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«Algo peor que esto no puede suceder en el mundo»

· La historia dramática y desconocida de Teresa Grigolini, heroica religiosa comboniana, cuyo proceso de beatificación quizá se abra finalmente ·

La violencia sexual ha sido, desde los orígenes, uno de los modos de torturar a las mujeres cristianas que se oponían a abandonar su religión. Por lo demás, el cristianismo es la única religión que prevé para la mujer la elección de la castidad como vía espiritual. En efecto, una de las novedades más estremecedoras del cristianismo antiguo fue precisamente la posibilidad de que las mujeres eligieran la castidad, equiparándolas a los monjes y a los ermitaños, y superando a los laicos, cargados de preocupaciones familiares.

Pero esta igualdad desaparecía ante el martirio. En efecto, los paganos, muy preocupados por el número creciente de vírgenes cristianas, hacia fines del siglo III habían comenzado a perseguirlas con actos de violencia sexual o con la imposición de que se prostituyeran en los lupanares. Se trataba de un tipo de martirio específico reservado a las mujeres consagradas al Señor, un martirio que los hombres no conocían y que se recuerda en los primeros martirologios cristianos. Se puede citar el ejemplo del célebre caso de Inés, que, sin embargo, no fue suficiente para determinar su santidad: Inés es venerada como mártir porque, tras haber sido expuesta desnuda en un lupanar, fue asesinada.

Después de los primeros siglos, terminadas las persecuciones, la violencia contra las mujeres consagradas se repitió raramente en lugares cristianos, pero volvió a aparecer a comienzos de la edad contemporánea, cuando revoluciones e invasiones expulsaron a las monjas de los monasterios de clausura. Les sucede sobre todo –y por desagracia también hoy constituye un riesgo real– a las religiosas misioneras o a las que viven en zonas de guerra interreligiosa y étnica.

Se habla poco de ello, porque se trata de situaciones difíciles de definir y, sobre todo, de solucionar, especialmente cuando a causa de la violencia nace un hijo, acontecimiento que naturalmente obliga a la religiosa violada a renunciar a su vocación de consagrada.

Estos episodios ocultan aún hoy la turbación y la vergüenza que, hasta hace algunos decenios, impedían también a nuestras sociedades juzgar a las violadas como víctimas, porque se insinuaba siempre la duda de su culpa, de haber provocado al violador. Aunque en el ámbito laico el feminismo ha combatido para refutar este prejuicio –que inducía a muchas mujeres a no denunciar la violencia sufrida–, en el mundo católico esta opinión solo ahora está desapareciendo, como demuestra el proceso de beatificación que las religiosas combonianas están instruyendo sobre una heroica misionera, Teresa Grigolini, obligada a casarse hace más de cien años.

Teresa, una joven mujer que comparte el sueño de Daniel Comboni de «regenerar África», fue una de las primeras religiosas que lo siguieron en 1875 a Sudán, a lugares inhóspitos por el clima y la gran pobreza. Lo siguió con tanta pasión y competencia, que fue considerada por el fundador «el modelo de la verdadera religiosa misionera de África central, el primero y más perfecto sujeto de la Congregación de las Misioneras Combonianas Pías Madres de la Nigricia».

Otras cartas de misioneros combonianos que colaboraban con ella confirman este juicio halagador: «Ella –escribe el padre Orwalder desde la misión de El Obeid– es el alma de todas: cuando falta ella, falta todo. Es portadora de alegría y valentía, y ¡ay de nosotros si el Señor se la llevara!».

Teresa no muere a causa de una enfermedad, como otras valientes jóvenes que la siguieron, sino que encuentra un suplicio peor cuando la misión es ocupada por las tropas victoriosas del Mahdi. En efecto, será obligada a vivir recluida durante diez años, torturada mediante privaciones y el temor de sufrir violencia, pero, sobre todo, soportando el dolor de sentirse abandonada por el clero y por su congregación, que no lograban ayudarla ni entablar negociaciones diplomáticas para liberar a los prisioneros.

En sus memorias de la reclusión, que escribió pocos años antes de morir –un texto dramático precisamente por el estilo descarnado y sin oropeles–, Teresa afirma: «Digo que algo peor que esto no puede suceder en el mundo». Después de esos años, durante los cuales resistió siempre a la petición apremiante de apostasía y proclamó repetidas veces que antes prefería morir, el Mahdi la obligó a ella y a otras religiosas a casarse.

