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«Amadísimo hermano, tu Clara»

· La santa del mes contada por Liliana Cavani ·

«Amadísimo hermano en Cristo: Que el Padre te dé paz y salud. Habría querido escribirte para darte solamente noticias alegres, pero este no es el momento. Todas nosotras juntas, tus pequeñas Hermanas, hemos reflexionado y, sobre todo, rezado mucho para llegar a ti mediante el Espíritu, a fin de que las palabras que leas no te hieran mucho, sino que logren su objetivo, que es el de iluminarte sobre la necesidad urgente de que dejes la tierra de los moros y vuelvas.

»La fraternitas es como una pobre barca en medio de una gran tormenta y corre el riesgo de hundirse. Esta es la causa. Quien la guía en tu ausencia da órdenes a los Hermanos y Hermanas opuestas y contrarias a las que dabas tú. Esto provoca discusiones y peleas continuas, que tú conoces, pero que sabías resolver con paciencia y sabiduría. Tres meses después de que te marchaste a Tierra Santa hubo asambleas de Hermanos cada vez más frecuentes, a las que nosotras, Hermanas, nunca fuimos llamadas a participar. León, Egidio y algún otro venían muy tristes a contarnos lo que sucedía. Y puedes imaginarte lo que sucedía. Volvían a proponer para la Fraternidad una Regla de vida opuesta a la que habías indicado con tanta claridad y paciencia. Quienes se oponían, eran silenciados y echados. Por eso, muchos Hermanos están confundidos, y otros muy tristes y dispersos. Muchos, en cambio, están contentos de seguir las nuevas indicaciones.

»La primera consecuencia es que nuestra amadísima Señora Pobreza, fiel compañera de nuestra vida, fue echada con fastidio e, incluso, desprecio. Los Hermanos que siguen amándola, son acusados de herejía y echados, pero el verdadero motivo es que son considerados muy fieles a tus indicaciones. El punto central de esta cuestión, lo conoces bien.  Dicen que les negabas el derecho de estudiar y profundizar con el estudio la palabra de Jesucristo. Saben bien que decías algo diferente. Decías que el estudio es importante cuando ayuda a los hombres a ser libres, y también decías que el estudio es incluso santo si está al servicio de la Verdad y de la Vida. Y precisamente para ti Cristo es Verdad y Vida. Para muchos de ellos, en cambio, el estudio es un medio para someter a quienes no han estudiado y no conocen las palabras para pedir justicia. Y es justamente la palabra fraternitas la que parece irritar a estos doctos, como si no comprendieran su significado impetuoso, el que te ha conquistado a ti y a tantos hombres y mujeres, inclusa yo. Esto nos produce una gran tristeza, y solo podemos rezar por estos Hermanos doctos para que Jesucristo los ilumine, pero por ahora –y es duro decírtelo–, están venciendo y los consideran muy bien en Roma.

»Y a causa de todo esto, la tormenta también se ha abatido sobre nosotras, tus Pequeñas Hermanas. Hace dos meses llegó la orden de Roma de transformar San Damián, que para nosotras siempre ha sido simplemente la Casa, en un verdadero convento, como todos los otros conventos. Si recuerdas bien, ya había habido una amenaza, incluso antes de que te marcharas, pero gracias a tu presencia, la autoridad se quedaba quieta, como una fiera inmovilizada por una cadena. La orden de Roma nos ha obligado inmediatamente a nosotras, Hermanas, a no salir nunca más y a no encontrarnos con los Hermanos, con ninguno de ellos. Y, sin embargo, jamás hubo ningún tipo de escándalo, sino intercambio de ayuda y de consejos, y nos ayudábamos con los enfermos en el hospicio, como en los casos difíciles de los paralíticos, a los que había que mover. De hecho, éramos una fraternitas . Además de los portones y las rejas, también los barrotes en las ventanas nos separan de todos. Ya no hemos podido volver a trabajar, quien en el servicio doméstico en una casa de ricos, quien en una fábrica, para nuestro mantenimiento y el de nuestros hermanos pobres o enfermos.

