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Alma sedienta

· Franco Scaglia habla de Ludovica Albertoni ·

“Cada uno debería moverse en la dirección de los latidos de su propio corazón”, decía Paul Klee, y creo que estas dulces, profundas y significativas palabras son perfectas para definir la existencia de Ludovica Albertoni, que vivió en Roma entre los años 1474 y 1533. Para comprender a fondo el tema de su santidad y de los numerosos testimonios que dan de ella, podemos decir que su vida terrena refleja la verdad afirmada por san Pablo: “No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”.

Ludovica tuvo la capacidad de entrar en contacto directo con Jesús a través de una intensa experiencia religiosa, hasta alcanzar el éxtasis: un estado en el que, suspendida cualquier comunicación con el exterior, uno es transportado a un “territorio” reservado y privilegiado. La vida de Ludovica se caracteriza por su valentía. Son muchos los resultados positivos obtenidos con su obra de asistencia a los pobres, los desheredados y los enfermos, sobre todo durante el saqueo de Roma, en 1527, por parte de los lansquenetes.

Ludovica provenía de dos familias nobles. Su padre, Esteban, patricio romano, murió cuando ella era aún muy joven; su madre, Lucrecia Tebaldi, se casó de nuevo y encomendó la educación de Ludovica primero a su abuela y después a dos de sus tías. Ludovica sentía la necesidad de consagrar su vida al Señor. Pero su existencia debía recorrer otros caminos, no elegidos por ella y por su corazón.

En efecto, su familia, obedeciendo a reglas y tradiciones consolidadas, había decidido que se casara con el noble Santiago de la Cetara. No se puede decir que Ludovica haya sido feliz con esta decisión tomada sin consultarla. La boda representaba un obstáculo para su intención de consagrar su vida a Jesús. Sin embargo, respetó la voluntad de su familia.

El matrimonio fue feliz. Santiago era una persona maravillosa, de buen carácter, animado por un profundo respeto de su mujer. Tuvieron tres hijas, y Ludovica amó devotamente a Santiago hasta su muerte prematura en 1506. Ludovica tenía 32 años y ninguna intención de volver a casarse.

Su vocación, durante los años de matrimonio, en lugar de debilitarse, se reforzó. Estaba cada vez más convencida de la necesidad de seguir la ley y la voluntad del Señor. Había comprendido perfectamente que la finalidad de la vida es el desarrollo de uno mismo. Había sido una esposa feliz y una buena madre: ahora podía osar. Por tanto, hacer lo que no le habían permitido. Su alma tenía sed. Sabía que si una persona, hombre o mujer, lograba vivir plenamente su propia aventura terrena con abnegación, fe y espiritualidad, nacería un impulso de alegría tan grande que podría soportar cualquier dolor terreno.

Viuda, Ludovica vistió el hábito de la tercera Orden franciscana y ofreció su patrimonio a los necesitados. Solo le quedó su túnica, y su familia, con enfado, debió proveer a su mantenimiento. Ludovica se dedicó a la oración, a la meditación y a la penitencia. Además de esta actividad espiritual, desarrollaba otras obras, mostrando gran practicidad e interviniendo en favor de los menesterosos. Aportó la dote a las jóvenes pobres que, sin ella, no habrían podido casarse, y curó a los enfermos a los que nadie quería atender. Tuvo el don del éxtasis, y se le atribuyeron episodios de levitación y visiones. Se cuenta que bastaba el pensamiento de la pasión de Jesús para que tuviera largas crisis de llanto. Cuando murió, en 1533, ya era un símbolo de la santidad e inspiraba una profunda y auténtica devoción. El 28 de enero de 1671 Clemente X oficializó su culto.

Tres años después, Bernini le dedicó a Ludovica una de sus obras más intensas, atribuida totalmente a él. La esculpió imaginándola en éxtasis. Bernini ya tenía 70 años, y este detalle no se debe descuidar en la interpretación de esta obra. En cada rasgo escultórico se siente el amor y el respeto del artista por una mujer tan dulce y tan fuerte, tan llena de vida, esposa, madre, terciaria franciscana, la cual, después de haber pasado parte de su vida en el lujo y haber cumplido sus obligaciones mundanas, con la misma naturalidad se dedicó a quienes tenía necesidad de ella y de su fe.

Sabemos que la vida es corta. Y, a veces, difícil de soportar. Ludovica nos muestra un modo de alargarla con su enseñanza de admirable equilibrio entre fe y caridad. Con la certeza de que la verdad camina siempre con pies delicados y conmovidos.

Escritor y periodista, Franco Scaglia (Camogli, Génova, 1944) es autor de numerosos ensayos y novelas traducidos en varios países europeos. Entre otros, recordamos: L’erede del tempo (2014), Il giardino di Dio: Mediterraneo, storie di uomini e pesci (2013), Luce degli occhi miei (2010), Il Custode dell’acqua (2002). Dirigente de la Rai (Radio televisión italiana) durante cuarenta años, ganó diversos premios, entre los cuales figura el premio Flaiano para la televisión y el premio Campiello.

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