Así, se organizaron matrimonios ficticios con algunos griegos, también ellos prisioneros. Pero como al cabo de siete años no nacían hijos, se hizo necesario, para la salvación de todos, que al menos uno de los matrimonios se consumara. Y el único modo de probarlo era el nacimiento de un hijo. El padre Orwalder decidió que precisamente Teresa se debía sacrificar (por la llegada del Mahdi, todas habían sido dispensadas de los votos). Cuando regresó a Italia, su decisión fue contestada duramente, tanto por la Santa Sede como por la familia Grigolini. ¿Por qué pedir esta dramática ruptura a una misionera perfecta?

Solo sabemos que Teresa, aunque desesperada, tuvo la fuerza de obedecer: «Confieso también mi miseria: pensé que el Señor había sido injusto conmigo. Durante un año entero –escribe en el memorial– lloré mi desgracia, pero más aún el día de mi liberación. Todos, me decía a mí misma, todos han logrado la liberación: las religiosas, en su convento, y todos los demás en el seno de sus familias y en sus países. Solo yo no he podido encontrar ni mi convento ni mi familia, y mi esclavitud habría durado hasta mi muerte».

En efecto, se trata de un sacrificio que no solo implica el fin de su vocación religiosa, sino también de toda esperanza: cuando llegaron los ingleses y liberaron a los prisioneros sobrevivientes, Teresa permaneció encadenada a su nueva condición. Una cadena real, pero también afectiva: los hijos nacidos del matrimonio creaban fuertes lazos con su nuevo estado de vida.

Además, era perfectamente consciente de que su elección no sería comprendida y aprobada fácilmente por quienes en Italia vivían tan lejos del cruel mundo africano. El fin de la esperanza constituyó para ella un momento terrible: «Aquí estoy, pues, muy sola en medio de estos bárbaros y tan lejos de todo el mundo, sin esperanza, ni siquiera remota, de salir de este pandemónium». Pero también entonces «depositaba mi confianza en Dios, a quien, pidiéndole perdón, me habría perdonado».

Aunque ya no tenía ninguna esperanza en los seres humanos, logró esperar y aceptar la voluntad incomprensible de Dios, que le imponía dejar la vida religiosa que había elegido por amor a él: este es el sacrificio más grande que Teresa realizó en su corazón.

Y lo realizó totalmente, sin reservas: lo testimonia su regreso a la casa del marido, aun cuando, habiendo vuelto a Italia, podría haberse establecido allí con sus hijos sobrevivientes, porque su familia la había aceptado. En cambio, decidió asumir plenamente su destino, viviendo de nuevo con su marido, primero en Ondurman y después en El Obeid. Un marido violento al que cuidó hasta su muerte, tras una larga enfermedad, y al que persuadió a abrazar la fe. Solo entonces, finalmente libre de su cruz, volvió a Italia para vivir casi escondida en la casa de un hermano sacerdote, ya que la congregación se oponía a aceptarla.

Si la renuncia al propio yo, a los deseos y a la voluntad forman parte de cualquier camino a la santidad, que tiene como objetivo sustituir la voluntad propia con la voluntad divina, la gravedad del caso de Teresa es, quizá, un ejemplo único y desconocido de un camino particular del martirio.

Su profunda honradez ante Dios, que la llevó a elegir siempre el camino más difícil pero justo, la ayudó también a afrontar a quienes, en la familia y en la congregación, tendían a interpretar su elección matrimonial como una culpa. En su memorial, que escribió como una defensa, sin concesiones al melodrama, Teresa se asumió todas las responsabilidades, y explicó cómo la solidez de su relación con Dios le dio la paz y la seguridad interior que el mundo exterior le negaba.

Su historia, aunque con una modalidad quizá menos dramática, fue compartida por muchas otras misioneras, para quienes la violencia sexual tuvo una connotación particularmente dura, porque, en el caso del nacimiento de un hijo, significó el abandono de una vida elegida y afrontada con convicción, la vida religiosa.

Para ellas, el abandono a la voluntad de Dios significó incluso renunciar a entregarse a él. Son vidas escondidas y valiosas, que testimonian cómo la violencia contra el cuerpo de las mujeres puede asumir diversas formas, algunas de las cuales casi escondidas.

Lucetta Scaraffia

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17 de Febrero de 2020

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