Te preguntarás de qué vivimos. Esta es la mayor sorpresa. El alimento nos lo entregan «nuestros campesinos», que nos traen de todo.

En efecto, nos hemos convertido en sus «patronas». En suma, la Iglesia nos ha dado una renta, y así vivimos de renta. Parece casi una broma, si piensas que las Hermanas y yo hemos dejado cómodos palacios y ricas mesas para abrazar a la Señora Pobreza, por vergüenza ante nuestros hermanos menos favorecidos. De nuevo somos privilegiadas y estamos protegidas, y nos sentimos como esos muñequitos con los que una juega cuando es niña y los sacude de acá para allá. El delegado pontificio que nos trajo el documento sobre el usufructo de las tierras que nos han dado, se rió cuando le dije que no queríamos ese privilegio de renta, sino el privilegio de ser pobres. Nos hizo notar que muchísimos Hermanos eran felices de haber obtenido sedes confortables para el estudio y la oración. No hubo modo de hacerle entender que éramos felices de ganarnos el pan de cada día, como hace la mayoría de los «hermanos». No lograba comprender que no me refería a los hermanos de sangre, sino a los hermanos en Dios, que es mucho más importante. Fue un diálogo imposible. Al comienzo, casi no lográbamos comer por la vergüenza. Nos avergonzábamos y dábamos todo. Después, con León y Pedro fui a hablarle al obispo. Me puse de acuerdo con él, solo con él, y así, apenas anochece, algunas hermanas y yo vamos a llevar comida y a cuidar a nuestros hermanos que se encuentran en dificultades. Pero nuestro principal impulso para resistir es la certeza de que, cuando vuelvas, se aclarará este equívoco. Una interpretación tan errónea de las palabras del Evangelio solo puede ser un equívoco. Y precisamente a causa de este equívoco, muchos Hermanos han aceptado casas e, incluso, palacios para vivir en el lujo. Dicen que estudian y que, por eso mismo, necesitan descansar cómodamente, nutrirse con alimentos delicados y vestirse con ropas de algodón. León, Rufino, Egidio y los demás, los primeros en llegar a la fraternitas , no pensaban de ese modo. Han permanecido fieles al Evangelio a la letra y, por tanto, siguen viviendo como antes y esperan y rezan para que pronto se aclare todo. Ni siquiera puedes imaginar cuán necesario es que tú existas.

»Ha llegado la noticia, gracias a un mercader que la ha difundido, de que has encontrado al sultán y que habéis hablado de una posible paz. El obispo ha venido a decírnoslo personalmente. Estaba muy contento, pero parece que en Roma tienen otras ideas. Es evidente que en Tierra Santa tienen necesidad de ti, y las Hermanas y yo podríamos parecerte inoportunas. Pero es justo que conozcas todo para poder decidir, y por eso rezamos mucho y…».

La carta se interrumpe aquí. Seguramente le provocó un gran dolor a Francisco. Sabía que Clara jamás la habría escrito si los hechos no hubieran sido incluso peores. Elías de Cortona, que estaba con él en Tierra Santa, recuerda que, cuando el amigo la leyó, se le asomaron las lágrimas a los ojos, pero jamás reveló su contenido a nadie. Sin embargo, decidió volver lo más pronto posible en barco a Italia.

Esta carta nunca ha sido leída por ningún biógrafo. Pero en las Fuentes Franciscanas se lee una carta que Clara envió a Francisco, en la que lo exhortaba a volver. En efecto, era el período en el que en la fraternitas había grandes divergencias. La he escrito imaginándola. Ahora me parece tan real, que no puedo destruirla.

Nacida en Capri en 1933, Liliana Cavani, guionista y directora lírica, dirigió películas para el cine, entre las cuales figuran Il portiere di notte (1974) y las dedicadas al patrono de Italia, Francesco d’Assise (1966) y Francesco (1989). Entre las películas para la televisión se cuenta Mai per amore. Troppo amore (2012, sobre la violencia contra las mujeres), y entre los documentales, Clarisse (2012). En 2012 recibió el premio Federico Fellini 8 1/2 y el «David Speciale» por su carrera.

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26 de Febrero de 2020

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