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Amiga de Jesús

· Marta, la santa del mes, contada por Mariapia Veladiano ·

No me he perdido una palabra. De todas partes llegan palabras sobre él: ha curado a un leproso, a un endemoniado. Ha dicho que el Hijo del hombre debe sufrir, morir y resucitar. Y lo ha repetido: sufrir, morir y resucitar. Los milagros no me impresionaban mucho: cuántos magos, embaucadores y traficantes de milagros pasan por la calle y cautivaban las plazas. Todos discutían sobre nada durante días. Todos con el alma suspendida del deseo del Mesías prometido. Debe ser rey. Hacer milagros. Echar a los enemigos. Devolver la tierra. No por cierto morir. 

Johannes (Jan) Vermeer, “Cristo en casa de Marta y María”

Porque las palabras se pueden escuchar bien, pero sin entenderlas. Pero se piensa mejor cuando las manos trabajan, y a mí me parecía que precisamente esto había sido prometido: un Mesías que conoce nuestro miedo de sufrir, nuestro miedo de morir y que nada haya tenido sentido. De esto hablaba con María, que me ayudaba y cada tanto se detenía para mirar a lo lejos.

También había llegado la noticia de una curación extraña, que escandalizaba. La historia era confusa y los viajantes la embellecían. Se trataba de un hombre con la mano seca, decían, quizá las dos manos y también los pies, en suma, un paralítico. Pero después se supo que era una sola mano, la derecha. Él lo había curado el sábado, dentro de una sinagoga, en medio de todos, delante de todos. Y todos se asombraron de que lo hubiera curado el sábado y dentro de una sinagoga, un sacrilegio. En cambio, yo pensaba y miraba mi mano derecha amiga, que me obedecía en todos los movimientos del trabajo, infinitas veces a cualquier hora del día, y la imaginaba muerta, inerte, con los dedos extendidos y exánimes, lejanos, que no podían agarrar el pan o peinar a mi pequeña hermana María. Y después, la peste terminaba y la mano recobraba vida, era viva nuevamente. Y si alguien podía hacerlo el sábado, en una sinagoga, era precisamente él. ¿Cómo hacían lo otros para no darse cuenta? Solo quienes no saben cuán valiosa es una mano. Mano de Dios. Diestra de Dios que hace maravillas.

También sobre esto hablaba con María mientras hacíamos juntas nuestros trabajos, mientras amasábamos el pan con nuestras cuatro manos benditas. Lázaro escuchaba y nos contaba la información que recogía. Después, un día, nos dijo que estaba llegando. No estaba solo. Lo acompañaba un grupo impreciso de personas. Yo lo quería ver. Quería escuchar lo que decía, y verlo. Había comprendido que era él. ¡Cielos! Eran tantos los que lo seguían: quien por amor, quien por curiosidad, quien por verlo. Hice saber con claridad que sería bienvenido en nuestra casa. Me preparé: el día anterior, con María, hice fermentar el pan para muchas personas. Y llegaron. ¡Madre mía! ¡Cuántos! No entraba en casa. Muchos estaban fuera, delante de la casa, pero igualmente eran nuestros huéspedes. No se acoge a un maestro y se lo deja solo. María se quedó con él, con ellos, y yo llevé el pan y el agua para todos. Ciertamente, me sentía cansada, pero no sentía la fatiga, como sucede cuando alguien es feliz. Sin embargo, no lograba atender a todos. Y María se habría sentido mal si no hubiera podido ayudarme. La conocía bien. Por eso la llamé. Aunque yendo y viniendo escuchaba y lo veía mientras comía, me perdía alguna que otra palabra.

Después de ese encuentro, nos hicimos amigas de Jesús. Y también Lázaro. Amigos para siempre.

Así, cuando Lázaro enfermó, se lo hicimos saber. No nos parecía grave, era solo para que supiera que su amigo estaba enfermo. ¡Había curado a tantos! En cambio, nuestro hermano Lázaro había muerto, y la piedra había rodado para separarnos definitivamente de su cuerpo aún bello: nuestras manos lo habían lavado y lo sabían. Quien tiene hermanos puede comprender el espacio alrededor que todavía se pliega para dejar lugar a su cuerpo ausente.

Así, cuando supe que se dirigía a Betania, corrí a su encuentro. Ya había resucitado a alguien. Pero no se sabe qué decir cuando el vacío de quien ya no está se concentra alrededor y en el cielo.

“Resucitará”, me dijo enseguida. Y también en ese momento entendí. “Creo”, yo también respondí enseguida. “Creo”.

Pero se lo hice repetir de modo más claro. No solo resucitará el último día, sino también hoy. Esto quería oírle decir. Y apenas lo dijo, llamé a María. Somos hermanas, diferentes, está claro, con un amor a veces tortuoso, para dejar espacio y encontrar espacio. Para prestarnos a veces las palabras, para decir sorpresivamente las mismas palabras: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. También ella le repite las mismas palabras. Él puede, Lázaro resucitará, él es el Mesías.

Después, en el sepulcro, sentí el olor y tuve miedo de que sucediera y miedo de que no sucediera. Miedo de esperar y de no poder sobrevivir luego. ¿Cómo se puede sobrevivir después de haber visto a Dios?

Lázaro ha vuelto. Y también él ha sabido por Lázaro, su amigo, que volvería y que la muerte no tiene la última palabra. Quién sabe si esto lo habrá ayudado en la cruz.

Amigas de Jesús. Libres de servir. Libres de la servidumbre. Libres de escuchar. Libres de contar. Soy Marta, la amiga de Jesús y la hermana de María y de todas las Martas llamadas María, Lucía, Valentina, Débora, Alberta, Isabel, Julia. Amiga de Jesús.

Licenciada en filosofía y en teología fundamental, la escritora Mariapia Veladiano (Vicenza, 1960) enseñó literatura durante más de veinte años en un instituto profesional. Actualmente es directora en Rovereto. Entre sus libros, se pueden citar: La vita accanto (2011), Il tempo è un dio breve (2012), Ma come tu resisti, vita (2013), y Parole di scuola (2014). Para nosotras escribió “Santa Teresa Benedicta de la Cruz (agosto-septiembre de 2012)

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