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Amor en toma directa

· El encuentro impremeditado con Hadewych y la mística femenina ·

Mi encuentro con Hadewych fue impremeditado, debido al azar. Un encuentro que después me ha familiarizado con una buena parte del pensamiento y la mística femenina de todos los tiempos y lugares, desde Porete (con una investigación a nivel europeo sobre la herejía prequietista del Espíritu libre) hasta Clara de Montefalco, pasando por Ángela de Foligno y Adrienne von Speyr y sus intrigantes misterios, en los que poco a poco he ido enredándome y que de diferentes modos han caracterizado mis estudios, mi reflexión y, gracias a las muchas amistades compartidas en el estudio y la fe, también mi misma existencia.

Entre nosotros, en la época de mi encuesta, a Hadewych se la ignoraba, ni siquiera se conocía su nombre. Fue un encuentro, por decirlo así, fulgurante. La investigación me conquistó. Por primera vez me comprometía en una investigación de espiritualidad medieval en contacto directo con manuscritos e incunables del siglo XVI, sobre los que no tenía ninguna experiencia, dada mi formación literaria completamente moderna.

Éxtasis o fulguración, no lo sé, pero primer impacto con Hadewych fue algo totalmente diferente de lo que me había sucedido con Ruysbroek. En ella ni por asomo se percibía la densidad de los tratados normativos, que pretenden poner orden y dictar reglas en una realidad tan secreta y huidiza, tan inasible e imprevisible como es –junto con la poesía y la oración– el amor: cada amor y, no en último lugar, el amor de Dios.

No, no hay nada en el amor dramático cantado por Hadewych de esa caricatura antigua que aún hoy nos presentan algunos «acompañantes» –desaparecidos los «directores espirituales» del mercado– como algo lleno de paz, rectilíneo, casi idílico, con sus «pasos», o sea, con sus «grados» tranquilizadores, numerados según secuencias simbólicas, mejor si son ternarias –pero también el número 7 siempre tuvo auge– y con sus «estaciones» obligatorias, redescubiertas por los novísimos buscadores del santo Grial. En especial, con sus propias «técnicas» (por no decir trucos infalibles, como las «flores de Bach») que, con tal que se sigan dócilmente según prescripciones o recetas de «maestros» presumidos, nos protegerán de errores fatales en esta carrera de obstáculos que es –¡pobres de nosotros!– nuestra vida, destinada, más aún, predestinada, sin su ayuda, a arruinarse en esta empresa absurda.

¡No, si Dios quiere! No hay nada de todo esto en Hadewych, ni siquiera cuando aconseja imperiosamente o cuando confía con verdadera ternura en sus amigas. Hadewych es el amor en toma directa. Amor caprichoso, como todo amor de mujer. Amor no teorizado, o sea, calado desde la mente en el corazón, más bien vivido en su gratuidad total y en su desconcertante imprevisibilidad e inmediatez, sin mediaciones ni controles, y por esta razón sospechoso para sus inquisidores, quienes, después de haberle matado a una amiga –en el año 1236– «por su “justo” (¿“derecho”?) amor», la obligaron a vivir apartada. Es el amor/deseo, tan importante para la poesía cortesana y para las místicas de los siglos XII y XIII, central en la reflexión moderna, desde Hegel hasta Heidegger, pasando por Lévinas.

Un amor solitario, insatisfecho, posesivo no obstante su afecto por las destinatarias de sus cartas y su voluntad de compartirlo con las numerosas personas autorizadas con las que mantenía vínculos. Un amor trémulo, pero firmísimo, batallador, impaciente y fierísimo, dispuesto a sufrir cualquier injusticia y cualquier persecución. Un amor dicho y redicho con furia, intratable e intolerante al reprocharle al Amado, dramáticamente gritado de mil modos diferentes, tanto en el dolor como en la alegría, siempre en el espacio estrechísimo, dramáticamente incisivo de pocos versos de una misma poesía: amor violento, audaz e insaciable que arde en la médula del alma, dejándola insatisfecha, a veces incluso destruida por el disgusto de vivir.

Un amor inseguro, como todo verdadero amor celoso, que no soporta rivales; prepotente, apremiante, que no da tregua a quien lo vive y a quien es objeto de él. Y, sin embargo, amor para mostrar como ejemplo, capaz de implicar al mundo entero con tal que siga siendo único, solus cum sola, de lo contrario, es un problema. El amor que subyugó a Hadewych es locura e infierno, impulso e intrepidez. Totalmente desinteresado, se ofrece completamente desnudo.

Todo esto es Hadewych: inquieta e inquietante, modernísima. Esto y mucho más también. Demasiado para poder expresarlo en una simple presentación, sin fastidiar al lector emunctae naris, porque las cosas verdaderamente importantes suele descubrirlas por sí mismo.

¿Y la así llamada «historia», es decir, la «doctrina»? ¿Y la crónica, la teología, la literatura, la cultura? Cosas bellísimas, inteligentísimas; curiosidades legítimas, por supuesto, incluso nobles, no digo que no lo sean. Pero, en resumidas cuentas… Sobre Hadewych y su misterio, se estudia y requetestudia, pero por ahora se trata de unas pocas noticias, la mayoría inciertas, evasivas, balbucidas e rápidamente desmentidas. Y, además, son inducciones/deducciones que no satisfacen a quienes suelen apuntar a lo «históricamente confirmado». Hadewych está totalmente en sus escritos. A nosotras nos corresponde hacer que siga viviendo.

En cuanto a mí, vuelvo a imprimir sin modificación alguna –ya borradas de la memoria por decenios de distracción, confiadas al frágil papel impreso y también ellas fragmentos de historia– las introducciones que acompañaron a mis antiguas versiones, publicadas semiclandestinamente entre 1947 y 1959 como una respetable «novedad» en «I Fuochi».

La preciosa colección («luciérnagas fosforescentes y campestres», las definió su ideador-director, escribiendo a Antonio Baldini en 1952), que don Giuseppe De Luca acababa de crear para la Morcelliana de Brescia, fue uno de sus últimos esfuerzos editoriales extra moenia: las Ediciones de Historia y Literatura ya habían nacido y muy pronto terminaron por devorar todo.

También en esa ocasión, con su conocida generosidad y competencia, a mí, principiante, me tendió la mano, tanto en las versiones como en las introducciones, y por eso, después de tantos años, le expreso una vez más mi gratitud. Fuimos muchos, jóvenes y menos jóvenes, incluso Papini, años mayor que él, quienes nos beneficiamos con su riqueza intelectual y espiritual, generosa, sin límites: páginas y páginas, a veces capítulos enteros de libros de otros, sin sombra de duda, son obra suya (por ejemplo, el capítulo final de Agostino, de Papini, o la introducción a Scrittori cattolici italiani). Es hora de que también se tome conciencia y conocimiento de este aspecto de un sacerdote secreto en la cultura de nuestro siglo. Después de todo, he encontrado a pocos hombres y sacerdotes como él, es más, no he encontrado a ninguno.

Por Romana Guarnieri

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17 de Febrero de 2020

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