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Abiertos a la sorpresa de Dios

· ​Como conclusión del viaje a Asia el Papa Francisco celebra en el Rizal Park de Manila la misa ante millones de fieles ·

La lluvia que cayó en Manila durante toda la jornada del domingo 18 de enero no apagó la fe y el entusiasmo de los filipinos. Para el último encuentro público del Papa Francisco —que el lunes 19 por la mañana dejó el país para regresar al Vaticano como conclusión de su viaje a Asia— en el Rizal Park se congregó una multitud inmensa, que en los medios de comunicación de todo el mundo se estimó en seis o siete millones de personas.

Cubiertos con paraguas o impermeables de plástico multicolor, muchos llevaban con ellos la pequeña estatua del Niño Jesús venerado como el Santo Niño y celebrado por la Iglesia filipina precisamente ese domingo. Una circunstancia a la que el Pontífice hizo referencia en más de una ocasión en la homilía, recordando que cada niño es «como un regalo que acoger, querer y proteger» sobre todo en el seno de la familia, hoy amenazada por «los ataques y programas insidiosos, contrarios a todo lo que consideramos verdadero y sagrado, a lo más hermoso y noble de nuestra cultura».

«También nosotros —recomendó tras recordar la actitud de Jesús hacia los niños— necesitamos proteger, guiar y alentar a nuestros jóvenes, ayudándoles a construir una sociedad digna de su gran patrimonio espiritual y cultural» y «no permitiendo que les roben la esperanza y queden condenados a vivir en la calle».

Y precisamente a los jóvenes el Papa Francisco quiso dedicar el primer momento de la jornada conclusiva de la visita, reuniéndose con treinta mil de ellos en la Universidad de Santo Tomás de Manila. Impresionado por sus testimonios —en especial por las preguntas de una ex niña de la calle, que le dijo: «¿Por qué Dios permite cosas de ese tipo incluso si los niños no son culpables? ¿Y por qué nos ayudan tan pocas personas?» —el Papa, como ya había hecho en Tacloban, decidió no leer el texto del discurso ya preparado y hablar espontáneamente en español. E invitó a los presentes a «aprender a llorar», para mirar las realidades más duras de la vida «con los ojos limpios por las lágrimas», y a dejarse «sorprender por Dios», sin tener miedo a las novedades de su amor «que te mueven el piso, nos ponen inseguros, pero nos meten en camino».  

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17 de Noviembre de 2019

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