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Alegría cristiana

· Misa en Santa Marta ·

Lo que se ocupa de romper las risas forzadas de «una cultura no alegre que inventa de todo para entretenerse», ofreciendo «por todas partes trocitos de dolce vita», es la alegría del cristiano. Que «no se compra en el mercado» sino que es «un don del Espíritu», custodiado por la fe y siempre «en tensión entre memoria de la salvación y esperanza». Estuvo toda centrada en la alegría como auténtica «respiración del cristiano» la homilía pronunciada por el Papa Francisco durante la misa del lunes 28 de mayo en Santa Marta. Inspirándose en el pasaje evangélico de Marcos (10, 17-27), el Pontífice hizo notar que «este joven que quería ir adelante en la vida del servicio de Dios, que había vivido siempre según los mandamientos y también ha sido capaz de atraer a sí mismo el amor de Jesús, cuando sintió la condición que Jesús le da, “oscureció el rostro y se marchó entristecido”». En la práctica «salió del corazón la actitud, la actitud, las raíces de su personalidad». Como diciendo: «Sí, yo quiero seguir al Señor, ir con el Señor, pero las riquezas que no se toquen». Porque, insistió el Papa, aquel joven «era prisionero de las riquezas, no era libre y por eso se fue triste». «En cambio, en la primera lectura san Pedro nos habla de la alegría, no de la tristeza sino de la alegría cristiana», continuó el Pontífice, recordando el pasaje extraído de la primera carta del apóstol (1, 3-9). «Este joven se fue triste porque no era libre, era esclavo», explicó. Y «san pedro nos dice: “sed colmados de alegría”, exultad de alegría». Es «fuerte» la expresión de Pedro: «colmados de alegría, exultar de alegría».

Pero, «¿qué es la alegría?» se preguntó Francisco, refiriéndose a esa alegría «que Pedro nos pide tener y que el joven no pudo tener porque era prisionero de otros intereses». El Papa definió «la alegría cristiana» como «la respiración del cristiano». Porque «un cristiano que no es alegre en el corazón —afirmó— no es un buen cristiano». La alegría, por lo tanto, afirmó el Pontífice, «es la respiración, el modo de expresarse del cristiano». Por el resto, hizo notar, la alegría «no es algo que se compra o yo la hago con el esfuerzo: no, es un fruto del Espíritu Santo». Porque, recordó, Quien causa «la alegría en el corazón es el Espíritu Santo». Hay «alegría cristiana si estamos en tensión entre la memoria, el recuerdo de la regeneración, como dice san Pedro, que nos ha salvado Jesús, y la esperanza de lo que nos espera». Y «cuando una persona está en esta tensión, está feliz». Pero, advirtió el Papa «si nosotros olvidamos lo que hizo el Señor por nosotros, dar la vida, regenerarnos —es fuerte la palabra, “regenerarnos”, una nueva creación como dice la liturgia— y si nosotros no miramos a lo que nos espera, el encuentro con Jesucristo, si no tenemos memoria, no tenemos esperanza, no podemos tener alegría». Tal vez «sí tengamos sonrisas, sí, pero la alegría no».

Por otra parte, relanzó Francisco, «no se puede vivir cristianamente sin alegría, al menos en su primer grado que es la paz». De hecho, «el primer escalón de la alegría es la paz: sí, cuando vienen las pruebas, como dice san Pedro, uno sufre; pero baja y encuentra la paz y esa paz no puede quitarla ninguno». He aquí por qué el cristiano es un hombre, una mujer de alegría, un hombre, una mujer de consuelo: sabe vivir en consuelo, el consuelo de la memoria de ser regenerado y el consuelo de la esperanza que nos espera». Precisamente «estos dos hacen esa alegría cristiana y la actitud». «La alegría, en cambio no es vivir de carcajada en carcajada, no, no es eso», puso en guardia el Pontífice. Y la alegría —añadió— no es ser divertido, no, no es eso, es otra cosa». Porque «la alegría cristiana es la paz, la paz que hay en las raíces, la paz del corazón, la paz que solamente Dios nos puede dar: esto es la alegría cristiana». El Papa hizo presente que «no es fácil custodiar esta alegría». Y «el apóstol Pedro dice que es la fe lo que la custodia: yo creo que Dios me ha regenerado, creo que me dará ese premio». Precisamente «esta es la fe y con esta fe se custodia la alegría, se custodia la consolación». Por lo tanto, «la alegría, la consolación, pero sobre todo la fe es lo que la custodia». «Nosotros —reconoció el Papa— vivimos en una cultura no alegre, una cultura donde se inventan tantas cosas para divertirse, para pasarlo bien; nos ofrecen por todas partes pedacitos de dolce vita». Pero, «esto no es la alegría —explicó— porque la alegría no es una cosa que se compra en el mercado: es un don del Espíritu». En esta perspectiva, Francisco sugirió mirar dentro de sí mismos, preguntándose: «¿Cómo es mi corazón? ¿Es pacífico, es gozoso, está en consolación?». Es más, relanzó el Pontífice, «incluso en el momento del turbamiento, en el momento de la prueba, mi corazón es un corazón no bien inquieto, con esa inquietud que no es buena: hay una inquietud buena pero hay otra que no es buena, la de buscar las seguridades en todas partes, la de intentar gustar por todas partes». Como «el joven del Evangelio: tenía miedo de que si hubiera dejado las riquezas no habría sido feliz». Por eso, «la alegría, la consolación» son «nuestra respiración de cristianos». Y así, sugirió Francisco, «pidamos al Espíritu Santo que nos dé siempre esta paz interior, esa alegría que nace del recuerdo de nuestra salvación, de nuestra regeneración y de la esperanza de aquello que nos espera». Porque «solamente así se puede decir “soy cristiano”». De hecho, no se puede ser «un cristiano oscuro, triste, como ese joven que “ante estas palabras oscureció el rostro, se fue entristecido”». Ciertamente «no era cristiano: quería estar cerca de Jesús pero eligió la seguridad propia y no aquella que da Jesús».

Por eso, concluyó el Papa, «pidamos al Espíritu Santo que nos dé alegría, que nos dé consolación, al menos en el primer grado: la paz». Conscientes de que «ser hombre y mujer de alegría significa ser hombre y mujer de paz, significa ser hombre y mujer de consolación: que el Espíritu Santo nos dé esto».

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19 de Julio de 2018

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