta una violencia blasfema y deshumana que también recientemente ha recaído sobre los cristianos egipcios, mártires cuya memoria el Pontífice ha venerado conmovido junto al Papa de Alejandría, el «queridísimo hermano» Teodoro II, precisamente en el lugar del atentado que antes de Navidad golpeó al patriarcado copto ortodoxo causando una masacre entre los fieles que rezaban. «Peregrino, estaba seguro de recibir la bendición de un hermano que me esperaba» dijo Francisco poco antes de firmar con él una declaración común, sobre el camino de la unidad abierta por Pablo VI, y de rezar junto a Bartolomé de Constantinopla y los otros obispos. Junto a los católicos de Egipto, a los cuales Bergoglio ha dedicado con afecto la conclusión de un viaje que quiere construir el futuro.

g.m.v.

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