Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

Amistad nueva

· En la familiaridad nacida entre católicos y judíos para hacer frente a la persecución nazi en Italia ·

La obra de asilo y rescate fue claramente coordinada por los líderes de la Iglesia

Los estudios de los últimos años —escribe Anna Foa, en una relación pronunciada en el congreso «Dalla Costa y las ayudas a los judíos en Florencia durante la Shoah» que tuvo lugar en Florencia el 19 y el 20 de enero— ponen cada vez más de relieve el papel general de protección que la Iglesia tuvo respecto a los judíos durante la ocupación nazi en Italia. De Florencia, con el cardenal Dalla Costa, proclamado «Justo» en 2012, a Génova con don Francesco Repetto, también él «Justo», en Milán con el cardenal Schuster, y así, naturalmente, hasta en Roma donde la presencia del Vaticano, además de la existencia de las zonas extraterritoriales, consintió el rescate de miles de judíos. 

Precisamente, a propósito de Roma, el reciente trabajo de Andrea Riccardi puso de relieve muchos aspectos importantes de esta cuestión, desde las modalidades con las cuales fue llevada adelante la obra de asilo y rescate de los perseguidos, que eran tales que no podían ser el fruto de “iniciativas desde abajo” sino que eran claramente coordinadas, además de consentidas, por los jefes de la Iglesia, de tal modo que la misma no se limitaba a los judíos, con más riesgo que los demás, sino que se extendía a todos aquellos que estaban en peligro (media Roma que escondía a la otra mitad), con el hecho evidente de que los nazis eran bien conscientes de lo que sucedía en los conventos: el partido se jugaba al filo de la navaja y no se refería sólo a la posibilidad de dar refugio a los judíos, sino a la relación entre Iglesia y nazis, y, es decir, a la posibilidad de que el régimen nazi pusiera fin de golpe a la presencia de un Estado neutral, el Vaticano, en el corazón de la Roma ocupada. La reconstrucción histórica de la ayuda prestada por la Iglesia no es fruto de posiciones ideológicas de línea católica, sino que nace de precisas investigaciones. Se cancela así la imagen propuesta en los años sesenta de un Papa indiferente a la suerte de los judíos o incluso cómplice de los nazis. La investigación sobre las modalidades concretas de ayuda a los judíos, sobre la presencia de judíos en los conventos y en las iglesias, sobre la vida de los judíos dentro de los refugios eclesiásticos, comienza a sacar a la luz un aspecto sobre el cual poco se ha reflexionado hasta ahora: el cambio de mentalidad que de ello puede derivarse, un tema sobre el cual algún punto se puede encontrar en el libro de Andrea Riccardi sobre Roma. En efecto, es verdad que judíos y cristianos habían convivido durante siglos entre los muros de los guetos y en las antiguas juderías, en Italia y particularmente en Roma, pero esta convivencia había raramente implicado a los eclesiásticos. Ahora, necesario por la urgencia de la persecución, sacerdotes y judíos compartían el mismo alimento. Las mujeres paseaban en los pasillos de los conventos de clausura, los judíos aprendían el Padrenuestro y se ponían el hábito como precaución en el caso de irrupciones alemanas y fascistas. Rosa Di Veroli, al pedirle que rezara junto con los demás en la iglesia, lo hacía pero recitando en voz baja el «Shemá». "En definitiva —continúa Anna Foa— yo creo que esta familiaridad nueva e improvisa, iniciada sin preparación por las circunstancias, en condiciones en las que una de las dos partes era buscada y estaba en peligro su vida y necesitaba, por lo tanto, de mayor “caridad cristiana”, no se dio sin consecuencias para el inicio y la acogida del diálogo".

 

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

19 de Octubre de 2019

NOTICIAS RELACIONADAS